Sin chispa

Cuando llevas años con la misma persona suele haberse desarrollado cierta complicidad, asociada a una comunicación de calidad -no ya de cantidad, la que se mide por la factura de minutos hablados por el móvil- y la capacidad de evolucionar por uno mismo junto con el otro…

Cuando se detecta que puede aparecer cansancio o rutina, has de “mutar” como si fueras un virus y reinventarte, y, por descontado, hablar de ello antes de que una ligera “molestia” desemboque en un “cáncer”, si se me permite este horroroso símil. El objetivo común, ése que en las películas románticas ven ambos en la línea del horizonte, ha de ser una relación hermosa y duradera -ésa es la orden que se debe enviar al cerebro, o al cosmos; seguro que alguien la atenderá-.

El problema es que normalmente se asocia matrimonio a aburrimiento entre las sábanas. Mil veces he dicho frases tipo “dime cuánto tiempo llevan juntos y ya te digo yo cuánto hace que no follan”. Y cuando me contestan, resulta que me equivoco muy poco… Si se piensa bien, ¿por qué organizamos tremendos stripteases y fiestas subidísimas de tono como despedida de soltero/a? Pues porque, en el fondo, pensamos que firmar el contrato de matrimonio incluye, dentro de alguna cláusula que jamás nadie verbaliza pero que todos tenemos bien presente, que es el fin de la diversión sexual. En la mentalidad de familiares, amigos, compañeros de trabajo…, en el inconsciente colectivo, por un lado se supone que follar estando casado es “lícito”. ¡Qué bien que ya tenemos permiso!, y eso, en los humanos se traduce en “se acabó el reto”. Y lo malo viene también cuando la propia dinámica de la sociedad nos induce a pensar que de alguien casado se espera “estar por encima” de tanto erotismo, que eso de permanecer en la cama 24 horas non-stop como cuando se estaba soltero/a, ya no procede, que hay cosas más importantes que hacer, como poner la lavadora. Otro error es el “burocrático”, como yo le llamo: es fatal para la pasión dejarse llevar por el libro de familia en vez de por el DNI. Me parece fundamental recordar que, aunque se tengan hijos, tú eres tú, no “papá” o “mamá” y tampoco llames “mamá” o “papá” a tu pareja. Sigue utilizando el apelativo de antes de procrear, el mote cariñoso o su nombre.

Sí es cierto que el paso de los años, además de arruinar nuestra maravillosa inocencia y echar a perder ese cutis de melocotón, acarrea responsabilidades. Aceptemos que las maratones de sexo tienen que esperar a momentos concretos en que “podamos” permitírnoslas, pero no renunciemos al sexo en general. Más vale uno rapidito varias veces a la semana que nada. Lo importante es mantener la comunicación afectiva y que el organismo siga colgado de la necesidad de sexo (los orgasmos son adictivos, por lo que cuando los experimentas los echas de menos, pero si te desenganchas, podrás pasar sin ellos). Hablar, discutir, reírse, compartir… son aspectos cruciales de la convivencia, pero exigen tener tiempo. El sexo es, sin comparación, la forma más rápida de restablecer la intimidad y la conexión entre dos personas. Utilízalo, no permitas que la química se marche.