Nada ha cambiado

Mi primera conversación de hoy, facebook mediante, ha sido con una buena amiga (amiga, no una choni ni una aminemiga), poseedora del par de ovarios más poderoso y mejor plantado que conozco. Soy muy fan de Inés, lo admito. Como no podía ser de otra manera, a pesar de que ella o yo estemos inmersas en operaciones financieras, adquisiciones de activos inmobiliarios, tratamientos médicos de aúpa y demás hostilidades vitales (sobre las que estamos muy por encima de necesitar consejo), hemos perdido, hoy también, parte del limitado tiempo de que gozamos para realizar nuestro sin igual periplo por el planeta hablando de “ellos”. ¿Decepcionante, verdad?

Llámese destino, llámese casualidad, resulta que como hoy me toca publicar y, sinceramente, paso de contarles detalles de la que llevo liada en sólo una semana, que ha sido muy, pero que muy erótico-festiva-viajera, he sacado mi libro favorito y, aleatoriamente, lo he abierto por una página, que sin más, procedo a copiar como si se tratara del horóscopo o de alguna clase de predicción facilitada por cualquiera de las tarotistas y gurús que frecuento, no sin antes indicarles que se publicó en 1966. Verán que nada ha cambiado:

- ¿Estás citada con él?

- Aún no. Le llamaré mañana a la oficina y quedaremos.

- Helen… ¿por qué no esperas?

- ¿Para qué?

- Deja que él te llame.

- Pero suponte que espero y no me llama.

- ¿Verdad que no te gustaría salir con él si te obligaran?

 

Pudo oír bostezar a Helen.

- ¿Por qué no? A veces hay que habituarse a un tipo sin saber si le gustas o no.

 

Anne pensó que Gino no podría deshacerse tres noches seguidas de Adele. Pero, sobre todo, no deseaba ver a Helen humillada.

- Helen, hazme un favor. No llames a Gino mañana. Deja que te llame él.

- ¿Y si no lo hace?

- Puede que no. Puede que no te llame durante unos días… tal vez una semana.

- ¡Una semana! ¡Ah, no! Yo no espero tanto.

- A lo mejor no tienes que esperar. Pero inténtalo. No le llames mañana. Tal vez Gino no pueda salir tres noches seguidas.

- Muy bien -suspiró Helen-; pero sigo creyendo que mi sistema es mejor. Le doy un día para que me llame. Es que… quería ir al estreno de La Martinique.

- ¿No tienes ningún otro que te lleve?

- Oh, siempre puedo encontrar a alguien. Mi modisto o Bobby Eaves, mi pianista. Pero los dos son maricas. Eso es lo malo… que hoy en día ya no quedan hombres. Maricas, muchos, pero de hombres nada. Me joroba ir a un estreno con un marica. Es como llevar un cartel que diga: “No pude encontrar otra cosa”.

 

Dedicado a mis tres mil íntimas aminemigas. Nosotras nos entendemos (aunque solo sea en lo que plasman estas líneas).

Y con mis más sinceros y eternos agradecimientos a mis amigos “maricas”, de cuyo brazo he quemado tacones en las fiestas más divertidas. Gracias por empujarme a hacer el mal. Gracias por estar (casi) siempre ahí.

 

(Cuando lo tenga a bien, que no es hoy, les diré el título del libro).