50 sombras de Grey

Dejen que hoy también me contradiga, al fin y al cabo acaba de ser mi cumpleaños y como digo en mi próximo libro, “En un bar de dudas“: “estoy tan contenta que no sé si quitarme la ropa… o la vida”.

Volviendo a mis contradicciones, quienes me leen saben que llevo quinientos quinquenios repitiendo que yo no nombro ni a mis enemigos ni a mi competencia porque eso implicaría regalarles una promo valiosísima -mi adaptación del clásico “al enemigo ni agua”-. Dicho lo cual, cada vez que he escuchado “ah, ¿tus libros son como los de las 50 Sombras de Grey?” o “He visto que en tu Boutique están los productos de la colección de 50 sombras de Grey“…, no me retorcía por dentro. Qué hartura y qué de vergüenza ajena viendo filas de señoras salidas y poseídas por la euforia de la entrepierna recién descubierta en esas páginas. Yo hasta ahora, siempre cambiaba de tema… Pero, el último día de mi penúltimo periplo en Londres, hará un seis meses, voy y me meto en una librería y arraso como siempre, y lo que es peor: voy y me compro el primero de la trilogía. En inglés. Y lo empiezo. Y voy avanzando páginas y kilómetros, según arranca el Gatwick Express. Lo leo mientras llego al aeropuerto, y en la sala de espera, y durante el vuelo. Y dedico cada rato libre de la semana siguiente a conocer al enemigo.

Lo hice por puro prurito profesional: ahora, si alguien llega preguntando “¿Has leído 50 Sombras de Grey?”, puedo hablar con conocimiento de causa, y puedo reconocer públicamente, ante quien se empeñe en que le diga mi opinión sincera, que soy incapaz de empatizar con una niñata que acaba el instituto, que se confiesa virgen pero que reflexiona, casualmente, como la cincuentona que firma la trilogía, que se involucra en una relación sadomaso con un señor tan millonario a sus veintisiete pero tan filantrópico y tan guapo y tan perfecto, que no existe, pero en quien no me cuesta reconocer a cliché del “Príncipe encantador” de todos los cuentos infantiles… que es un sádico de guante blanco que ejerce el refuerzo intermitente, es decir, lo más adictivo del planeta Tierra: lo mismo te regala un coche descapotable que te mete una tunda… Infalible. Sin embargo, no puedo sino aplaudir el listado de ciertas prácticas, que la parejita considera “hard limits”, recogida más ampliamente en wikipedia. No me da envidia aunque sí admito que mataría por perpetrar un best seller de semejante magnitud, por que mi portada fuera la única se viera en las manos de las mujeres de cada playa, de cada autobús, de cada tren, de cada avión,… Mataría por que se llevara al cine y por que los actores más retremendos se matasen por protagonizar la adaptación de mi texto. Pero matanzas aparte, y con independencia del patetismo que rezuma el fiasco literario y que a estas alturas, las damas se mojen por tan poco… me alegra que se haya abierto la veda y ahora, gracias a las 50 sombras del tal Grey, se pueda consumir literatura erótica, demandar según qué cositas en la cama y tal… Que vivan las coartadas morales, y que encima se conviertan en franquicia.

Por cierto, la exposición Barbaridades, que realicé en Pacha Ibiza el pasado 6 de diciembre, fue un éxito rotundo. Aproveché para celebrar etílicamente mi cumpleaños en una cena donde mis amigos me dieron tanto, pero tanto apoyo y me sentí tan arropada que me sobraban las mantas. Habrá que repetir, a tenor de los resultados.