Pagafantas 2.0

Pensaba hoy escribir acerca lo contenta que me pone la resolución del Tribunal Constitucional dictada ayer, rechazando el recurso planteado hace siete años por el PP contra la Ley que aprobó Zapatero legalizando el matrimonio homosexual. Amenazo con seguir celebrando el fallo, así que lo voy a dejar para mejor ocasión…

No sé si les he contado ya que me interesa mucho el género humano, y que salgo bastante; por eso, voy detectando cietos cambios evolutivos. Soy muy de analizarlo todo y, hoy, les invito a que hablemos de la nueva generación de maridos, los Pagafantas 2.0. Dejen que les aclare el concepto: se trata de los maridos que lo pagan todo y que son cornudos consentidores (lo corriente hasta hace poco era que la Mantenida llevara una osamenta considerable y que callara y otorgara, porque no podía darse el lujo de tener dignidad). Por Pagafantas 2.0 me refiero a esos señores que mantienen a la familia y que encima “tragan” porque la opción “digna” les sale carísima: si tiran de la manta y se divorcian, las cuentas no salen.

Piensen en voz baja y razonen conmigo, considerando siempre que cualquier parecido con historias que a ustedes les suenen, es pura coincidencia. “Basado en rumores reales” suele decir Mr Big

Imaginen a un marido de los de toda la vida, un buen chaval, currante donde los haya, ése que ha hecho carrera y se ha casado con la clásica garrula, la chochona del pueblo que no ha terminado ni el BUP y que no ha trabajado en su vida, ésa de quien su propia madre sólo puede sentir orgullo porque “se ha casado bien”. El Pagafantas y la Mantenida son nuestros dos personajes principales. Entre ambos han tenido vástagos. Ella en casa (o en pilates, en la pelu o de compras…); y él, llueva o nieve, cada mañana inaugura el tráfico urbano para ir a ganarse el pan propio y el de toda la familia (entendamos “pan” como entendemos “alimentos” en el Código Civil, en sentido amplio). Él lo suministra todo. Él lo paga todo. Y ese “todo” incluye el total sostenimiento de la unidad familiar y del hogar (facturas de consumos, colegios de los niños, medicamentos, actividades extraescolares, ortodoncias, viajes, etc.) pero también “lo otro”, los “extras”, los detalles, los regalos, las atenciones: él paga desde los taconazos y los bolsos de marca, a los implantes de silicona que se ha colocado la doña, sus blanqueamientos dentales, sus chutes de bótox y las extensiones de pelo sin las que “no se ve”, y le entrega efectivo y autoriza tarjetas de crédito para que ésta derroche invitando aquí y allá cuando sale sin él (lo que no implica que salga sola…).

Y esa simbiosis se ve arrasada y se convierte en un parasitismo infernal cuando un buen día, el pobre Pagafantas descubre que, menos él, todo Madrid conoce al Novio de su mujer. Porque la Mantenida, con dos ovarios y sin saber leer, resulta que además de un marido tiene un Novio… Y todo su mundo, el del Pagafantas, se va a tomar por el mismísimo… sumidero. Y se hunde, y llora, y sale de casa unas semanas para “aclararse” y entonces… Sentadito en ese infierno donde arde con la calefacción puesta a todo gas, hace cuentas. Y las cuentas le salen ahora menos que nunca, claro. Porque él es un Pagafantas, pero no es lerdo del todo, claro. Recuerden: ha sacado una carrera, tiene un buen trabajo, gana dinero… Y ahora, si hace lo que le piden la sociedad y sus entrañas, todo el chiringuito se le desmonta: si se divorcia, el Pagafantas sería un Pagafantas, pero encima gritando solo en el destierro. Se tendría que ir de casa dejándosela a la zorra que le ha engañado y traicionado con alevosía y a plena luz del día (la nocturnidad sería casi de agradecer, ya que atenúa el bochorno de saber que todo el mundo sabía de sus cuernos, desde sus familiares políticos a las “amistades” de la Mantenida que, o accedían a encubrirla o caían difamadas, apartadas y olvidadas…). Se le abren las carnes al darse cuenta de que, durante meses, ha salido a cenar con la Mantenida y su Novio, que ha hecho un trío sin saber que lo hacía, que ha estado sujetando un gintonic en el salón de una fiesta de cumpleaños mientras ella se comía la p*** del niñato en el dormitorio de la anfitriona, a sabiendas de todo el mundo… excepto él; que la Mantenida quedaba con el Niñato y que él ha estado meses brindado y posando con cara de gilipollas abrazado al amante de su mujer para ese inmenso cutre-photocall que es facebook… Suda, llora y se marea de pensarlo. Ya dicen que el cornudo siempre se entera el último… Daños emocionales y morales y de imagen y familiares aparte, llegan las demás consideraciones. Si se divorcia, ha de pasar pensiones (compensatoria a ella y alimenticias a unos hijos que no van a vivir con él, y a los que no podrá ver tanto como querría); va a retorcerse pensando que en vez de conducir su maravilloso coche, éste transportará a la mantenida y al niñato de turno con el que se acueste esa semana… Y el Pagafantas sacude la cabeza con un contundente y triste “no”.

A tragar y a mirar para otro lado tocan. Nada de divorcio. Siguen ca(n)sados. Saborea el edulcorado ambiente que produce el ultimátum (breve como una saliva en una plancha y que dura lo que él tarde en ausentarse dos días y ella no pueda estar sin tirarse a otro…). Y ambos juegan: él a no acordarse de que no es el primer ultimátum que ha dado, porque ya se vio obligado a plantear otros anteriormente, y sirvieron de nada y menos… Y ella se revela como posible estrella de la política: jura, con lágrimas en los ojos, que no volverá a tirarse a ningún otro… (Y lo hace con facilidad y con lágrimas reales, porque lo que le ha sucedido a la Mantenida durante esas semanas que clavó la bandera de “libre” mientras el marido se había ido de casa a lamerse las heridas y a pensar, es que su Novio, el niñato de turno, ha probado ser un revientabragas que nunca la quiso y que cuando la supo “disponible”, salió por patas). Y ambos, Pagafantas y Mantenida, acuerdan que se quedan juntos en esa casa con piscina, barbacoa y jardín, cuya hipoteca paga él (y que de tramitar la ruptura abogados mediante, él no podría disfrutar); y él sigue teniendo sus cosas en su sitio y desayunado cada día con sus hijos. Y como, repito, no es tonto, ya sabe el zorrón que tiene por esposa, y se autoengaña con ayuda de las mentiras sin alma que escupe la Mantenida, que está acojonada de pensar que no puede perder al único dispuesto a cargar con ella y a pagárselo todo (y menos ahora que ha comprobado que los tíos la ven como un despojo y que ninguno quiere esa mochila de los hijos…). Y el Pagafantas 2.0 poco a poco empieza a hacer “su vida”, la misma que hacía su esposa la Mantenida, sólo que con más discreción. Porque opciones tienemos todos y como digo yo siempre: tener es poder. Y el Pagafantas 2.0 además de cuernos y de tragaderas, tiene dinero.