Sin chispa (II)

(sigue) La familia, el trabajo, los niños… Hasta aquí, balones fuera. Pero, ¿y si la culpa de la falta de ganas viene de que tu pareja es muy mala en la cama? Por partes: nada de reproches o de echar culpas. Busquemos soluciones porque cuanto más disfrute cada uno, más deseoso se mostrará de hacerlo… Lo malo es cómo decirle qué ha de cambiar, aprender o eliminar de sus técnicas amatorias, sin que ello desemboque en conflicto e incluso, en ruptura.

Está demostrado que tener un mal amante es motivo de desinterés sexual. Definitivamente, para hablar de sexo no elijas justo el momento en que estáis en plena faena; tampoco es buena idea reírte de su potencia o de su ineptitud para determinados menesteres justo delante de sus amigos o de su madre. Siempre es mejor hablar en positivo y en plural, con frases como “leyendo la revista “X” me dio curiosidad que de verdad a todas les encante (lo que sea), a lo mejor podemos probar a hacerlo”. También funciona que hagas preguntas acerca del tema en el que quieres que tu pareja mejore, a fin de provocar que te devuelva el educado y recíproco: “¿y a ti cómo te gusta que te haga…?“. Todo va mejor si aplicas un poco de refuerzo positivo, si se alaba lo bien que hace tal o cual cosa o lo mucho que te encanta lo que sea, desde su culo a cómo te acaricia los pies, y después se aplica una sutil sugerencia de mejora… Recuerda: pide, no exijas. En la cama, sin ropa, nos volvemos especialmente vulnerables, suceptibles y hasta resentidos.

Otro drama se plantea cuando la libido de tu pareja no se ajusta a la tuya, por exceso o por defecto. Descarta desde ahora mismo de tu vocabulario las palabras “salido”, “frígida”, “zorra” e “impotente”. Es un hecho que no todos venimos de fábrica con el mismo grado de apetito sexual: el deseo puede ser hipo e hiperactivo. Lo que a unos les parece una cosa más, una pérdida de tiempo o algo irrelevante que no cambiarían por una buena taza de café, bien puede centralizar el pensamiento y las energías de otras personas. Debes saber que la libido de cada persona viene determinada por sus genes, por las hormonas y por pasadas experiencias sexuales y, todo eso, por desgracia, está fuera de tu alcance. Sí que hay modos de despertar el interés por el sexo y de erotizar al otro. Al respecto, reitero lo ya comentado en otros posts: si bien las jaquecas eran una muy empleada excusa de nuestras madres y abuelas, cada vez el hombre sufre más de ese dichoso douleur de tête y dice “no” con mayor frecuencia. ¿Las causas? Pues que, por desgracia, no son robots sexuales. Tienen problemas económicos, cansancio, estrés, preocupaciones laborales, inseguridad acerca de su cuerpo, de su rendimiento sexual, etc. y una vida sedentaria y poco saludable… y todo ello afecta a su libido y a su rendimiento. Cada vez se da más que somos nosotras somos las que andamos insatisfechas por culpa de no tener tanto sexo como demandamos. Conseguir que el nivel de ganas y la predisposición de ambos vayan coordinados, exige un acuerdo: hay que pactar el número de veces que cada cual “necesita” hacerlo cada mes –suena frío, ya lo sé-, y llegar a un término medio que se respete y se cumpla. Cuando eres tú quien preferiría una tarde en el cine antes que echar un largo polvo durante la siesta, quizá deberías aprender a relajarte y a recibir placer (obviamente, has de ser consciente de lo que te gusta y conseguir que tu pareja se entere de qué y cómo; quizá seas de las personas que prefieren el sexo oral o la mutua masturbación en vez del coito. Házselo saber). Los masajes son, como en otras situaciones problemáticas o de conflicto, un recurso valiosísimo. Id despacito, por todo el cuerpo, con aceites… Dejad las zonas erógenas para el final.

La negativa o el rechazo se pueden derribar con buena voluntad pero cuidado… Si dejamos que el distanciamiento arraigue, se puede establecer una barrera insalvable.