Tu marido, ese desconocido

No se figuran la paliza que me acabo de pegar copiando casi dos páginas de un libro muy antiguo. Querría que las leyeran… Me atrapó desde que vi su portada, con ese título insuperable que me provoca estampar camisetas y lanzar toda una línea de merchandising. Quizá hallé cualquier suerte de promesa implícita en este titular… Supe que sus páginas amarillentas me regalarían mil respuestas y una sobredosis de píldoras de sabiduría. Si son ustedes capaces de sobreponerse al tono machista y asumen la obsolescencia del lenguaje y tratan ciertas afirmaciones con relativa tolerancia, verán que no me equivoco. De hecho, aquí va la confidencia: si he elegido compartir con ustedes este fragmento es porque, con todo lo moderna que me creo, hace menos de quince días solté por mi boca, literal, pero literal hasta con las tildes, una frase que recupero en uno de los párrafos.

 

<<[...] Innumerables mujeres son testigos de semejante cambio en el comportamiento y los sentimientos de su marido, lo que, en realidad no es en absoluto un cambio. El gran malentendido entre los hombres y las mujeres está basado en un hecho muy sencillo: para la mayor parte de las mujeres, el amor y el matrimonio son el centro de su vida. Los pensamientos de las niñas giran ya alrededor del amor y del matrimonio. Se preguntan cómo será el hombre con quien más tarde se casarán, cómo las tratará, cuántos hijos deseará tener, y muchas otras cosas por el estilo. Y también en sus juegos, con sus muñecas y sus amigas, todo esto constituye siempre el centro de sus reflexiones y, naturalmente, de sus sentimientos. Así la pequeña se prepara para su propia tarea, en el porvenir.

En el hombre todo es diferente. El muchacho no sueña en un matrimonio adecuado, ni con hijos, ni con una vida llena de satisfacciones, sino que sueña con aventuras, con vuelos espaciales, con combatir a criminales, y por fin, con un trabajo para el que se prepara seriamente.

Cuando es adulto, el amor y el matrimonio significan mucho para el hombre, pero los dos siguen siendo, no obstante, fenómenos que están situados entre los demás hechos de la vida, y que son evaluados por él según su temperamento y su predisposición.

Los hombres y las mujeres viven en distintos niveles de sentimientos; podemos distinguir muy bien dos distintos mundos de sentimientos, dos esferas diferentes emociones. Y cuando más jóvenes y más enamorados están, menos quieren admitirlo.

Especialmente es en el trato íntimo de los esposos, donde esta diferencia de sentimientos resulta más pronunciada. La mayor parte de las mujeres solamente pueden alcanzar satisfacción sexual cuando se entregan en cuerpo y alma a su marido, al amor. En semejantes momentos, la mujer no piensa ya en su peinado, en la ropa que tiene que planchar por la mañana, en la última película que ha visto o en el hambre en la India. Y cuando los pensamientos vagan por cualquier parte, durante el contacto íntimo, entonces ella se da cuenta de que hay algo que le falta a su amor, de que ya no ama a su marido como desearía.

Y por otra parte se asusta e irrita cuando el marido, algunos segundos o minutos después del orgasmo, hace una observación totalmente prosaica: “Recuerdo que mañana es el último día para pagar los impuestos”, o cosas por el estilo.

“¿Cómo es posible que pueda pensar en eso ahora? ¿Por qué esas ideas que no tienen nada que ver conmigo o con nuestro amor?”. Ésas son las preguntas que se plantea la mujer. Y cuando no tiene experiencia, su conclusión será casi siempre: “Ya no me quiere, ya no lo soy todo para él. Ni siquiera en este momento”.

Efectivamente, el hombre puede llegar a ser el único contenido de la vida de una mujer; pero un hombre enérgico no hará jamás que una mujer sea el único contenido de su vida. Sólo los débiles, los que jamás han sido capaces de desprenderse de su madre, y que no ven en su mujer más que la madre atenta, sólo esos hombres están inclinados a hacer del amor una especie de religión, con la mujer como una diosa, y ante cuyo altar rezan y lloran.

Pero tampoco hay muchas mujeres que desean un marido así. La miseria de tantos matrimonios es que las mujeres consideran las características innatas, naturales, de su marido, como “defectos”, en lugar de aceptarle con los ojos abiertos, tal y como es. La mujer puede influir en el marido, pero primeramente, debe aceptarlo tal como es. (¿Recuerdan aquello de “Cariño, cuánto me gustas, ya te cambiar´”?Lo más importante es que las mujeres sepan lo que sus maridos esperan de verdad del matrimonio, de la vida en común. Estas esperanzas ocultan raramente las palabras y declaraciones románticas que se han cambiado antes del matrimonio. Pero los deseos del hombre son más concretos. Expresados prácticamente:

1.- Ellos desean una vida sexual ordenada, pero que debe ser al mismo tiempo “apasionante” y movida. El gran temor de los jóvenes es que las mujeres, cuando tienen el anillo de casadas en el dedo, se cansen repentinamente de la vida íntima y pierdan su interés.

2.- La mujer debe cuidarles, ocuparse de cosas como las comidas, los botones que faltan, etc; pero no debe olvidarse jamás de ser deseable, tierna, y naturalmente, seductora. (Punto 1 + Punto 2 me suena a “señora en el salón y puta en la cama”).

3.- Ellos desean ser respetados, pues aun con toda la igualdad de derechos, quieren que se les reconozca como los amos de la casa. Una compensación necesaria en lo que concierne al mundo hostil, donde todavía no se les reconoce, o se sienten como un ser anónimo. La mujer dominante es el gran problema de los matrimonios jóvenes, como han observado repetidamente los psicólogos y los consejeros matrimoniales.

4.- Y por fin, esperan que la mujer se interese por su trabajo. En cualquier caso desean hablar de los problemas de su trabajo, sin que ellas les escuchen como quien oye llover.

Cuando se pregunta a las esposas felices, o al menos contentas, por qué no engañan a sus maridos, suelen dar, al lado de razones religiosas o morales, una sencilla y hermosa: “Porque le amo, porque no puedo imaginarme con otro hombre; sencillamente él es el único”. (Esto fue lo que le dije, tranquilamente, mientras tomaba el sol en Koh Phangan, una de las playas que visité en Tailandia, a un cachas israelí que intentaba ponerme a cuatro patas. Obstinado por lograrlo e insensible a negativas sutiles, admito que empleó mejores tácticas y argumentos que cualquiera de los negociadores expertos en recuperar rehenes… Ahora sabe, y yo también de paso, que nada cabe alegar a un “sólo le quiero a él, no me veo con otro”. Y además añadí: “Si sale mal, que no sea por mi culpa. No voy a cagarla. Esta vez, no”.)

Una encuesta entre maridos de matrimonios felices, daba respuestas más exactas y utilitarias. Ninguno dijo, exactamente: “Quiero tanto a mi mujer que ninguna otra me interesa”. Un hombre casado desde hacía más de diez años dijo: “Soy consciente del desastre que organizaría si diese curso libre a mi fantasía. Si realizara los deseos que de vez en cuando siento, entonces tendría problemas, y ya no podría volver a dominarme a mí mismo. esto me impide empezar aventuras, aunque a veces haya tenido posibilidades. Pero, en mi interior, soy polígamo“.

No es por amor a su compañera, sino el miedo a comprometer el matrimonio, y la inquietud, la agitación, la necesidad de ocultarse siempre detrás de mentiras, lo que hace fieles a tantos maridos. Pero también es el hecho de que han encontrado en sus mujeres a unas compañeras afectuosas.

Cada nueva relación femenina le pone a él ante nuevos problemas, que pueden ser muy perturbadores. Y en general, el hombre casado no gusta de las complicaciones. Muchas mujeres sobrestiman su atracción erótica y subestiman la necesidad del hombre de que se interesen por ellos mismos, por sus ideas y su trabajo. A causa de esta ignorancia, se crean muchos malentendidos. [...]

Y ahora, voy a seguir disfrutando de un nuevo tipo de multiorgasmia: la que me provoca que él cocine muffins para mí.