Oops… I Did It Again

Anoche llegué de viaje y escribo esto apurando las horas del plazo de entrega de una historia, mientras deshago la maleta. Mejor dicho: la que se deshace soy yo mientras saco la ropa y me asaltan los recuerdos. Me da una pena tremenda pensar que el detergente aliándose con el centrifugado sellarán con el rótulo de “game over” esos días de felicidad, de tranquilidad, de no hacer nada sino charlar, rodeada de amigos y ajena a las taquicardias… A puñados agarro los bañadores que me acompañaban los días de música, risas y ron en el barco; los pareos que me puse en esas playas con chiringuitos glamourosos donde hemos almorzado frente a un mar con parches de tres azules. Aparecen sin usar varios pares de taconazos a los que he exigido mi merecido descanso. Noto la textura del salitre acartonando los vestidos con los que recorrí sus mercadillos llenos de trastos usados, olor a incienso, de prendas hippies y de bellezas de todas las edades y etnias, con rastas y piercings, clamando “namaste” y hablando de chakras…

Vacía ya la maleta, corto de las asas las etiquetas que colocaron en Ibiza y recuerdo la despedida en el aeropuerto. Ese momento lo voy a compartir con ustedes, porque me saca una sonrisa teñida de nostalgia. Les hablaré del surfero tatuado que se me ha metido en el ojo y a quien me agarraba mientras facturaba el equipaje. Uno de esos que se comportan como quinceañeros sofisticados sin serlo… “Oops, I did it again”… -reconozco que puedo ser muy Britney Sprears-. Esta vez se trata de alguien que practica deportes extremos y posee todos los gadgets electrónicos que se hayan fabricado. Uno que lleva un monopatín dentro de su BMW, fuma “plantas” y bebe Desperado a ritmo de una música que se me enreda… Uno que convive con su perra y con el insomnio; que edita vídeos por la noche y a quien las sábanas le roban la mitad de cada día. Intenso y enfadado con el mundo, ha montado un altar en honor de la bola 8 del billar, la negra. Su cuerpo un museo de cicatrices y su corazón puras muescas de desastres por curar. Inestable como la nitroglicerina pero tierno como una gominola y con unos modales tan exquisitos que casi no los recordaba. Este chico peligroso, que no malo, me ha regalado un par de puestas de sol tan perfectas que merecerían fundamentar una religión en sí mismas, y varios mordiscos mecidos por las olas, y ese darme cuenta de que la mochila de lágrimas se la ha debido llevar alguna ola, porque de pronto ¡no está, no la llevo de lastre! Me ha regalado recuperar la sensación de que, estrujada contra él, nada en este mundo me apetecía tanto como revolver ese pelo suyo rizado y quemado, casi rubio del sol. No se preocupen que ya me centro… y respecto del artículo, también. Wilde, en sus obras de teatro ironizaba sobre ese romanticismo postizo con que bañamos el deseo. Él y otros afirmaron que <<estar enamorado es exagerar demasiado la diferencia entre la persona elegida y el resto de la Humanidad>>. No seré yo quien les contradiga porque, de modo innato o adquirido, parece que los humanos con frecuencia disfrazamos de enamoramiento lo que es puro instinto sexual.

Sin duda, el factor que determina la aniquilación del flechazo, aparte de un billete de avión, del fin del verano, de la llegada del amanecer…, es la intimidad. Es decir: la convivencia, que apareja compartir aspectos cotidianos y llegar a saber cómo es el otro. Sobre la intimidad escribe Osho en “Hombre y Mujer”: “A los amantes que mejor les va es a aquellos que no se conocen. Provocan las historias más románticas y hermosas… sin riñas ni peleas”. Y jamás llegan a averiguar que “ésta no es la mujer para mí ni yo soy el hombre para esta mujer”. Nunca alcanzan la suficiente intimidad para saber eso. Pero “por desgracia, la mayoría de los amantes llegan a casarse”. “Es el accidente más desdichado de la vida. Esto destruye toda la belleza; de lo contrario habrían sido Laila y Majnu, Romeo y Julieta, Tristán e Isolda, grandes amantes de la historia”. Pero, por supuesto, bien insiste Osho en que esos grandes amantes jamás vivieron juntos en un apartamento de un dormitorio…

Esta vez me quedo con las ganas… y con lo bueno: con la belleza de los paisajes y la intensidad de tener que exprimir cada minuto sabiendo, pensando, notando lo trágico de ser conscientes, ambos, de que no tiene futuro. Porque el futuro no es para nosotros, que no sabemos sino volar sobre las olas. Carpe diem y… amén.

Les dejo que tengo que tender la colada y mi enamoramiento para que se sequen mientras planeo mi siguiente puesta de sol.