El Geyperman, la novia y la amante

Empiezo a pensar que esta especie de maldición bíblica que los meteorólogos denominan ciclogénesis explosiva me impide escribir (porque aquel supuesto fin del mundo anunciado para diciembre, no fue más que un susto del Todo a 100). O será la pereza. O la resaca. O que he comprendido que mientras tecleo, no vivo… Lo que no me impide hacer instalaciones con muñecos y hacer unas fotos pésimas (como la que utilizo hoy en este post). Claro que, si vivir significa afrontar en mis propias carnes situaciones como algunas que me suceden o que me relatan recientemente, quizá no sea tan mala idea que vuelva a encerrarme en mi Torre de Babel…

No va conmigo hacerme la misteriosa, por lo que les voy a explicar exactamente a qué me refiero. Lo que no sé es desde cuál de los tres puntos de vista posibles me resulta más interesante… Personalmente, he puesto cuernos. Me han puesto los cuernos. Y he sido la “tercera en discordia”. Podría empatizar con cualquiera de las tres partes. Como quien me ha referido la historia es “la amante”, lo desarrollaré desde ese ángulo porque, para variar, me hace más gracia.

Imaginen a un Geyperman, un hombretón cachas, recachas, de esos que participan en los ironman, que corren maratones, y ganan dinero como modelos en desfiles de calzoncillos… Un metro noventa y pico de testosterona con venas hinchadas y ojos azules como el mar de Creta. Un homínido de los que a todas y a muchos nos gustan. Este prototipo mejorado de Macho Alfa es perfecto. Y tiene su novia, también perfecta. La Princesa del cuento: rubia, alta, flaca… Aunque según él también se apellida “muy pesada y controladora”. Son la pareja perfecta, de no ser porque no son la pareja perfecta. Él se aburre hasta la desesperación. Y ella no le conoce y no sabe que tanta felicidad es mentira… Él se queja de que su novia en la cama tiene rigor mortis y es aburrida (porque  encima convive con él, lo que acarrea el tedio de organizar las cuestiones básicas: pagar las facturas y el alquiler, hacer la compra y echar gasolina…). Esto se traduce en que ese prototipo mejorado de la raza visita a otras mujeres de vez en cuando; es decir: toda vez que puede, porque la Princesa viaja y/o trabaja y no puede estar vigilándole. Lo que en un primer momento fue un “desliz” para él, ahora se ha convertido en su modus vivendi, en el “truco” que le permite aguantar la rutina, el bromuro de cualquier pareja.

Todos los que hemos tenido relaciones largas sabemos que si la pareja va bien la vida es un aburrimiento y, si va mal, es un infierno. Sin entrar en valoraciones morales, ni en códigos de compañerismo entre féminas (inexistente mientras que yo no lo vea), la fórmula de “compartir el bombón” hace aguas estés en el vértice que estés… Aunque sin duda el más favorecido sea el Geyperman quien, en su egoísmo, engaña a una y disfruta de ambas en pos de su “no me privo de nada”, y cuya mayor preocupación es borrar los mensajes que intercambia con la amante y no oler a ella cuando llega a su casa… De la novia sólo sabemos que es, probablemente, una ilusa que no sabe que su novio se tira a las que le da la gana, preferiblemente sin usar condón. Y la tercera en discordia, recibe a su Geyperman a domicilio y con suerte, el polvo raudo de una hora, le compensa. Pero a veces (he aquí, ¡por fin! lo que les iba a contar, que ya ven lo que me enrollo), resulta que el Geyperman llega a ver a la amante tan nervioso por el estrés de haberse “escapado” (o tan torturado por el sentimiento de culpabilidad), que eyacula antes de tiempo o no empalma (¡oh, Dios, el desastre!). Él abochornado, explica que, por gusto y para retenerle, la Barbie de hielo le “tiene exprimido” y se lo zumba a diario; o sucede que, atrezada con lencería de lujo y ya en la cama, tiene que aguantar que él conteste las llamadas y los whatsapps de la Princesa, malgastando en excusas para ella y en maldiciones contra la novia 35 de los 60 minutos de que disponía para retozar… Y es así, desnuda en su propia cama, alucinando por tener que escuchar a un hombre quejarse de la mierda de pareja que tiene mientras que la penetra, cuando se siente una puta y no una amante. Se traga los reproches pero gritaría que eso no es lo “pactado”. El clausulado general del gran contrato no firmado pero tácitamente aceptado entre Geyperman y La Amante se basa en un “yo no tengo derechos, yo no hago preguntas, tú vienes y me empotras con eficacia y desapareces hasta más ver” y en ninguna parte se ha establecido que haya derecho a contar penalidades, igual que no se puede ser violento, grosero o romper el mobiliario… Ambos obtienen y comparten un sexo que podemos definir como lúdico, recreativo, gratuito, no reproductivo, divertido y sin compromiso… “¿Pero aguantar a un tipo que reniega de que su novia es tal o hace cual mientras te la mete? ¡No!” -se quejaba La Amante-, porque eso es incumplimiento de los derechos y obligaciones. Ése es el papel que desde tiempos inmemoriales realizan muchas de las profesionales de sexo de pago: soportar, tacones mirando al techo, a uno que les suda encima mientras reniega de su parienta. Para aguantar esto, mejor cobrar el polvo… O echarse novio.