Tailandia

Gangas artesanales y falsificaciones logradísimas, masajes fabulosos muy baratos, copas a precios de los 70′s, … Recién regresada de Tailandia estoy; un país donde nuestro ahogado bolsillo puede coger aire. Allí se nos permite olvidar la pérdida de poder adquisitivo, la ruina patria… Playas paradisíacas (que no puedo sino disfrutar, admirar y recomendar, aunque de ese nivel también las tenemos en Menorca…); una profusión de templos y palacios lujosos y espectaculares (que hemos procedido a inspeccionar, a fotografiar y a olvidar inmediatamente); una gastronomía variada, bastante picante y económica; incluso la comida de los puestos ambulantes es deliciosa (y no hablo de comer escorpiones, grillos, saltamontes y otros…). Todo esto, y mucho más, es Tailandia. Hasta ahí, nada que no sepan ustedes.

Siguiendo el refrán “que las ramas no te impidan ver el bosque”, les diré que la orgía de orquídeas multicolores no disimula ni palia la mugre con la que conviven los tailandeses. La porquería es evidente incluso en los resorts más lujosos, por bonitos y exóticos que resulten. Eso, o que yo a las ratas no las considero animales domésticos… Pasas de aromas de especias y de las esencias florales a olores pestilentes que levantan el estómago de un muerto, provenientes de montañas de basura y de desperdicios que permanecen putrefactos a la vista y el olfato del transeúnte, con indiferencia de si se trata de callejuelas o de avenidas principales, de barrios o de soportales de edificios de diseño propios de Nueva York o de Sidney que conviven con chabolas. Y a eso, se suma su polución… Sólo la fealdad de la población en general (excepciones existen, como en todas partes) supera la suciedad de sus calles, no importa que te halles en Bangkok, en Chiang Mai, en Chiang Rai o en las islas… Y no me venga nadie ahora con lo “monas” que son las chicas tailandesas, porque no es cierto. De esa leyenda se sirven los touroperadores del país para promocionar su turismo sexual entre los varones asiáticos, americanos y europeos, que inyectan millones en divisas en pos de la hembra sumisa (vs la europea que se gana el pan y sabe pedir lo que quiere y plantarse y decir “no”), joven y guapa. Sí, guapísimas. En efecto, una de las tropecientas mil niñatas prostitutas resulta guapa. Una. Y esa una resulta que tiene quince añitos… Pero claro, no nos olvidemos de que para el común de los mortales hasta los bebés de tarántula resultan ideales, para comérnoslos, vaya… Lo que hace el hambre (y lo digo en ambos sentidos).

Ante la profusión de nerds, tarados, salidos, impotentes, micropenes -¿ahora tengo rayos X? Uhmmmm, ¡sí!-, locos y viciosos con los que hemos compartido restaurantes, bares, ferrys y aviones, y a los que hemos visto agarrados del brazo de monstruitas tailandesas, muy posiblemente sifilíticas y sidosas (que nadie ignore que Tailandia es uno de los países con mayor índice de seropositivos del planeta), mezclando el desprecio con la actitud de noviazgo (ese mismo noviazgo que en sus países de origen les da dentera o les resultaría imposible porque ellos, en su tierra, no meten ni miedo ni aún pagando…), voy a opinarme encima, as usual, y les hablaré de la prostitución low cost que hemos contemplado mañana, tarde y noche. Menos mal que aparte de incapaces emocionales y sexuales, a Tailandia llegan desde Israel, Australia y otros países, miles de turistas cachas y guapos, y que muchos se muestran más interesados en las playas, el snorkle, las fiestas, las drogas, … y en ligar con mujeres en plan “normal” (y esta vez, utilizo “normal” como piropo) que en pagarse a una putita de edad barely legal y fea como un demonio…

 

Louise Brown me va a ayudar en mi atrevimiento (en lo de opinarme encima). Compré su Sex Slaves, junto con otros libros sobre este tema, en Bangkok. Traduzco fragmentos que avalan que no hemos visto visiones y que los puteros y pedófilos tienen en Tailandia un universo para delinquir.

“El turismo sexual occidental es muy distinto del turismo sexual doméstico o asiático. Y es distinto también del turismo sexual japonés. A los turistas sexuales occidentales les encanta pensar que existe una opción personal en esa transacción de dinero por sexo. Les encanta ver el producto -y en abundancia- antes de comprarlo. Al occidental le encanta imaginarse que una chica guapa de diecinueve años ha conectado de verdad con él; le encanta imaginarse que ella no lo hace “sólo por el dinero”, que ha disfrutado del tiempo que han pasado juntos; que han tenido algo especial, algo que no podrían estropear asuntos “triviales” como la inmensa diferencia de edad o el abismo entre sus respectivos niveles económicos. Y para que los clientes crean que existe libre elección en este acuerdo, y que existe un elemento de atracción mutua aparte o además del dinero contante y sonante, todo el business tiene que parecer abierto e informal y muy divertido. Por lo tanto, el turismo sexual occidental es tremendamente visible. Los turistas se pasean del brazo de adolescentes por las calles que, de hecho, son burdeles gigantes al aire libre. Visitan clubs con nombres tan sutiles como “The Pussy Bar” o “The Hot Girl Club”. Pattaya en Tailandia está plagado de cientos de bares y clubs donde los occidentales pueden comprar mujeres jóvenes. Se trata de un mercado boyante. De hecho, todo el mundo trata de venderte sexo. Incluso los hombres que no quieren comprar sexo, y que van claramente acompañados de sus parejas, reciben docenas de proposiciones cada noche. Los felices turistas sucumben ante las bailarinas eróticas de los bares. Le les puede ver recibiendo sexo oral en cualquier rincón oscuro de un club; haciendo detalladas inspecciones ginecológicas a las chicas que hacen shows en el suelo; o saliendo de las habitaciones de los hoteles con muchachas que podrían ser sus nietas. Pocas veces, o nunca, se verá a un asiático participando de este tipo de comercio sexual. La visibilidad de los encuentros sexuales preferidos por los hombres occidentales distorsiona, porque los turistas sexuales monopolizan nuestro campo de visión y reciben toda nuestra condena. Lo cual hace que se oculte un tipo de cliente mucho mas crucial. Hay una inmensa cantidad de dinero a ganar del turismo sexual de Occidente, sin embargo, en Asia la mayor demanda de sexo comercial proviene del mercado local. La mayoría de prostitutas asiáticas venden sus servicios a clientes asiáticos. En comparación, el número de clientes occidentales palidece, aunque estos hombres son importantes porque, la mayoría, pagan más”.

“Asia constituye un enorme mercado sexual. Aunque se trata de dos asuntos distintos, el tráfico de seres humanos y la prostitución se conectan en estos países de modo natural. Las mujeres traficadas, sin lugar a dudas, constituyen el colectivo más desprotegido y la cantera de los esclavos sexuales”. Siendo sociedades en las cuales sus varones consumen sexo de pago y en público se obvia el tema de la prostitución, o se mira para otro lado, obviamente es complicado registrar y censar a toda la población dedicada a la venta de servicios sexuales: “Sin embargo, las cifras son elevadas. Millones de mujeres venden sexo en Asia. Algunas son niñas. Otras nunca han consentido ser puestas a la venta en el mercado del sexo. Y muchas de ellas están atrapadas en una contemporánea forma de esclavitud. Es un escándalo de proporciones incalculables”.

 

Hace tiempo les hablé de otro libro, La sabiduría de las Putas. A pesar del título, en realidad es un ensayo específico sobre el sida escrito por la investigadora Elisabeth Pisani. De este manual saqué mucha información para hablarles de las warias, o los ladyboys, el tercer sexo. Los trans constituyen una auténtica realidad en India y Tailandia, y están por todas partes…. Mujeres con pene; más o menos hormonadas y en un grado u otro de reasignación quirúrgica. De este trabajo de Pisani, en relación al sida y el VIH, destaco: “el caso de Tailandia es particularmente interesante. La prostitución es técnicamente ilegal en Tailandia, pero la industria es enorme y se caracteriza por mujeres aburridas viendo la tele en bikini y arreglándose las uñas tras escaparates. Algunas veces son cristales unidireccionales. Un cliente puede ver a las chicas desde fuera, pero ellas no pueden ver al cliente. [...] En una encuesta de 1990 un 22% de los hombres de Tailandia encuestados a nivel nacional afirmaron comprar sexo. Los jóvenes norteños eran especialmente propensos a salir de copas y dejarse caer por un burdel con sus amigos. Más de la mitad de los veinteañeros afirmó ir de putas; no es de sorprender que el VIH también se desbocara en el Norte. En la bulliciosa ciudad de Chiang Mai los clientes pasaban el virus de una trabajadora del sexo a otra, infectando así a una de cada dos ya por 1989. Esos índices de infección tan dolorosamente altos sólo se habían visto anteriormente entre los inyectores de drogas. Ahora, las mujeres tailandesas se enfrentaban al hecho de que una de cada dos mujeres que follaba con sus hijos, sus maridos, sus hermanos, sus policías, transportaba este virus fatal”.

A estas alturas, si han leído todo esto, pensarán que no me lo he pasado bien en Tailandia. Falso. Fiestones, amigos, paisajes, tigres, snorkle, mujeres jirafa, templos, masajes, compras… Lo he disfrutado todo, a pesar de la distancia y de echarle tanto de menos que me dolía que amaneciera sin él y que me habría gustado chocar mi vaso con el suyo antes de cada trago. O, quizá, se imaginarán que algún problema tuve que tener durante el viaje. Falso. Ni una uña se me ha roto en este mes… Mi gran, mi único problema era la falta de wi fi y que las redes se hallan cerradas, incluso en lugares como el aeropuerto… Wi-fi-dependientes perdidas, más de una borrachera se la debemos al código que nos facilitara el camarero de alguno de los mil bares que hemos visitado… Ha sido un periplo lleno de incidencias, de anédotas, agotador, intenso y maravilloso. Me quedo con ganas de más… Regreso convertida en una vaca de kobe: se puede pasar el día a base de recibir masajes y bebiendo litros de Chang… Doy fe.

Sin embargo, he querido dar otra visión, menos idílica, de la maravillosa perla del Índico. Ah, por cierto, desde nuestra experiencia como perfectas turistas, podemos sugerir que vayan eliminando la “amabilidad” de la lista de apriorismos que pululan sobre la actuación de los tailandeses. Además de dejarse larga la uña del meñique (no voy a decirles para qué…) tienen un muy mal comienzo. Luego, la mayoría, sí que son encantadores pero, de primeras, dan ganas de fostiarlos por groseros, secos y despectivos. Los tai son muy, pero que muy sensibles al dinero: la propina funciona igual que “la mordida” mejicana o que los “sobres” en nuestro país…