A oscuras

En tiempos de crisis, hacerlo con la luz apagada ahorra mucha energía eléctrica pero, indiscutiblemente, a él le priva de su principal fuente de excitación: la que le proporciona “mirar”. Por eso, no suele gustarles la idea de que cierres a cal y canto persianas y cortinas y apagues todas luces. Además, una total oscuridad puede ser contraproducente si te desorientas o alguien cambia de postura a destiempo y recibes o das un rodillazo o un codazo en mal sitio -aunque para encajar golpes no se me ocurre ninguno bueno-.

Sin embargo, la oscuridad, jugar con la privación de la visión puede utilizarse esporádicamente como forma de que los demás sentidos se espabilen. Sería una experiencia similar a cuando te vendan los ojos durante un buen rato de la relación y las caricias las notas con más intensidad.

A la mayoría, en algún momento, nos ha dado vergüenza o nos ha costado desinhibirnos para acometer ciertas posiciones o meternos ciertas cosas en la boca… Sin embargo, a menudo, cuando se exige el fundido a negro se debe a problemas de inseguridad (complejos derivados de que no nos gusta nuestro cuerpo, por razones varias: exceso o defecto de peso, celulitis, pechos caídos, michelines, etc.), de timidez (nos apetece tener una relación sexual, pero nos cuesta dejar que nadie nos vea desnudos o la cara que ponemos al excitarnos), etc.

Soluciones: las luces indirectas -vale la rendija de luz que entra desde el pasillo-, las velas –al principio, hasta que se acostumbra la retina, cuesta ver algo, pero al instante alumbran lo justo y necesario-. Ante la posibilidad de elegir, mejor los tonos de bombilla rojo o anaranjado, por su calidez y porque favorecen. A medida que las inhibiciones se disipan, que nadie se engañe: a nostras también nos encanta mirar…