Asexual como los ángeles

Semanas llevo con la Vieja del Visillo entre ceja y ceja. Al menos yo tengo dos… cejas, digo; porque visillos ni uno. La realidad vista desde la ventana y desde cualquier pantalla: de ordenador, de móvil o de televisión. Una sensación de falsa distancia, de seguridad ficticia. Una realidad virtual que no huele, sin texturas. Mientras trato de echarme la siesta, me retuerzo en el sofá con las imágenes de la Policía Forense recogiendo pruebas de los escenarios del horror donde las víctimas de violencia de género han aparecido muertas. Oigo los gritos desde la calle y me contagio de la indignación de los pobres preferentistas arruinados y estafados por Bankia, que está apoyada y autorizada por el gobierno. Los meteorólogos auguran más lluvia, más frío y muestran las granizadas extemporáneas. Llueven piedras, como en el paraíso de palabrería del último, del cabrón de turno aquel. Y pienso sin entusiasmo en los millones de bikinis que almaceno para nada… Leo los whatsapps de conocidos y conocidas y me voy enterando de cómo transcurren sus peripecias laborales, sexuales y funerarias incluso. Me etiquetan para invitarme a fiestas y a saraos, pero mis pies saben que no les toca sufrir porque ahora, temporalmente, La Ley del péndulo me lleva de no entrar a no salir. Y estoy en ésas: decidida a no enredar. E incapaz, por otra parte, de hacerlo…

Me encerré por el brote creativo (¿cuántas veces les he hablado de mi próximo libro y les he amenazado incluso con adelantarles fragmentos?); y ahora, tratando de acabar el texto, me hallo en una suerte de régimen abierto autoimpuesto… Una medida cautelar más necesaria que deseada; lo que subyace es que por burra que una sea, al final no le queda hueco para un hachazo más. Y he optado por copiar a la Vieja del Visillo. Aunque sea temporalmente. Me encuentro entre agilipollada, asténica perdida y asexual. La asexualidad no se encuentra reconocida como categoría, a diferencia de las “oficiales”: heterosexual, homosexual, bisexual, transexual. El prefijo “a” significa negación y describe a ese mínimo -pero real- tanto por ciento de población que no siente deseo ni atracción física ni sexual por nadie. Estas personas, ni con hombre, ni mujer, ni perro, ni niño se excitan, ¿qué le vamos a hacer? Viven tranquilos, interesados y volcados en todo lo demás. Alguien pensará: “pero ¿es que hay algo más?” A mí me da que sí… Su “no actividad” no viene de reprimirse, ni de obedecer normas de ninguna clase, ni está causada por enfermedades, ni por limitaciones físicas o psíquicas.

La Ley de Fisher referida a la frecuencia de las relaciones sexuales y al grado de deseo, podría enunciarse como “cuanto más sexo practica una persona más se incrementa su interés hacia él; mientras que si deja de practicarlo, o espacia las relaciones, las ganas disminuyen hasta desaparecer”. La libido no se rige por variables fijas, ni siquiera teniendo pareja. Con frecuencia, muchas parejas continúan juntas conviviendo como hermanos, como compañeros de piso. El sexo ha desaparecido de sus intereses comunes y, o bien se buscan la vida cada uno por fuera, o simplemente se anula su deseo sexual, sin que ello implique que dejen de quererse.

Volviendo a la asexualidad, se calcula que entre el 1 y el 3% de la población mundial es asexual como yo ahora. Por cierto ¿no dicen que los ángeles lo son? Siempre fui muy minoritaria.