Oído en las calles

Dejen que les haga partícipes de tres, sólo tres, de las frases que han impactado contra mis tímpanos en las últimas 24h.

¿Se sabe qué tal está la chica del tampax con vodka?“. Ante la cara de asombro general (pocos habíamos escuchado la noticia), fueron dando explicaciones. Y es cierto: de hecho, si se googlea “vodka tampax“, aparece la información: es lo last de lo last. Déjate de la cara de imbécil que se le queda al prestarle la mano a Amaya Salamanca para que meta su tampón, al actor/modeluqui que hizo también el spot de colirio, porque mi cara sí que debió de ser digna de verse… Cada hornada, cada generación de adolescentes supera a la previa en lo que respecta a cotas de gilipollez. Señoras y señores, queridos todos, ahora, para beber hasta el coma etílico ya no usan embudos, mangueras y alcohol de baja calidad; ¿dónde quedaron los “minis de leche de pantera”, por Dios? Ahora, a fin de que sus progenitores no “huelan” el aliento, lo que hacen es… ¡¡¡¡Tachan tachan tachan: empapar el tampón con vodka/ron/whatever… y se lo meten en la vagina!!!! Es tal mi estupor que no logro respetar las reglas de ortografía, porque flipé como hacía tiempo… Me daban hasta sudores de imaginar la situación. Y sin embargo, había “algo” en aquello que no me encajaba: la cultura de saber que los capilares facilitan que el alcohol alcance el torrente sanguíneo de inmediato, me parece incompatible con semejante ausencia de inteligencia: a nadie con riego cerebral se le puede pasar siquiera por la mente emplear los capilares vaginales como vía de absorción de esas sustancias… Dicho lo cual, “me puse a hablar de trabajo” y puntualicé que el canal vaginal no tiene casi terminaciones nerviosas (excepto en ciertos puntos “clave”: el punto G, el A y el K); de ahí que las mujeres no mueran de dolor durante el parto, por ejemplo. Concedí que, sin nervios cerca, cabe que la chica no “note” la abrasión, el efecto de meterse alcohol, que por ejemplo se nota cuando te limpian una herida en cualquier otra parte: escuece que te mueres, te quema… Hice hincapié en que sin embargo, toda la zona del clítoris y de los labios, sí tiene sensibilidad, y además, siendo la vagina una mucosa, se trata de un área especialmente delicada y proclive a erosiones y abrasiones… Me harté de decir que eso era imposible, que aparte de infecciones y de escaldarse las paredes de la vagina, aquello era absurdo.

Anoche, ninguno sabíamos, y por tanto, nadie comentó que la noticia no es tal, sino que se trata de un bulo… y el bulo incluye, por supuesto, la versión masculina: la colocación del tampón por vía rectal en los chicos.

Siguió la charla con un nuevo truco para endrogarse sin joderse el tabique: “Una amiga común de todos los aquí presentes, en lugar de esnifar, diluye la coca en agua y con una jeringuilla, se la chuta por la vagina“. Yo, de esa “amiga en común” ya me espero cualquier cosa pero, sinceramente, en un rápido ejercicio de imaginación, me planteé que aquello era una tomadura de pelo: era imposible… ¿Alguien es capaz de imaginarse a esta persona, de cierta edad ya -no es una vieja, pero tampoco es una “ni-ni” de 20 años, precisamente…- sacando del bolso una jeringuilla llena de H2O+ coca, echándose en el suelo, quedándose un buen rato patas arriba en un baño de bar mugriento para contribuir a que sus capilares vaginales “hagan los deberes” y así salvaguardar la salud de sus tabiques nasales? ¿O no es necesario porque logra usar tan poca agua que el chute se propulsa con la droga y se estrella con éxito bien arriba, cerquita del útero? Si no es la gran vacilada es la gran cerdada y, a nivel posibles consecuencias ginecológicas es, sin duda, la Gran Cagada… Pero vamos, yo, a estas alturas, no pongo la mano en el fuego ni por mi sombra.

Ello, lo de meterse coca por el mismísimo, derivó en “enemas“. Sí. Enemas. Entre tintos de verano, cañas, pizza de trufa y boletus… Los allí presentes estaban participando (aunque saltándoselo y haciendo muchas trampas…) de un tratamiento detox para sus maltrechos hígados… Y amén de “no beber” (casi), de tomar zumo de manzana (de bote) y de algunas pastillas de herbolario (que yo misma recomendé, pero que me consta que no hacen nada si no te sujetas…), resulta que han de hacerse enemas. OMG! Enemas… Enemas… Los celebrantes (era un cumpleaños) confesaron que cuando aceptaron participar del detox, no sabían lo que eran los enemas… Indescriptible el gesto que hicieron cuando Madre Google les informó: en castellano antiguo se llamaban “lavativas”. Duda resuelta. Sin embargo, no me creo tanto estupor; hacerse “el estrecho” respecto de los enemas, y más toreando en las plazas que torean aquí los mozos, lo encuentro antihigiénico y muy paleto a estas alturas, la verdad.

Y la tercera y no menos escalofriante frase, la oí yendo por la calle al día siguiente, cuando mi resaca y yo íbamos a hacer los recados más básicos… “No muy bien… Resulta que mi mujer me ha pillado follándome a mi vecina holandesa. Pero follándomela” [...] Sí, sí: soy una supercotilla, y no quise acelerar el paso, es más, me quedé escoltando por toda la calle Preciados al tipejo que gritaba entre muy orgulloso y muy inseguro de su porvenir, agarrando su teléfono. “Pues imagínate… Regular… Bueno, no: mal; es que hace tiempo ya la tuvimos también… No sé lo que va a pasar, la verdad…” -¡ah, claro, reincidente encima!-. [...] Y yo sin querer adelantarle para saber más detalles acerca de la holandesa, del bloque donde viven, de cómo había sido la pillada… “Ya te cuento luego, que voy por la calle; pero vamos, una movida… ¡Es que me pilló follándome a la holandesa, tío!“. Cuando cuelga, yo le adelanto. En ese momento, él, que me había visto, se gira hacia mí y, sin desaprovechar ni un segundo, me dice: “Es que los móviles son la hostia de indiscretos. ¿Te apetece un café?“. De no haber sentido asco por él, y unas enormes ganas de fostiarle, habría aceptado sólo para que me contara todos los pormenores. No le miré siquiera, me hice la guiri-sorda-nohablanconmigo, mientras sacaba mis propias conclusiones. Una: no te puedes fiar de ninguno, pero de ninguno, porque si hasta este cenutrio tiene opciones, cualquiera las pude tener. Y todos, ante la ocasión, la aprovechan. Dos: evita vecinas holandesas, birmanas, alemanas, peruanas, inglesas, italianas, noruegas y chipriotas… Evita a la sociedad en general. Compra una vivienda unifamiliar en medio de un desierto e instala vallas electrificadas en todo el perímetro, o mejor: colócale un cinturón de castidad hasta que le escueza el pene y añade bromuro en sus desayunos. Tres: por lo visto, los tíos no cambian: además de hacerlo, necesitan contarlo. Por si fuera poco el dolor, por si a pesar de todo decides no separarte, estos bocazas fomentan que se enteren todos los amigos comunes y de ese modo consiguen que el mal trago permanezca y no puedas superarlo jamás.

Siento repetirme: sí, cada vez salgo menos. ¿Que por qué? Pues… por miedo.