Orgasmo no eyaculatorio

A lo largo de la historia las mayores locuras, conspiraciones, crímenes y tragedias, …, las ha inspirado la adicción a tener orgasmos con alguien en concreto (algunos lo llaman amor; pero el amor, dejen que les diga, es más que eso).

Pero, ¿en qué consiste eso de “tener un orgasmo”? Tanto en el hombre como en la mujer, el orgasmo es la descarga de la tensión o acumulación sanguínea en los genitales que se alcanza durante la excitación y la meseta. Se manifiesta mediante una serie de contracciones más o menos regulares. En realidad es una respuesta involuntaria del sistema nervioso que se desencadena en la médula espinal –en la zona sacra- y alcanza la zona pélvica y perianal. Todos buscamos más y mejores orgasmos. Para ello, mente y cuerpo han de estar predispuestos. Implica deseo, pero también conocer el propio cuerpo y el de la pareja, y que anatómicamente, a un nivel físico, el organismo pueda responder (sistema nervioso, hormonas, tonificación de la zona pélvica, etc.).

Hoy abordaré un par de las situaciones que producen dudas al respecto del orgasmo: erecciones infantiles y orgasmo no eyaculatorio.

Erecciones infantiles

Educar a un niño incluye, dentro de un conjunto de deberes, la necesidad de aplicar el sentido común ante ciertas preguntas y necesidad de, precisamente eso: educación. Ni sublimar lo más básico, ni la cursilería o pasotismo, van a convertirle en un adulto por arte de magia. Cuando un niño, incluso en la etapa de bebé, tiene una erección, en vez de reprochárselo, de reírse de él o de satanizar el instante, debería tenerse en cuenta que no tiene carácter sexual. El niño no es consciente de porqué las experimenta: son espontáneas, el pene se está autooxigenando. Otras veces son una respuesta a sus investigaciones y juegos a solas o con amiguitos o amiguitas. Los juegos homosexuales y la curiosidad no determinan las inclinaciones sexuales futuras de los niños.

 

Orgasmo no eyaculatorio

Se trata de una modalidad de orgasmo más potente y prolongada, distinta de la referida en relación a los métodos tántricos y de otras filosofías. Se consigue mediante un tipo de estimulación “no convencional” que se realiza a través del ano, ejerciendo presión sobre el perineo y el ano, mediante penetración por el susodicho de la parte más larga de esa especie de “y” que describe un juguete perfecto para ello, que se fabrica en plástico duro. La estimulación se realiza directamente sobre la próstata con los movimientos propios del coito (con pilas o de pura tracción natural).

Referido a este tipo de orgasmo no eyaculatorio se estudia el Punto L -¡otro punto!-, que en puridad no es un punto, sino una zona, que corresponde al lado externo del músculo puboccocígeo del perineo: entre el ano y los testículos o el orificio vaginal (se da en ambos sexos). Genera un placer lento y progresivo que se extiende por todo el cuerpo, sin eyaculación ni contracciones. Como en el resto de “puntos” mejor no perder los nervios ni obsesionarse con su recorrido y localización.

 

Hasta aquí ya he cumplido con mi cometido, pero en realidad de lo que quiero hablarles es de mi misma. Hoy les voy a contar que estoy tirando la casa por la ventana. Empecé por acercarme con timidez a mi propio vaso de los cepillos de dientes. Bueno, más que timidez, ha sido pena. Una pena densa como el mercurio que me lleva recorriendo las venas durante varias semanas, ralentizando mis constantes por la carga de veneno que arrastra. Dirán: “pues anda que… ésta está de atar… La que monta por tirar un plástico que vale 2 euros”. No hablo de tirar un cepillo de dientes, hablo de asumir que aquel a quien se lo di, ha desaparecido. Sin más. Como si se lo hubiera tragado la Tierra… El cepillo de dientes que estrenó, y que ya no va a necesitar, un perfecto hijo de la gran puta, otro de esos desertores postcoitales que nos joden la vida constantemente. Se lo ofrecí, toda yo amabilidad, junto con litros de licores oscuros, formando un pack con mi cerebro y con mi corazón, para que estuviera más cómodo. Y lo utilizó, igual que a mí, los días que el señor tuvo a bien. Y ha sido hora de deshacerme de él -del cepillo, claro, porque aquí quien se ha deshecho de mí ha sido él-. Pero como estoy muy destrozada, mucho, pero mucho, no me ha parecido suficiente. Y he continuado con la ventolera y he agarrado las sábanas y las toallas que tocó. Y todo juntito (pensé quemarlos en mitad del salón, pero aún dispongo de medicación que me centra un poco…), ¡hala, a la basura! (A la calle no, por si doy a alguien, y no es plan. Por experiencia les confieso que siendo inocente, acaba cansando que te den tanto golpetazo gratuito todo el rato).

Merezco, deseo e imploro una dosis de olvido exprés y absoluto. Prefiero recordar sólo un retazo de una de las primeras conversaciones que mantuve con él: “Mi teoría, o más bien, mi revelación más reciente, y la formulo por primera vez contigo, es que con los hombres nunca se acierta -le dije desde mi taburete de aquel bar, cuando aún me daba vergüenza mantenerle la mirada-. Tratáis a las putas como a señoras. A las que os maltratan, os sacan la pasta… Y estáis detrás bebeando como siervos. Pero si te portas como una señora, si das más de lo que recibes y no exiges nada, te tratan como a una puta“. Y él asintió. Me dio la razón. Ahora eso es todo lo que tengo: la razón. Hay que joderse con las profecías autocumplidas.