San Valentín

Les besaría a todos y cada uno de ustedes. Es nuestro primer San Valentín juntos, y una no es de piedra (¿o sí?). No tengo una relación así de larga hace por lo menos… -uff-. Y ésta, la nuestra, me parece perfecta: a las mujeres nos encanta que nos escuchen y, a mí, lo que más me pone es que me lean; admito que he llegado a fijarme en alguno sólo porque se sabía frases mías de memoria –y porque era alto y cachas, que yo para lo mío soy muy de pastelería de barrio: “Un croissant gigante para mojar, por favor”-.

ORIGEN

El 14 de febrero se celebra el Día de los enamorados, onomástica que se dedica a San Valentín. Extendida al resto del mundo como la fiesta de Halloween o la figura de Santa Klaus, el origen de esa festividad en la que los enamorados, sean novios, pareja de hecho o sólo de lecho, o casados por la vía civil o sacramental, se expresan su amor, es anglosajón. Simbolizada por corazones rojos e imágenes de Cupido (dios del Amor para los romanos; en Grecia denominado Eros), en sus inicios se celebraba enviando tarjetas especiales, “valentines”, sustituidas o acompañadas ahora de presentes diversos y ramos de flores para quien más queremos.

San Valentín invita a reflexionar acerca de la importancia que le damos en nuestra vida a la pareja. Y en función de esto, y de otras variables, escogemos el tipo de celebración y el regalo. Regalar es todo un arte. Un arte empírico y que debería basarse en la observación de la otra persona (y en escucharla, por supuesto). Llenos de buenas intenciones y de bienintencionadísimos deseos, nos echamos a las calles o a la red, y ¡hala, a gastar! Que aciertas, tu vida mejora; que la cagas, tu vida puede convertirse en un infierno (si tu pareja es una bestia ingrata y maleducada que rechaza o desprecia el detalle, siempre cabe alegar eso de “por lo menos, me he acordado”). Hay quien opta por sorprender. Personalmente odio todas las sorpresas -incluso las que te presentan como “buenas”- y abogo más por prestar atención a quien vaya a ser el destinatario del regalo. El cantante Seal se declaró a la top model Heidi Klum en un iglú que mandó construir encima de un glacial a catorce mil pies de altura. No es algo al alcance de todos los bolsillos. Considerando el presupuesto, se debería considerar la disponibilidad horaria de la pareja, sus gustos y hobbies… Las filias y fobias son factores muy a tener en cuenta pero, si me lo permiten, les sugiero actuar con cierto egoísmo y que la elección del regalo les incluya en su uso y disfrute. Un anillo, un abrigazo, una bufanda, un libro (sea en papel de toda la vida o en la versión i-Book), etc., siendo maravillosos, no son para compartir. Hay otras ideas que sí nos hacen partícipes: la lencería, los bombones, los juguetes eróticos, el perfume… aseguran que nos llevamos una parte… Además de “cosas” podemos regalar experiencias: una escapada a alguna de las ciudades que siempre quiso conocer o que a ambos les trae recuerdos agradables; reservar en un hotel una habitación temáticas: decorada con velas, pétalos de rosa y hasta con jacuzzi; un fin de semana de enología y cata de vinos o una estancia en un Parador con visita de la zona; un masaje para dos, con bombones y cava; una cena romántica en un restaurante bonito; unas entradas para el teatro, un musical o una película… En estas semanas me han bombardeado con mil y una propuestas “para dos”. La fiebre consumista que nos invade por San Valentín, orquestada por los cabecillas de los departamentos de marketing de las grandes cadenas comerciales, responde a su afán de procurar la compra masiva de regalos que equilibre un poco los balances.

Hace poco he leído –no sé dónde ni cuándo- que en El Día de los Enamorados, igual que en las noches de luna llena y en las fechas navideñas, se disparan las cifras de intento de suicidio y de muerte (porque obviamente los hay que tienen “éxito” y terminan lo que empiezan…). La depresión que provoca el sentimiento de soledad, de fracaso en la búsqueda de pareja, el “no tener un amor” o que éste no sea correspondido, empuja a muchas personas hacia una espiral de tristeza y de sentimiento de abandono similar al que se experimenta por soledad cuando, llegada la Nochebuena, te ves cenando en casa, a solas, un par de huevos fritos (eso mismo te da igual que suceda un jueves cualquiera, pero no si ese jueves es 24 de diciembre, no sé si me explico…). Si es su perspectiva, no se dejen llevar por la autocompasión… Este año el día de marras espero que me dé bastante igual –ya rezo por ello hace más de un mes-, a pesar de haber mojado en tequila unos billetes de avión hacia Ninguna Parte… pero he tenido Días de los Enamorados muy tiernos; recuerdo que cuando estaba en COU el chico con el que salía me estaba esperando a la puerta del colegio de monjas con un ramo de rosas (¡mi primer ramo de rosas, y sin tirármelo ni nada de nada! ¡Qué tiempos aquellos!). Afortunadamente, no me pilló ya vestida de uniforme con ese pichi horrendo de color gris y llevando zapatos planos con calcetines… Pero no se crean que todo es edulcorado y rosa en mi cada vez más extenso pasado. He vivido catorces de febrero sola en casa, sin una llamada de teléfono; y otros, teniendo una pareja, pero jugando los dos a ser súper modernos y alternativos y a eso de “no nos importa nada esta fecha y por ello, ni se menciona ni se celebra”. ¿Se puede ser más idiota? –me refiero a ambos dos, por supuesto-. Los he vivido llena de culpabilidad y sintiéndome una hipócrita por estar donde y con quien no quería, y echando de menos a quien no podía ni nombrar… Y hubo también alguna cena de San Valentín en las que sentía que, con cada tenedor que me metía en la boca, lo que tragaba me sabía a estopa y cristales (era bien consciente de que mi regalo era una hermosa tiara de dolorosos cuernos), y la luz tenue sólo servía para que no se vieran mis lágrimas cayendo despacito, derritiendo surcos de un maquillaje que no disimulaba la pena ni la humillación, y que no me protegía de la envidia que sentía viendo, en otras mesas, a otras parejas comiéndose a besos o con los ojos… Lo dejo aquí, que ya estoy hartita estoy de mirarme el ombligo.

 

Aquí les dejo unas ideas de DILDOS ASSORTED para (auto)regalar:

1. COFRE TERNURA Y PASIÓN que contiene aceite de masaje para dos, polvos de caricias, pluma para hacer cosquillas, etc. Todo en una bonita caja y con envases cuidados. Precio 65,50 €.

2. OIL OF PASSION. Estos aceites de masaje están creados para brindar y potenciar sensaciones en las zonas erógenas del hombre y la mujer. Los hay de piña, fresa, plátano, canela, etc. Precio 12,25 € c/u.

3. ORAL PLEASURE GLOSS. Descubre lo último en el arte del placer oral. Aplica el brillo en los labios de tu amante y experimenta la satisfacción de dar y recibir. Sabor fresa y champagne. Precio 19,25€.

4. BODY PAINT: Pintura corporal con sabores a chocolate, chocolate blanco y fresa/cava. Precio 16,25 €.

Que disfruten de su día o que se les pase pronto. Y si quieren ir adelantando los disfraces de Carnaval, vean algunas ofertas.