Las cosas que no nos dijimos

Si no lo cuento, reviento. Más que nada por variar, por que vean que no me quejo siempre. Doy gracias a Dios, a Buda, a Shiva, a Alá, a Steve Jobs y a quien haga falta por permitir que, por fin, caiga la moneda del otro lado… Me siento feliz ahora; bueno, desde hace unas semanas. Las cosas, mejor a bocajarro: estoy enamorada hasta las trancas y, para variar, parece bastante recíproco. En este estado de ánimo, como comprenderán, no me apetece, en absoluto, escribir, ni siquiera para alardear; lo digo porque, en este tiempo, he captado que muchas personas, más que vivir y disfrutar de su relación, lo que parece que necesitan es chulear de ello mediante una exhibición de fotos íntimas y la publicación de mensajes ridículamente empalagosos en las redes sociales… (Sepan que algunos de los que tan “comprometidos” se declaran, o que oficialmente se hallan tan “felizmente” casados, han venido periódica y diligentemente a mi casa a visitarme, y no era para tomar el té. En fin… ).

 

Aunque me cuesta la misma vida eliminar este mariposeo estomacal y secar de mi gesto esa sonrisita tonta que se me ha quedado, voy a ponerme a escribir. Ya dicen que el trabajo es eso tan horrible que es por lo único que pagan… Pero antes de contarles por enésima vez cómo se hace una felación, o de aburrirles con párrafos sobre la somnofilia u otra parafilia, o de ponerme a opinar con sinceridad sobre la moda de la abstinencia… dejen que comparta con ustedes que siento, además, un auténtico terror. Quiero creer que mi imán para atraer hijos de puta se ha “desmagnetizado”, o que se me ha perdido… No sé si soportaría otra más… Pero para eso, aún he de esperar, y espero desesperar esperando lo que no quiero que llegue porque, por ahora, ya les digo que no tengo un pero que poner, ni un defecto. Cada gesto, cada detalle, cada respuesta suya supera la mejor que mi corazón pudiera dictar… Se me cae la baba y estoy disfrutando del pack completo de las demás emociones inherentes y concomitantes. En definitiva, experimento un carrusel maravilloso porque no me oirá nadie quejarme de las alteraciones en el sueño; yo, disfruto con los trastornos alimentarios, con la inestabilidad entre alegría y tragedia, me ponen las taquicardias, amo sudar dopamina pura y asumo plenamente mi plena adicción a sus mensajes. Y que dure, que continúe… Porque no sé si le llegaré a amar, pero cómo me gusta a mí lo del enamoramiento.

 

Casarse es una cosa -le dijo a su hija-, pero permíteme que te diga que compartir tu vida entera con alguien es otra muy distinta. Hace falta mucho amor, mucho espacio. Un territorio que ambas personas inventan juntas, y donde ninguna debe sentir que le falta el aire para respirar.

“Las cosas que no nos dijimos“, Marc Levy.

Foto: Cris Andrew