No

El tema del “no” me lo ha recordado Amaia Montero, que la ha liado bien parda por publicar una frase en su twitter.  El polémico post por el que se echaron sobre ella malintencionados demagogos era:

“A veces cuando las mujeres dicen “no”, solo quieren ver de lo que serias capaz de hacer por ellas”. Respeto sus faltas de ortografía, Dios me libre a mí de enmendar a la ex Oreja.

El caso es que ante la tormenta que desató, y que yo encuentro absurda, sólo se le ocurre acabar de cagarla con un toque de soberbia. Respecto de ese silogismo sí que me atrevo a criticarla, incluso a corregirla: es falso que todos los que te critican te admiren. Y más incierto es que quieran ser como tú. Te lo digo por experiencia… Pero vamos, querida Amaia, que si tu coach te predica esas enseñanzas, yo me callo…

Desde hace poco, supongo que para ir enterrando con kilo-bites el lío que acabo de explicarles, cada día, la cantante escribe en su red social como tres mil millones de entradas, muchas sacadas -quien dice sacadas dice copiadas- del pie de página de agendas y dietarios, otras son de libros, de canciones, de versos… Ideas y pensamientos muy new wave, muy románticas, muy bonitas, en realidad, y más si te las imaginas cantadas con esa voz que ella tiene.

No encuentro justa semejante ciber-crucifixión, lo digo de verdad. No es un “las leyes son como las mujeres, están para ser violadas” que dijo un gilipollas de cuyo nombre no quiero acordarme… No, queridos lectores… Su tuit era un guiño hacia la vieja escuela que todas echamos de menos (hablo de todas las que por fortuna, tuvimos una educación, no hablo de las poligoneras que, desde que cumplen los doce años, regalan felaciones a gorilas tuneados y acnéicos, en un aparte del botellón). Antes los hombres eran caballeros y las mujeres eran damas. Ellos, eran capaces de detalles tan bonitos que me emociono cuando los recuerdo. Y no me refiero a grandes alardes, ni a regalos carísimos… No. Hablo de lo que habla Amaia: de demostrarte que les importas, y ahí, cada cual actuaba con su ingenio y su estrategia… Si al cazador genético que es el hombre se lo complicas un poco -le dices algún “no”-, la cacería resulta una experiencia fascinante para ambas partes. El juego es precioso.

Y ahora, centro el tema.

¿“No” significa siempre “No”?

Hay un “no” rotundo, absoluto, diáfano e incuestionable. Todos lo entendemos meridianamente. No hablamos ahora de este tipo de “no”. A ese “no” al que se agarran los polemistas para invocar las órdenes de alejamiento conculcadas, los crímenes de género y todo tipo de vejaciones y de agresiones. No hablamos de ese “no”, repito, ¿queda claro?

¿Por qué “ellas” dicen que “no” si luego resulta que “sí”? A ver… Unas veces será por aburrimiento. Sí, es cierto que en ocasiones el asedio termina dando fruto. Otras, por puro instinto: si os retiramos la mano o esquivamos caricias dirigidas a los genitales en un momento concreto y al cuarto de hora os damos acceso, se debe, generalmente, a que en ese segundo instante, ya estamos lo bastante excitadas como para desearlas y recibirlas. Anteriormente ya he hecho referencia a la respuesta sexual humana, al abismo que suele haber entre los tempos de excitación de hombre y mujer. Si vas demasiado deprisa puedes encontrarte un “no” que esconde en la estructura profunda de la frase la palabra “todavía” y que viene a ser: “aún no, pero sigue”.

¿Cuándo un “no” no es “no”? En los juegos sadomasoquistas y de rol. En este tipo de prácticas donde el dolor se involucra como un elemento crucial, debemos acordar una palabra clave que ambas partes respeten. Ello sirve para orientar a quien está siendo activo, que bien podría confundirse ya que los gemidos, alaridos, contracciones del cuerpo, etc. con los que reaccionamos al placer son idénticos a los que nos produce el martirio. Aquí, por descontado, además de cierto sentido común, se exige plena confianza en la pareja.

Otra manifestación del “no” es la que se produce cuando, entrados en materia, algo falla y uno de los dos, decide que ya basta y que no desea seguir. Quede claro que el sexo es algo que se experimenta libremente y que, una demostración de dicho albedrío es la de dejarlo en el instante que nos sintamos mal, contrariados, incómodos, aburridos, desesperados, decepcionados, con la libido por los suelos, con mareos, con remordimientos… No importa lo lejos que las cosas hayan ido o estén yendo en ese mismísimo instante que, si ella o él han tenido suficiente, has de respetarlo. En el caso de que sea ella quien no quiere “más”, lo razone o no, y causado por el motivo que sea, por el hecho de que el hombre tenga más fuerza –y muchas ganas-, no debe imponer el coito –insisto y lo recalco: aunque esté devorándole el pene en ese mismo momento, si ella dice en serio que basta, se debe parar-.

Sean malos.