Que (sólo) nos quiten lo bailao…

Hace semanas que recopilo en la mente anécdotas de ésas que me cuentan entre gintonics. Unas me interesan porque revelan urgencia de profilaxis y de educación sexual. Algunas, porque me sirven para reivindicar un poco de humanidad, que para echar un polvo hoy día tampoco hace falta romperle el corazón a nadie. Y otras, como la de hoy y otras que contaré en breve, porque claman al mismísimo heaven. Siempre digo a quien me quiera escuchar lo mal que están las calles, pero cada vez que algunos de mis trescientos íntimos me confiesan sus descalabros, me siento como si a mí no me pasara nada. Pero nada de nada.

La batallita de este post en concreto no lleva aditivos. Me reservo detalles que pudieran facilitar la identificación de quien me la contó y protagonizó. Reproduzco su testimonio 100%. La moraleja, ya se la adelanto: el concepto “seguridad” es muy amplio. Además de la necesidad de ponerse un condón, hay que tener mucho ojito con los objetos personales y las pertenencias.

Pregunto a uno de mis trescientos si va a salir esa noche. Me dice con tono apagado que no, que está muy depre. Me intereso por el motivo: “¿te encuentras mal o es que ha pasado algo?”. Al principio, intenta esquivar mis dardos, pero como sabe que no le va a servir de nada porque nunca me rindo. Me suelta: “No te lo vas a creer, es que me da hasta vergüenza contártelo…”, se empieza a abrir el maromo en cuestión, un pedazo de señor de 1,91 de altura, con unos brazos como troncos de árbol centenario. Se aclara la voz. Noto que se incorpora: “La otra noche, conocí a una tía. Nos liamos y acabamos en mi casa. Hicimos… Bueno, lo normal… Y cuando me he despertado, ella se había ido. Me ha quitado el teléfono y quinientos euros en efectivo”. Momento de silencio durante el que yo engullo la madeja de estopa y él otro pobre hace acopio de energía. “Ya no te puedes fiar de nadie… No tengo ni siquiera su número. No sé cómo se llama, porque sólo me dijo su nombre pero ahora ya dudo de que sea real… He conseguido identificarla por las cámaras del portal de mi casa y he ido a denunciarla”. To be continued, supongo.

Por desgracia, ayer mismo, en una cena, alguien contó algo muy parecido. Pillé la conversación a medias y deduje de qué iba por la frase: “¿Éste te robó también?”. ¿También?, ¡cómo que “también”? Pues sí. pasivo reicidente. Esta vez eran un reloj, junto con su móvil, las pertenencias que echaba en falta al despertarse del tremendo colocón…

Ya me recomendaba hace años, y con toda la razón, una persona que conocí, que jamás dejara el reloj, la cartera o las llaves en la mesilla de noche, y mucho menos en la entrada… Ella sabía por experiencia que, si subía a alguien a casa, debía esconder todo lo de valor y, por cansada que estuviera, evitaba quedarse dormida…

Por lo que veo, está de moda tirarse a la gente y desvalijarla antes de salir de la vivienda. Ojito, no vayan a dejar de divertirse ni nada de eso pero consideren que, a veces, ligarse a alguien de modo tan fácil y rápido no radica en nuestro incuestionable sexappeal… E implica riesgos tales que no siempre compensa. Soy de las que sólo consienten que les quiten lo bailao.