Engaño I

La palabra fidelidad, precisamente cuando no se vincula a los equipos de música, resuena con un eco propio. En el plano sentimental, la fidelidad implica no tener relaciones con nadie que no sea tu pareja. Pero ¿dónde colocamos el límite? Para muchos significa demostrar lealtad hacia alguien, respetándole (aunque se tenga sexo con terceros). Para otros, la cuestión es evitar el contacto físico con otras personas y, aquí, se necesita “acotar” las prácticas sexuales tolerables. “Besar y acariciar sí, pero f****r ya no…” me respondía un lector, por ejemplo; otro, muy “moderno” decía: “con mi pareja lo hago sin (condón) pero con las otras, me lo pongo”. Así definió la fidelidad este chico.

Una aventura puede ofrecer un escape temporal a los problemas de pareja o personales. Pueden revelar dónde está fallando la relación. Sin embargo, son frecuentemente candidatos a tenerlas quienes no saben cómo solucionar el problema: el affaire se convierte en una evasión, inmadura y hedonista… que puede conducir al abismo: hay quien se “aficiona” a poner cuernos y va perfeccionando su técnica hasta desarrollar un vicio (yo a esto me niego a llamarlo “arte”). Las demás consecuencias de estos “deslices” son archiconocidas: descubierto el engaño, cabe que provoque una ruptura y, en la inmensa mayoría de los casos, en la persona que ha sido engañada o traicionada, mucho dolor. Además, aunque suene paradójico, el infiel también padece lo suyo: <<Los que son fieles sólo conocen el lado trivial del amor: es el infiel quien sabe de sus tragedias>>, escribía Oscar Wilde.