Viola a su suegro

Podría comentarles cómo son las pezoneras que me trajo un mensajero esta semana. Debo admitir que me relamía mientras iba desenvolviendo el paquetito, conforme pude leer, inmediatamente presa de mi habitual ansiedad anticipatoria, con qué iba a encontrarme. Pero coitus interruptus: son tan feas, tan chonis, tan deprimentes y tan horteras, que prefiero ahorrarles el esfuerzo de hacer clic hasta la página de sus perpetradores (pinchen aquí si buscan pezoneras, chulas). A éstas no sé si bautizarlas, porque vistas de cerca me recuerdan a un par de aminemigos/as… Y lo digo casi con pena, porque pocas cosas me gustan a mí tanto como unas pezoneras monas. Aunque soy de no utilizarlas, tenerlas, me encanta tenerlas.

No quiero que se pierdan, porque yo estoy ojiplática, la noticia que llega de Méjico y que no sé si les va a permitir pegar ojo. Un tal José Bernardo sale de fiesta con su suegro. Beben y beben y vuelven a beber -ensayen para Navidades-. Ya en casa, el tal José Bernardo, caliente como una plancha, viola a su suegro. Y les descubre la hija-esposa, cuando oye ruidos. Qué tramas tiene la vida… Quien no se folla a una cabra, deja libre a los etarras y a los violadores… Ay… “Qué normal que soy, ¿eh?”, acabamos pensando casi sin querer.

También podría intentar explicar, sirviéndome de excusas tan baratas como las aludidas pezoneras, por qué me siento incapaz de escribir. Yo creo que se debe a que atravieso una fase de desorden mental, provocada por los cambios meteorológicos y de actividad -y estos, no siempre presuponen un descanso como dice el refrán, sino un lío tremendo-. Confieso que estas semanas en mi salón se acumulan, además de los trastos con los que convivo, los millones de “objetos”, herramientas, tubos de pegamento y materiales con los que ultimo mi inminente exposición. Llega mi primer solo show. Escribí acerca de la necesidad que la gente tiene de colocar etiquetas a todo y a todos. Dicen que si no puedes contra ellos… Así que, desde hace tiempo, me adjudiqué la etiqueta “artista multimedia” y, por fin, parece que se materializa, el día 6 de diciembre, en Pacha Ibiza. Me invaden las prisas que impone la cercanía de la fecha, porque hay partes que llevan acabadas meses, pero otras, las sigo pariendo sin epidural, en un proceso íntimo, inquietante, que lo altera todo. La peligrosa idea fija del monomaniaco…

Cada pieza me arranca del presente y me sumerge en mis contenedores mentales rebosantes de pasado, de mentiras, de traiciones… Buceo entre todo lo que no quise y todo lo que no quiero, me revuelvo… Al cabo de meses o de horas, si hay suerte, aparece un concepto que me provoca una carcajada. Sí, señoras y señores, la risa se erige como criterio, como línea de corte, como baremo para establecer el “quality control” (tan respetable como el control paterno o como las resoluciones parlamentarias, digo yo…).

Entonces, con ese raquítico halo de inspiración atado al vientre, me echo a estas calles llenas de basura, de banqueros ladrones y de políticos corruptos, para hacer lo que mejor se me da en la vida: irme de compras. En el bolsillo, una siempre voluble lista de materiales que busco y encuentro, o no, o que me encuentran a mí.

Horas, días, semanas o meses después, abordo la terrorífica fase de ejecución para la que, igual que cuando escribo, necesito entrar en una especie de trance: hay momentos en que no me siento la estrella del bricolaje, precisamente. Gracias a sesiones de inhalar pegamentos y vapores de pintura y de sprays, he descubierto que, por ejemplo, me cuesta horrores profanar un crucifijo para customizarlo. Y que las parafilias, vistas en muñecas de eterna sonrisa, no me irritan… Una idea me ha llevado a la siguiente y una barbaridad a la otra… Repito: me he reído mucho. Ya les enseñaré alguna de las criaturas.

Por último, les dejo con la frase, rezumante de verdad cruda y hasta escatológica, sacada de uno de los más conocidos libros de Henry Miller, que me tiene pensando desde hace días: No sabes lo apetitosa que es una mujer mancillada, hasta qué punto puede dar lozanía a una mujer el cambio de semen.