Cirugía mamaria II

El aumento de mamas ocupa el top de las cirugías de Estética más demandadas en España. Sin duda, se trata de la operación más gratificante por su alta seguridad y porque el resultado es prácticamente inmediato. El grado de satisfacción se valora por la ausencia de cicatrices, la simetría y la armonía respecto del cuerpo (volumen del tórax y altura).

Entre las operadas, las frases más frecuentes son: “estoy encantada” y “si lo sé me opero antes”. En efecto, a pesar de que existe una (bajísima) tasa de posibles riesgos, el 98% de las mujeres que se opera para ponerse pecho no sólo están satisfechas sino que recomiendan a sus amigas que se lo hagan y ellas mismas estarían dispuestas a repetir la experiencia: por algo será… Pues porque paralela y simultáneamente al crecimiento del busto, todas experimentan un aumento de la autoestima casi milagroso, les cambia el carácter “a mejor”: son más alegres, entusiastas, positivas… y ello se traduce en una mejora de su vida en general. Esa energía renovada y la seguridad en sí misma que irradia una persona que ya, no sólo no sufre un complejo sino que se ve más guapa y deseable, se traduce en una mejor actitud en su entorno laboral y en un relanzamiento de su vida social, y sexual, por supuesto. Si es o no un error de base que alguien pueda ser más feliz sólo por tener un buen par de tetas no se cuestiona. Puede que haya quien lo considere aberrante o narcisista, que se tilde de superficial, de banal, o incluso de machista a esta práctica, pero que la mujer operada se beneficia de todo lo dicho una vez la copa de su sostén aumenta, es una verdad constatada por ellas mismas, por sus médicos, por sus parejas y por sus allegados.

MODA: ESPEJISMO Y TIRANÍA. ADICCIÓN A LA CIRUGÍA

Lo que es “tendencia” viene definido por el chaparrón de imágenes mostrado por editoriales, catálogos y películas que conforman la iconografía popular en determinado momento. Aquello que los medios nos presentan como sexy o chic, se convierte en modelo aspiracional, e influye en todos nosotros, educándonos estéticamente e inculcándonos que busquemos parecernos a esos modelos “perfectos” e impuestos –a saber con qué criterio- a los que tenemos que asemejarnos. Incuestionablemente, el arte, la moda, la publicidad, etc., ejercen un condicionamiento enorme a la hora de determinar la imperiosa supuesta “necesidad” de alterar lo que la naturaleza nos ha dado. (Por cierto: ¿nadie recuerda que la publicidad es el arte de vender? Falsamente identifican juventud y éxito. Prometen una felicidad imposible a través de cuerpos excepcionales… Pero que la juventud se pasa, que tendemos a engordar y que la piel tersa se aja no da tiempo a explicarlo en los 20 segundos que dura el spot…). Simultánea y subliminalmente se nos inocula más de una necesidad: amén de comprar el producto o servicio anunciado, se juega a grabar en nuestra psique una cultura estética que, si no sabemos cómo controlarla, nos tiraniza y nos confunde. Miles de personas recurren a un cirujano en busca de algo que la cirugía no resuelve. Inútilmente, pretendemos solventar con cánulas y prótesis profundos traumas emocionales (no físicos) y colmar ciertas insatisfacciones que no se saciarían ni con litros de colágeno… Y lo que es más significativo: cada vez es más frecuente la adicción a la cirugía. Causada por un síndrome denominado dismorfobia, consiste en la dificultad que tienen algunos individuos para lograr la aceptación de la propia imagen y se traduce en la eterna insatisfacción con el aspecto físico. El enfermo sufre un rechazo crónico por su cara o su cuerpo que le impulsa a operarse una y otra vez, incapaz de detenerse y de “verse bien”. Se suma a la tanorexia, la ortorexia, la vigorexia o la anorexia, en el ránking de males modernos.

Otro dato comprobado: casi todos los pacientes intervenidos, repiten. Uno se hace su “primera” operación a la que, muy probablemente, seguirán otras (muy similar al cuelgue por los tattoos, que tras el primero, se abre la veda para grafitearse la piel). En el caso de la cirugía, se reincide por culpa de (o gracias a) la anestesia. Sí, señores, la total ausencia de dolor y las escasísimas molestias, junto a la inmediatez de la mejora -resultados obtenidos en días o semanas-, provocan la predisposición a sucesivos arreglos. Uno de los cirujanos que entrevisté para Historias de Amor y Cirugía (es lo que tiene no bajarse los libros de internet…) de modo unánime, afirmaba: “El paciente de cirugía atesora un recuerdo positivo de la intervención y queda predispuesto a seguir operándose en un plazo corto y medio”.

Sin embargo, respecto de los pechos, deberíamos manejar al menos dos considerandos. El primero, y vital, es que los gustos evolucionan a lo largo del tiempo y que la última palabra, por encima de lo que se imponga como “in” aquí y ahora, debería tenerla la paciente –pensando no sólo en su circunstancia vital actual, sino en el futuro-. La elección de un tamaño u otro de prótesis es crucial porque con ellas ha de convivir (trabajar, hacer deporte, dormir, etc.) toda su vida. Además de la parte estética, hay que valorar la comodidad y la funcionalidad (se trata de modificar un órgano, no de cambiarse los pendientes). Otro considerando alude a la ética y al sentido común del cirujano quien, junto con la paciente –que es quien decide-, ha de trabajar y asesorar para la consecución del resultado más satisfactorio. El rol del cirujano es clave. Muchos “profesionales”, con tal de hacer caja, aceptan cualquier pretensión, por descabellada o peligrosa que sea. En vez de declinarlas, practican cirugías con resultados tremebundos y antiestéticos. Los hay que deforman a la paciente de por vida alegando: “si no la opero yo, la operará otro”, conculcando todas las reglas de la belleza y de la proporción, haciendo la vista gorda ante patologías mentales y hasta ignorando la minoría de edad de la chica.

Lo cierto es que desde tiempos remotos, la ornamentación del cuerpo ha buscado la exaltación de los valores estéticos de todo momento histórico y cultural. Cada raza posee su propio concepto de belleza que sufre mutaciones con la idiosincrasia y filosofía de cada época. Además, cada ser humano tiene su propio concepto de acuerdo a su temperamento, formación y sensibilidad, determinado por su forma particular de concebir y sentir el mundo, de razonar y de juzgar. Entre otras definiciones, la belleza puede ser entendida como el estado armónico de equilibrio entre el yo físico y el yo psíquico.