Singles y disforia histeroide

En el entramado voraz de campañas de márketing y los miles de impulsos para fomentar el consumo, detecto desde hace tiempo el conjunto de ofertas y propuestas que seduce, o pretende seducir, a las personas “single“. Y utilizo el témino “Single” porque amo el eufemismo… Me parece mejor que llamarnos “Saldos Humanos”, “Despojos”, “Naúfragos de la vida”, “Raros”…

Single designa al colectivo compuesto por todo ser que no esté emparejado, dentro de la franja de edad de los 25 a los 65. Se trata, sin duda, de un potente nicho de mercado. El anglicismo vale su peso en oro porque huye de la connotación negativa de “soltero/a” o” divorciado/a”, y porque aglutina a los demás recuperados de las filas de otros estados civiles (separado/as, viudo/as, etc.). Agrupa a todo el que se maneja por la vida sin pareja estable, sea de modo transitorio, sea para los restos.

Dado que somos consumidores, y muy potentes más que potenciales, se han organizado empresas especializadas en ponernos en contacto (desde las webs que prometen encontrar tu “media naranja”, a otras para conseguir polvos esporádicos), se ha creado todo un entramado empresarial específico: agencias de viajes, excursiones y cruceros de toda índole, quedadas en discotecas, bares y demás, para que los singles se muevan, contacten, se apareen, … Para que se lo gasten, vamos. Desde luego, más ameno que matricularte en un MBA que en el fondo no quieres hacer y que no te puedes casi permitir, salir sólo para poder conocer gente que aún sigue soltera, ya es…

No cabe generalizar acerca de la forma de vivir la sexualidad de los singles, depende, por supuesto de cada persona. Lo que sí es cierto, es que alguno que yo conozco padece de Disforia Histeroide. Así se define la adicción a estar enamorado, término acuñado por los psiquiatras norteamericanos Michel Leibowitz y Donald Klein, que afirmaron que el esquema de conducta cerebral del disfórico replica el de los adictos a las drogas. Quienes la padecen, sin poder evitarlo, se ven envueltos en el carrusel de síntomas típicos del enamoramiento (ilusión, euforia, visión rosada del mundo, pérdida de apetito, del sueño, de la noción del tiempo…) provocados todos ellos por la activación del hipotálamo (centro desde el que se rige el comportamiento sexual). Toda vez que “se enamora”, el disfórico experimenta el subidón, la excitación sexual y afectiva; después, paulatinamente, se produce una nivelación de las tasas de dopamina y feniletilanina –sustancias similares a los opiáceos que en la fase inicial se descargan masivamente pero que, al cabo de unas semanas o meses, se estabilizan y su secreción disminuye-, y entonces, cambia el objeto de su deseo. Las personas enamoradizas repiten el mismo patrón de conducta una y otra vez porque más que el “quién”, lo que les obsesiona es la sensación de desbordamiento emocional que conlleva el enamoramiento. Son yonquis del chute hormonal y se van cargando a los pobres que se les cruzan.