Dulce (?) espera

En uno de los libros tamaño ladrillo que me traje de Londres hace un par de semanas, encuentro un párrafo que me ha recordado el tema del que quería yo escribir precisamente desde hace meses, pero que me daba cierto miedo. La protagonista recibe una llamada de teléfono. La desconocida habla con tono muy educado; ella presagia que una desgracia se avecina. Y no se equivoca. La señora le informa de que su marido ha estado teniendo una aventura con su hermana durante los últimos ocho años. Y dice que él ha estado haciendo esperar a su hermana: primero hasta que los niños acabasen el colegio, luego hasta que encontrasen universidad y ahora, justo cuando se han ido y su hermana y su marido iban a construir su nido de amor, resulta que ella, la protagonista -que por cierto, se llama Eva como yo-, decide meterse en cama y por culpa de eso, el marido se siente incapaz de abandonarla, y eso, supone una contrariedad que retrasa los planes de su hermana. Añade que él no la quiere, que sólo siente pena por Eva.

El libro, que me está encantando, se titula: “The woman who went to bed for a year“/”La mujer que se metió en la cama un año”, y como les adelantaba, me ha recordado una situación terrible de cinco de mis aminemigas a las que he apreciado pero a quienes prefiero que sigan donde están: bien lejos de mi vida, que bastante tengo yo… Y ¿saben por qué me las recuerda? Pues porque, en el fondo, también me recuerdan a mí, y a casi todas las mujeres de hoy y de siempre… A estas cinco lo que las une es la alta traición masculina. Bueno, y que ninguna de las cuales es precisamente tonta ni fea… Entre ellas no se conocen y no voy a presentarlas… Porque, probablemente, la primera reunión la dedicarán a beberse tres litros de ginebra mientras regurgitan su desgarrador pasado y la segunda a más de lo mismo (abusando de otro destilado, quizá), pero valoro como más que probable que a la tercera cita se pongan de acuerdo, igual que esas sectas satánicas americanas o nórdicas, para inmolarse o suicidarse mediante inhalación de gas, con sus respectivos hijos atados y sedados previamente.

A la prota del libro que devoro, esta llamada inesperada le revela una evidencia que ha tenido delante de sus narices durante ocho añazos, y que ella no ha visto y no ha imaginado siquiera (cómo me suena esto…). Porque cuando confías eres ciega. Porque te instalas en una rutina de nubes rosas de algodón, en una acolchada existencia con él y para él que te impide desconfiar precisamente de quien más quieres, que es él. Perdonen el abuso que hago de “confiar”, pero es que no existe otro verbo, -no es que yo escriba como los Premios Planeta, y me duche lo justito o repita palabras sin darme cuenta-. Y además de ciega, la confianza te hace sorda y tonta. Porque das por hecho que él nunca sería capaz de algo tan horrendo, porque a ti ni siquiera se te pasaría por la mente hacerle nada parecido. A Eva, su querido marido, un eminente astrofísico -que, por cierto, según voy leyendo capítulos deviene un perfecto nerd-, la ha estado engañando en el jardín de su propia casa. El señor se había construido ahí un mini observatorio. Allí, en efecto, cada tarde y los fines de semana, él pasaba largas horas trabajando con su maqueta de los planetas, su telescopio y sus cuatro mil pantallas de ordenador, en una especie de cobertizo descapotable. Con el paso de los años, la contratación de una nueva en su oficina (y haberse liado con ella, claro) le impulsó a ir adecentando el chiringuito, hasta llegar a amueblarlo con una cama doble, dos butacones y una nevera. La luz roja que encendía en la puerta, alertaba a sus hijos y a Eva de que estaba trabajando y bajo ninguna circunstancia podían molestarle o entrar. Y así fue que pasaron esos ocho años de engaño, infidelidad y traición a domicilio.

Y por eso, este pasaje me transporta a los casos de mis cinco aminemigas. A varias de esas cinco, mientras gestaban, los bastardos de sus parejas oficiales, sus maridos-novios formales, las engañaron públicamente (y cuando digo públicamente, digo que sus cuernos se comentaron en los programas de la tele y en las revistas del corazón), o directamente las abandonaron. Sí, tal cual: estando preñadas de 6 ó 7 u 8 meses, un buen día, a las otras, les dicen que adiós “porque no saben si están seguros de quererlas”. Y hala, a tomar por el culo su feliz espera.

A cada a una a su modo, les infligieron un dolor inigualable, atroz. E inmerecido. E inesperado… Esa capacidad masculina para joderte viva justo cuando más feliz te crees que eres, cuando más le quieres… Justo cuando más confías… Van y te apuñalan. A mí que los hombres conviertan la “dulce espera” en una pesadilla me despierta un virulento espíritu genocida. Eso me da miedo. Ya se lo anunciaba… Me aterroriza comprobar que no puedes fiarte de ninguno. Pero eso no es lo único que me da miedo. Desde una fibra altamente sensible conecto con ellas y las quiero. Huelga decir que les deseo todo lo mejor, porque lo necesitan. Pero atravesar por algo así te deja más que tocada, y algún zarpazo sin motivo me he llevado de dos de ellas… Así es que, por pura supervivencia, a estas mujeres las prefiero lejos o en los libros. Supongo que ellas no lo van a leer. Y si lo leen, ahora van ustedes a entender por qué digo que me da miedo escribir sobre este tema.