Infidelidad

Sinceramente, yo les hablaría de las mechas californianas, de una oferta que me acaba de llegar por email para comprarme un alcoholímetro (con la falta que me hace últimamente…, me refiero a que mi libro, de mi próximo libro “En un bar de dudas”, me exige documentarme). Pero no tendrán tanta suerte. Vamos a agarrar el toro por los cuernos. O al ciervo. Soy muy de ciervos yo; los llevo como anillo y los pongo por toda la casa. Sobre los cuernos, siempre he defendido que es infinitamente menos dolorosos ponerlos que llevarlos y que, si hay que manejarlos, que sea para colgarlos de las paredes.

Haciendo encuestas por la calle se descubre que lo más cerca que está el español medio de la “fidelidad” es cuando compra equipos musicales y el término viene precedido de la palabra “alta”. Lo cierto es que la monogamia no forma parte de nuestra naturaleza. No hay un gen que nos predisponga a ella, a diferencia de engordar, ser alto, o gordo, o rubio, o miope… Ser o no ser fiel… he ahí la opción, la decisión, la convicción de cada cual.

En el reino animal, ese espejo adonde buscan los científicos para esbozar el perfil de la especie humana, en base a analogías, claro, hay pocas especies que refrenden la unicidad de parejas. Como ejemplo, los albatros, aves que se emparejan de por vida y, una vez muere uno de los dos, el supérstite permanece solo para siempre. Y los cisnes… En total, pocas especies lo practican. Sin embargo entre los humanos, solemos afirmar que el amor es eterno, pero eso, es mucho tiempo… Sin duda, las ventajas de la monogamia se evidencian en aspectos pragmáticos: resulta más rápido eso de tener a la parienta cerca cuando apetece y no hay necesidad de salir a ligar, cortejar y demás; se asegura la supervivencia de la prole y ayuda a la reproducción la comodidad de disponer de un hogar donde alimentar y cuidar a los vástagos…

Casi todo el mundo, en principio, estará de acuerdo con la definición de persona fiel, como la que no mantiene relaciones sexuales con nadie que no sea su pareja. Lo que complica todo son los resquicios a tan aplastante “verdad”. Por ejemplo: ¿Es una infidelidad estar enamorado de un tercero, pese a no acostarte con esa persona? O ¿eres infiel cuando flirteas, intercambias mensajes y llamadas, emails, alguna copa y quizá algo de “tonteo” que no pasa a mayores? ¿Marca la penetración el límite? ¿Y el sexo oral o manual? ¿O sería suficiente demostrar interés hacia otra persona para que se trate de unos cuernos?

Sin duda, dentro del ranking general de valores apreciados en la pareja, que ofrezca fidelidad es determinante. Casi todo el mundo marca la casilla sin dudarlo: las personas anteponemos la fidelidad a la inteligencia, al sentido del humor, a la belleza… ¿Está sobrevalorada? Quizá, pero ante las reacciones que provoca conocer un desliz de quien amamos, somos incapaces hacer la vista gorda… Los cuernos duelen, importan. Seguramente parte de ese dolor o de esa frustración se expliquen por una tradición de exclusividad sexual que, en realidad, responde a unas necesidades organizativas de la sociedad, a la necesidad de atribuir la paternidad para que no haya líos luego con la herencia (en el fondo, en esto del sexo, si se investiga un poquito, casi todas las normas y tabúes obedecen a intereses económicos).

 

La infidelidad femenina en cifras.

“Según un estudio realizado por el equipo Kinsey, en 1953, el 26% de las casadas cometieron adulterio. En 1980, otra investigación descubrió que el 40% de las mujeres habían tenido una aventura a alrededor de los 40 años. A mediados de los 80’s, una encuesta de la revista Playgirl, reveló que una de cada dos esposas había echado una canita al aire. Según un informe de la edición norteamericana de la Revista Woman, realizado en 1989, la mitad de las mujeres que habían tenido relaciones con compañeros de trabajo eran casadas. El 70% de las casadas que contactan a través de internet, se acuestan con el ciberamante.” Fuente: Revista Sexologies