Inocencia

Quiero aprovechar el día de los inocentes para hablar de una cualidad que casi siempre se le asocia a este adjetivo: virginidad. Estoy chistosa hoy, fíjense, quizá consecuencia de que a mí la Navidad me provoca más ganas de pecar que nunca… Y ando revuelta, ya les aviso.

A nivel conceptual, para definir a alguien como “virgen”, seamos conscuentes: ¿importa la inocencia, la inexperiencia o que ese orificio concreto, la vagina, no haya sido usado? ¿Consideramos más “pura” a una adolescente que dedica el recreo a regalar felaciones a sus compañeros de clase pero no ha estrenado la vagina que a otra que, enamoradísima hasta las trancas, ha experimentado la penetración en dos ocasiones? Porque, es vox populi que, durante siglos, muchas han mantenido y mantienen relaciones sexuales completas, sólo que por vía anal, para evitar embarazos y preservar el himen intacto hasta su matrimonio. ¿A pesar de haber hecho de todo (besos, caricias, sexo oral y penetración anal), son “vírgenes”? Pues, técnicamente sí. La primera penetración vaginal marca la pérdida de la virginidad (ojito que hasta la expresión connota gravedad y negatividad).

Aunque Nacho Vidal me perjuraba que es incapaz de recordar la primera relación sexual que mantuvo, pocos la olvidamos; unos por maravillosa, otros por caótica, siempre rebosante de anécdotas, de meteduras de pata, de nervios, de ansiedad anticipatoria… Y es que, por definición, en esa especial ocasión faltan conocimiento y práctica, los dos pilares que determinan la buena realización de una conducta. Así son las primeras veces, ¿o es que nadie se ha comido en un japonés el montoncito de wassabi, ha encogido la colada o se ha olvidado en la impresora común (¡y preconfigurada!) ese folio privado y bochornoso?

Y hablando de momento de bochorno y de chiste, dejen que en este post, recoja la manera de perder la virginidad explicada en primera persona por Celia Blanco (aka Cecilia Gessa, ahora novia de Carlos Bardem). En una suerte de autobiografía coescrita junto con el periodista Guillermo Hernáiz, titulado “Secretos de una pornostar” (Ediciones B), Celia Blanco narra que no había cumplido los quince cuando, en la casa de sus amigos okupas, puesta de tripis, etc., quiso perder su virginidad con uno de ellos, de veintitrés: <<Nos tumbamos en su cama, yo encima de él… cogí su miembro con decisión, como si lo hubiera hecho más veces y yo misma me lo introduje suavemente. Fue una sensación increíble. Me corrí varias veces. […] Pero lo más fuerte y divertido de todo esto es que después de acostarme esa madrugada con aquel morenazo, ¡yo seguía siendo virgen! Sí, fue todo pura y dura penetración anal y ni él ni yo nos dimos cuenta en el fragor del momento. Increíble pero cierto. […] Así que lo que se dice el virgo, el himen, la virginidad oficial vamos, la perdí un poco más adelante y curiosamente no resultó una experiencia tan agradable>>. Y no se trata de ninguna una inocentada. Igual pretendía ganarse el Premio Planeta con una prosa tan “fresca” -un galardón muy apetecible a pesar de que no tiene forma de pene-.

Curiosamente, las cotizadísimas y sacrosantas virtudes de pureza y castidad, sólo son exigibles a las homo menstruans (que nadie pierda su tiempo googleando esto). Durante milenios ha sido como si nosotras naciéramos “precintadas” por el dichoso himen y “estrenarnos” ha revestido una enorme trascendencia personal y social; se nos ha inculcado el deber de preservarlo y de entregárselo sólo al “elegido”, de saber esperar (pero no a recibir lindezas como “calientapollas” porque has aprendido a “dosificarte” o prefieres ir despacio). Sin duda, se ata más fuerte a alguien amenzándolo con el pecado y la repudia que poniéndole grilletes. Aún hoy, la sociedad judeocristiana valora la virginidad prenupcial femenina y en según que etnias y para según qué credos, la rotura del himen previa a la boda acarrea consecuencias gravísimas en tanto que la del frenillo -que sería el equivalente masculino- es irrelevante. Más de uno se ha iniciado con una prostituta, animado y hasta empujado por sus familiares, pero juro que no he leído nada acerca de llevar a una joven a que aprenda a hacer el carrete con un guaperas…

HAY QUE SABER

  • Que muchas mujeres nacen sin himen (membrana que recubre la entrada de la vagina) y que, teniéndolo, no todos son iguales. La penetración será más dificultosa cuando el himen es imperforado, obturado o de varios pliegues que si es flexible o se ha desgarrado gradualmente.
  • Que la eliminación del himen, o su perforación y dilatación, puede ser accidental (golpes, deportes con fricción genital) o por masturbación e introducción de objetos (tampones, o dedos y vibradores), etc.
  • Que la primera vez no siempre duele ni se sangra; si se está excitada y relajada, la molestia será mínima. La tensión impide la lubricación y hace que los músculos vaginales se contraigan.
  • Que es falso que el himen proteja de embarazos. No es un anticonceptivo.
  • Que la primera vez, como todas, tiene riesgo de contagios (sida y VIH, VPH, hepatitis, ETS e ITS, etc.). Debe utilizarse un preservativo.

HIMENOPLASTIA

La presión que se imprime a muchas mujeres, especialmente musulmanas y gitanas, desde sus núcleos sociales y familiares, las impulsa a reconstruirse quirúgicamente el himen, para aparentar que siguen siendo vírgenes. La operación se denomina himenoplastia (heredera del “hacer virgos” de la Celestina), cuesta unos tres mil euros y se está poniendo de moda entre según qué estratos sociales: señoras que se casan en segundas nupcias o que regalan a sus esposos una segunda “primera vez” o prostitutas que trafican con el preciado trocito de piel. Huelga decir que el resultado es para un único uso.

INFIBULACIÓN

La mutilación genital femenina es un delito. Sin embargo, esta atrocidad aún se realiza en determinados países africanos para controlar a la mujer privándola de su libertad sexual ya desde la infancia. Hay tres tipos de ablación; la más grave consiste en cortarle a la niña los labios mayores, los menores y el clítoris sin anestesia, y coséserlos con una aguja de acacia, cerrando permanentemente la vagina (tras el matrimonio o para el parto, le abren la vulva con un cuchillo). Además de infecciones crónicas, o incluso mortales, jamás experimentará placer sexual, la menstruación durará dos semanas y, cada vez que orine sufrirá dolor.

YELI

Una arraigada costumbre gitana es la ceremonia del yeli. Se desarrolla durante el casamiento y sirve para verificar la virginidad de la novia. La ajuntaora, rodeada de mujeres de las dos familias, coloca a la chica sobre una sábana blanca y comprueba su “pureza” envolviendo una navaja en un pañuelo e introduciéndoselo por la vagina. Si la sábana no se mancha, el novio puede rechazarla. ¿Degradante o vestigio cultural?

MIZUAGE

Algo lejano geográfica y temporalmente, el rito del mizuage consiste en la subasta del himen de una maiko, la aprendiz de geisha, promovida por su madre de adopción entre acaudalados empresarios dispuestos a pagar una fortuna por desvirgarla.

Feliz 2013.