Navidad

Ha estado reñido pero por fin he dado con una felicitación navideña lo suficientemente representativa. Sin tanta nieve, trineos y santos como otras, me recuerda a las que me mandaban los de Caja Madrid aka Bankia (hablo de los años previos a que les tuviera que demandar por estafarme y venderme las preferentes, claro).

Haciendo un inciso entre dos ataques de bulimia, o de la cristianísima gula, les deseo lo mejor de lo que soy capaz: que se pasen pronto estas fechas.

Si me atrevo a generalizar, resumo miles de conversaciones y titulares de prensa con una palabra: pánico. Pánico bancario. Pánico digital. Pánico profesional. Pánico político. Pánico energético. Pánico amoroso. Pánico social… Por pura ósmosis y por lo mío (…), últimamente siento muchísima pena por casi todo. Por lo que no llega y por lo que se fue, por lo que tengo y por aquello de lo que carezco, por lo que perdí y por lo que ojalá no hubiera encontrado, por lo que soy y por lo que no seré, por lo que veo y hasta por lo que intuyo… En este momento, prácticamente todo me emociona y me subleva, y sin embargo, algo me paraliza (igual que al resto de la ciudadanía porque, de no ser así, con la que está cayendo, nuestras calles estarían como las de Damasco). Me conmueve y me enorgullece, pero también me indigna, que seamos los ciudadanos quienes, a base de acciones llenas de generosidad, proporcionemos alimentos y vayamos paliando los efectos de un fiasco financiero cuyas dimensiones se me antojan ya incalculables, y que nuestros políticos, aferrados a sus privilegios y dedicados a sus propios menesteres, no son capaces de solucionar. Repito: me enorgullece pertenecer a un país así de solidario pero denuncio que los gobernantes no proporcionen una solución estructural. Me parece inaceptable que nos veamos obligados a tirar para adelante a base de parches. España necesita que la economía se reactive de verdad, no sobrevivir a base de la caridad de los particulares.

Esta Nochebuena, para combatir la falta de algunas de las cosas más importantes, me he puesto vestidazo, taconazo y pestañaza. Y no he bebido ni esnifado muérdago. Y, por no encontrarle autoridad moral por ninguna parte, tampoco he visto ni un frame del discurso anual del señor que mata elefantes, ése que metió a su querida a vivir en su Palacio. Uno con un yerno que presuntamente ha robado mogollón de pasta usando influencias y el poder de una institución “real”mente importante… Sí, hombre, el que moviendo hilos entre operaciones y rehabilitaciones va a lograr que su hija, esposa del que se lo ha llevado, todo presuntamente, ésa que ha parido más que una coneja y que debe de ser presuntamente gilipollas para no enterarse de lo que leía y firmaba, salga indemne… ¿Saben a quién me refiero? Y tampoco he dado audiencia a esos programas de televisión casposos y horteras, anclados en una estética chirriante y con un guión que esconde más censura y mensajes manipulados que cuando vivía en dictador bajito que admiraba a Hitler. Ése que nombró a este señor del que no me sale el nombre ahora…

En Navidad rememoramos, una a una, las peores catástrofes acaecidas en 2013. Lloramos (o lloro yo al menos) a base de ver las repeticiones del vídeo del accidente de tren en Santiago, inmisericordes para con los supervivientes y las familias de las víctimas -no digo que no se les recuerde, digo que, si me hubiera afectado, a mí no me gustaría que todas las noticias y reportajes me mostraran una y otra vez el momento del desastre, porque considero que hay otros modos de ilustrar la noticia y de rendirle un homenaje a todas esas personas-. Nos estremecemos una y otra vez viendo la liberación de los violadores no rehabilitados y de asesinos reincidentes y la salida de la cárcel de terroristas sin arrepentir, o de ese Bárcenas todopoderoso, o ese Julián Muñoz engominado… Veo cómodamente sentados en platós a estos señores que, tras hundirnos como el Titanic, cobran sueldos vitalicios sacados del erario público; ahora, retirados, se reciclan y se convierten en asesores VIP de las grandes empresas y se dedican a dar conferencias y firman libracos para editoriales de prestigio en cuyas páginas, por lo visto, muestran una mente preclara, ésa que cuando debieron usarla, se debía hallar desconectada…

Unas tijeras descomunales se ciernen sobre el espacio aéreo español. Además de haberse cargado el presente van a cargarse el futuro, cercenando la educación y castrando la cultura y el arte y la investigación… Y las restricciones nos inoculan el pánico a caer enfermos o en situación de dependencia. En otro orden de derechos, me alarma el machismo imperante. Nunca he abortado, no me he visto en la situación; ni querría verme y, de haberse producido, no estoy segura de cuál habría sido mi decisión; supongo que dependería de las circunstancias… Pero sé a ciencia cierta que, si tuviera que abortar, no me gustaría hacerlo como una criminal, ni poniendo en riesgo mi salud o mi vida. Como mujer, como abogada y periodista, como ciudadana o como persona, no me creo legitimada para imponer a otras mujeres lo que tienen o no que hacer. Y dudo mucho que esos políticos ineptos e hipócritas lo estén tampoco.

Los gritos defendiendo unos derechos humanos ya consolidados se ignoran, igual que las recomendaciones y quejas que otros gobiernos nos dirigen, alarmados por tanta inoperancia e injusticia, y compruebo con horror cómo reculamos, cómo se llena de fisuras esta democracia del Todo a 100… Hasta escriben sobre las medidas restrictivas sobre el derecho de huelga y manifestación…

Las leyes que en su día, años ha ya, tuve que memorizar, se ven derogadas, enmendadas y revisadas por señores de doble moral que en su vida privada se van de putas, abortan, se divorcian, están en el armario, se inseminan, usan condón (esperemos…), consumen drogas, utilizan información privilegiada, prevarican, roban y evaden impuestos… Pero que, hay que joderse, se agarran a una mayoría parlamentaria para comportarse con autoritarismo.

Hace relativamente poco tiempo, se liberalizó la venta de la píldora del día después. Los farmacéuticos de cierta ideología la liaron parda intentando evitar que la mujer tuviera un acceso fácil y anónimo a un fármaco que puede evitar muchos abortos. Obviamente, gestionada por esta panda, esto también se hizo mal: no había entonces una educación sexual que inculcara que se trata de una medida de emergencia, nunca sustitutiva de los métodos anticonceptivos. Tampoco la hay ahora, ni la habrá (porque han eliminado de los próximos planes de estudios cualquier referencia a educación sexual, a salud sexual, a enfermedades de transmisión sexual y a métodos anticonceptivos). Apañados vamos. Si hubiera una formación en valores y una auténtica labor de divulgación sexual, menos abortos habría.

Recojo un texto que pulula por internet ahora que cambian la ley del aborto. Este artículo es una carta escrita por el novelista, cuentista y poeta italiano Italo Calvino en 1975 al profesor Claudio Magris (quien publicó un artículo en el Corriere Della Sera en contra de la despenalización del aborto titulado The Deluded). Calvino responde así:

“Traer a un niño al mundo tiene sentido sólo si el niño es deseado consciente y libremente por sus padres. Si no, se trata simplemente de comportamiento animal y criminal. Un ser humano se convierte en humano no sólo por la convergencia causal de ciertas condiciones biológicas, sino a través del acto de voluntad y amor de otras personas. Si este no es el caso, la humanidad se vuelve —lo cual ya ocurre— no más que una madriguera de conejos. Una madriguera no libre sino constreñida a las condiciones de artificialidad en las que existe, con luz artificial y alimentos químicos. Sólo aquellas personas que están 100% convencidas de poseer la capacidad moral y física no sólo de mantener a un hijo sino de acogerlo y amarlo, tienen derecho a procrear. Si no es el caso, deben primeramente hacer todo lo posible para no concebir y si conciben, el aborto no representa sólo una triste necesidad sino una decisión altamente moral que debe ser tomada con completa libertad de conciencia. No entiendo cómo puedes asociar la idea del aborto con el concepto de hedonismo o de la buena vida. El aborto es un hecho espeluznante. En el aborto la persona que es vulnerada física y moralmente es la mujer. También para cualquier hombre con conciencia cada aborto es dilema moral que deja una marca, pero ciertamente aquí el destino de una mujer se encuentra en una situación desproporcionada de desigualdad con el hombre, que cada hombre debería morderse la lengua tres veces antes de hablar de estas cosas. Justo en el momento en que intentamos hacer menos bárbara una situación en la cual la mujer está verdaderamente aterrada, un intelectual usa su autoridad para que esa mujer permanezca en este infierno. Déjame decirte que eres verdaderamente responsable, por decir lo mínimo. Yo no me burlaría tanto de las “medidas de higiene profiláctica”, ciertamente nunca te has sometido a rasgarte el vientre. Pero me encantaría ver tu cara si te forzaran a una operación en la mugre y sin los recursos que hay en los hospitales. Lamento que tal divergencia de opiniones en estas cuestiones éticas básicas haya interrumpido nuestra amistad”.

 

Con la poca energía que me queda, me hago eco de lo publicado por mi amigo Fernando Gamero, autor de la webserie Chicas del Montón: “Yo este año no felicito nada a nadie que luego pasa lo que pasa y mira como está el país”. Dice en su muro mi amigo Juan Carlos Barrón, un genio del escaparatismo y del visual merchandising: ¿Qué tal la navidad, bien o en familia?

Y obviamente, sucumbo ante la foto que ha colgado Abel Arana, mi bloguero favorito y cuya prosa me hace reír siempre:

 

 

 

Estos inútiles de buena familia y mejor lobby aún que gobiernan, junto con la ciclogénesis explosiva y con la actitud irresponsable y codiciosa de los medios de comunicación -imbuidos del espíritu de Mr Scrooge hasta en junio…-, que dedican los escasos presupuestos asignados a la producción propia a cubrir temas de “corazón” y al fútbol, fomentando el embrutecimiento de la población e ignorando su responsabilidad como Cuarto Poder, hacen que cuando se me pregunta “¿Cómo estás?” sólo pueda responder: “Uhmmmm. No sé qué decirte… Estoy mejor que la Pantoja“. Y la prueba evidente de ello, mi foto llevando uno de los favorecedores tocados navideños que diseñé para “Barbaridades”: ¿quién no se ha sentido así alguna vez en Navidad, eh?