Misionero I

Redescubramos a los clásicos. Si escribiera sobre moda aludiría al imprescindible traje de chaqueta en el fondo de cualquier vestidor que se precie, pero esto va de sexo y sale a la palestra, por fin, el misionero, el básico por excelencia. Por si alguien no lo recuerda, en esta postura ella permanece echada sobre su espalda, con las piernas abiertas y rodillas flexionadas, mientras él se coloca encima, boca abajo. Tradicionalmente no fue “censurada” por la religión, se trata de la posición sexual que impusieron los misioneros a los aborígenes de los Mares del Sur cuando los evangelizaron, horrorizados al comprobar que por aquellas latitudes, los indígenas preferían la penetración por detrás, sentados, o que la mujer se colocara encima. Además, es quizá la más practicada porque, si no es como “principal” y única, se utiliza como “tránsito” entre otras o como “comodín” cuando se han probado varias.

Pese a ser la más frecuente, tiene mala prensa y fama de aburrida (si se entiende el coito como un show circense, acrobático y más orientado a demostrar proezas físicas que a alcanzar el placer mediante sensaciones y sentimientos). Sin embargo, son innegables sus “valores”. En la postura del misionero el ángulo de la vagina propicia la entrada del pene y su permanencia dentro. Suele recomendarse cuando se busca el embarazo (tras la eyaculación, ella permanece echada sobre la espalda con las rodillas elevadas lo que facilita el acceso de los espermatozoides en el útero). El hecho de estar frente a frente, permite besar a la pareja, mirarla a los ojos, ver cómo se excita o las caras que pone según lo que se esté haciendo… Hay variantes: ella con sus piernas extendidas; o con los pies apoyados en la cama o agarrándolos por los tobillos, o con los gemelos sobre los hombros de él… El ángulo de penetración cambia si se utilizan almohadas o cojines para elevar la zona pélvica.

Él, estirado entre las piernas de ella, está al mando, controlando la penetración (tanto la profundidad, como la velocidad y el ángulo). Lo normal es que clave los codos a los lados de la cabeza de ella, y cargue todo el peso sobre los antebrazos y las rodillas; un esfuerzo físico agotador, al cabo de un rato, conste. Recuerdo vagamente haber leído en su día, en determinado fragmento de La Casa de Bernarda Alba, que la viuda asegura con nostalgia que no hay nada como sentir el peso de un hombre, y lo mucho que se llega a echar de menos… (no es literal). Que nadie dude de que la mayoría de las mujeres lo suscribimos; eso sí, él debe tener en cuenta que si no se sostiene a pulso, te puede asfixiar y aplastar y no hay peor cosa que temer por tu vida mientras echas un polvo… En caso de sobrepeso o de que él se deje caer, esta postura resulta incómoda e impide que ella mueva las caderas. Si él se coloca de rodillas para penetrar, además de liberarse de parte de su peso, dispone de las manos para abrazar, acariciar y mover a su pareja. Apunten.

Respecto de si se alcanza o no el orgasmo, o si es factible experimentar ese megamaravilloso orgasmo simutáneo que nos venden en las comedias románticas, dejen que les cuente lo que ya saben: que es harto improbable lograrlo con el misionero. He aquí, seguramente, la verdadera razón de que esta postura sea tan impopular: la insatisfacción sexual femenina practicando sexo “como mandan los misioneros”. Recuerden que la mujer necesita estimulación constante del clítoris; dado que él tiene que sujetarse, o es ella la que se autoestimula –y a muchas les da reparo o pereza…-, o ambos aguardan hasta que ella está extremadamente excitada para iniciar el coito (es decir: él no interrumpe la tarea: pasa del sexo oral o de la masturbación, a penetrar; lo cual no es fácil: hay que parar y colocar el preservativo, o estimular el pene porque ha perdido erección en ese rato…). Por otro lado, el Punto G se ubica a 3-5 centímetros de la entrada de la vagina, y es más fácil alcanzarlo con la mano que con el pene (o con éste, pero recordando dónde se halla… Y el glande no tiene ojos); para eso, la penetración ha de ser “superficial”, insertando el pene para alcanzar sólo el tercio externo de la vagina y retirándolo.

El misionero resulta descaconsejable si se está embarazada (la presión recae sobre el feto). Tampoco les facilita las cosas a quienes tienden a eyacular demasiado pronto, ya que les resultará difícil controlarse. Y dicho esto, añado que la colaboración de la mujer es crucial. Si ella contrae su musculatura PC, provoca mayor fricción del pene y, además de incrementar el placer de ambos, acelera la llegada de su propio orgasmo. También funciona ejercer un poco de presión justo sobre el Monte de Venus: <<para que el clítoris interno quede presionado entre ambos. Se puede hacer con la mano, llevando un corsé o metiendo tripa –aconseja Sylvia de Béjar-, y elevándote un poco, como haciendo un abdominal bajo>>. También podemos acariciarle la espalda, el trasero, el periné y el pecho.

Ay, ¡qué calor!

(sigue)