El viejo truco del Post-it

De no ser porque no tengo ni uno, les confesaría que se me han puesto los pelos como escarpias tras leer un artículo, el enésimo, sobre acoso sexual de menores en internet. Según wikipedia publica: El daño al niño que ocurre en la pornografía infantil y en el grooming tiene una dimensión inherentemente moral. El acto tiene que ver con la vulnerabilidad en los niños, la cuestión del daño, la inocencia infantil y la vulnerabilidad de los derechos individuales.

El grooming es un proceso que comúnmente puede durar semanas o incluso meses, variando el tiempo según la víctima y que suele pasar por las siguientes fases, de manera más o menos rápida según diversas circunstancias:

El adulto procede a elaborar lazos emocionales (de amistad) con el menor. En algunos casos, a través de internet pueden simular ser otro niño o niña.

El adulto va obteniendo datos personales y de contacto del menor.

Utilizando tácticas como la seducción, la provocación, el envío de imágenes de contenido pornográfico, consigue finalmente que el menor se desnude o realice actos de naturaleza sexual.

Entonces se inicia el acoso, chantajeando a la víctima para obtener cada vez más material pornográfico o tener un encuentro físico con el menor para abusar sexualmente de él.

 

Como yo misma ya he escrito lo mío sobre el asunto del grooming, el bullying, el ciberacoso, etc, me limito a recomendar la lectura de este artículo, y añado, de mi propia cosecha, un truco que quizá parezca simple (nunca olviden que en realidad sólo soy una rubia muy malamente camuflada).

Los reportajes específicos y las declaraciones de los inspectores de polícia expertos en delitos cometidos por internet nos previenen sobre que existen personas capaces de hacerse con el control de la cámara de vídeo de nuestro ordenador, y que pueden activarla y grabarnos desde un lugar lejano, gracias a tecnología y programas de control remoto que yo desconozco pero que igual que las meigas, haberlas haylas. He de admitir que cuando empeñé los riñones para comprar un equipo informático megalomás (y que ahora ha quedado obsoleto; pide botox a gritos antes de que yo haya abierto ni un tercio los infinitos programas que traía…), me pasé dos años con las manos volando sobre el teclado sin descanso y sin parpadear, los ojos clavados en la pantalla, antes de descubrir que un puntito enano ubicado en la parte superior del marco negro era una cámara. Cuando supe de aquella utilidad, me quedé entre perpleja y paralizada por el terror. Hasta hoy, creo que he utilizado la videollamada tres veces en un lustro (yo es que soy más de piel, de oler, de ligar cubata en mano; además de rubia ya he confesado que soy muy antigua y paso de quienes construyen sus relaciones exclusivamente a base de cibersexo y me ponen de tremenda mala leche los del compulsivo: “pon la cámara, ponla, anda”). Que cada cual gestione sus relaciones sexuales como le dé la gana, faltaría más, pero, a lo que iba, ahí va mi truco: yo lo que hice por pudor, por pura ignorancia y por un genuino vértigo que me entró al detectar una posible puerta al exterior ignoto, fue cubrir la cámara con un post-it. Siempre está tapada, excepto cuando yo retiro el papelito para limpiar o para activar la opción de vídeo. Que me perdonen los tecnócratas y quienes ya conocían o utilizaban este modo de prevención pero creo que, de este modo, rudimentario, sí, y primitivo también, jamás un puto cibertarado va a poder grabarme sin mi consentimiento o sin que me dé cuenta.