Tiempo

Cuando se alude al tiempo en esto del sexo podemos ofuscarnos un poco. Que nadie se culpe, vivimos con prisa y la intimidad, lógicamente, también se contamina de la misma inercia. “Tiempo” no hace referencia sólo a lo que tarda cada uno en correrse. Sí, pero no. Tiempo es “tomarse tiempo” (que, en efecto y por desgracia, no es lo mismo que “tener tiempo” o “disponer” de él).

Muchas personas coleccionan coitos -como quien colecciona sellos pero, me temo que con menos satisfacciones…-. Sin embargo, hay otra clase de individuos, ni mejores ni peores, que se sienten con necesidad de “algo más” incluso habiendo logrado un orgasmo. Ello simplemente significa que a un nivel más o menos consciente, y por medio del sexo, trascienden. Ese momento de “atemporalidad”, ese grado de conciencia extraordinario, ese participar de la eternidad, hace que nunca se satisfagan con un acto breve -aunque, como apuntaba, hayan sentido placer y alcanzado el clímax-. Para disfrutar de ese “algo más” es preciso prolongar el abrazo: es lo que permite que los cuerpos entren en una conexión intensa. Debemos huir de toda presión, evitando obsesiones e ideas negativas (preocuparse acerca de la erección o la eyaculación, ni sobre el físico, ni sobre concepciones religiosas o de castidad, etc.) y abandonarse a las sensaciones: desconectar del mundo real, de los problemas, de la mugre cotidiana.

Cierto es que la práctica del sexo tántrico o de cualquier disciplina orientada al control eyaculatorio implica para el hombre un sacrificio y, especialmente, un reaprendizaje. Se hará un poco cuesta arriba al principio. Se encontrará con que ha de identificar claramente sus sensaciones y su respuesta sexual y, lo que es “peor”, deberá abortar la emisión de semen. Sin embargo, una vez se adentra en la prolongación del coito, las sensaciones serán mucho más intensas y placenteras de lo que se haya podido imaginar a priori, cuando sólo de imaginarlo, frunce el ceño y piensa en el dolor de huevos con que se va a quedar si no se corre.

Hay que saber que las filosofías orientales son sabias incluso para matizar… Se tiene en cuenta que en los hombres jóvenes y sanos, la eyaculación ha de ser necesariamente más frecuente que en hombres maduros y/o enfermos, que sí han de ahorrar su energía vital (=semen). Como colaboración al manejo de la energía, cabe que la mujer realice masajes ascendentes -incluso mientras está debajo de él, durante el misionero-, desde la base de la columna de él hacia arriba, hasta la mitad de la espalda -donde se ubican el plexo solar y el corazón o, más arriba, llegando hasta la nuca y el cráneo, despertando la parte afectiva, intuitiva y espiritual. Desplazar hasta ahí parte de la energía -siempre con movimientos hacia arriba- descarga el coito de la pulsión puramente sexual o, mejor dicho, enriquece esa pasión con emociones más elevadas y sensuales.

Es crucial el matiz de comprender que el sexo no va meramente de la penetración y el orgasmo, sino de dar y recibir placer. Otras posibilidades serían sustituir el coito por sexo oral, compartir un atracón de besos al más puro estilo quinceañero o incorporar los masajes sensuales al juego…

En cuanto a la duración del acto, se debe considerar que a un hombre le cuesta menos excitarse y terminar que a una mujer. Esta desigualdad de sexos se acentúa especialmente si hace un siglo que no ha mantenido relaciones. Para él, la prolongada falta de sexo dispara la urgencia eyaculatoria (su preocupación -una de ellas- será la de no eyacular demasiado pronto). Sin embargo, en la mujer es lo contrario: ella demandará un encuentro largo para quedar satisfecha o, dicho de otro modo: se frustrará si la despachan en un visto y no visto y, mentalmente, si percibe la prisa de su pareja, se castigará por no “ser más rápida”. Un truco para “acercar” distancias sería que durante todo el tiempo haya una mano (la de cualquiera de los dos) estimulando el clítoris.

La célebre sexóloga Barbara Keesling recomendaba una variedad de coitus interruptus, sólo que en lugar de con finalidad anticonceptiva, lo que se persigue es frenar un poco la excitación de él. De vez en cuando, se cambia de posición y se reanuda la penetración desde otro ángulo, con otras “vistas”, con otro ritmo… Además de mucho más divertido, es un hecho que prolonga la erección. Según datos de 2007 de una marca de preservativos que no voy a promocionar gratis, la media de posiciones que practicamos los españoles en cada relación son 5 (en Grecia 6 y en Japón 2). Hablando de tiempo, según el Informe Kinsey, un 80% de los varones tarda menos de dos minutos en eyacular desde que se inicia la penetración. En realidad, uno de cada tres hombres padece eyaculación precoz. Pero eso ya es tema de otro programa.