La Opción B

Un autobús que va de Lisboa a Oporto cae al Duero. Mueren todos los ocupantes. también el narrador, un hombre que se dedica al narcotráfico y que pretende retirarse del negocio. Así, sin respiro, empieza La Opción B. Es la historia de Carlos, un chico normal que pasa de consumir drogas como diversión de fin de semana a trabajar para diversas organizaciones criminales. Un recorrido vital que le llevará de Madrid a Estados Unidos, Nicaragua, Méjico y Portugal. Es, además, la historia de su amigo Marcos, que elige otra existencia más legal, pero igual de insatisfactoria. La Opción B es un retrato de los noventa a partir de una narración en primera persona del mundo de la delincuencia, en una novela llena de múscia, cómics, películas y locales que son referencias comunes para varias generaciones de lectores. Pero la Opción B es también un relato existencial, la historia de todos aquellos que no están a gusto con su vida y no hacen nada para cambiarla.

Escrita con un estilo afilado y lleno de ritmo, cuenta la historia de dos amigos con vidas opuestas, de dos jóvenes que empiezan juntos a recorrer un camino que acaba sepraándolos, de dos personas que no quieren ser lo que son…., pero que no pueden evitarlo.

Acaban de leer la contraportada de la Opción B. No sólo la he copiado para ustedes, sino que la suscribo porque refleja perfectamente de qué va (sin fraudes marketinienos). En tres días, durante mi escapada a Estambul, me he devorado estas 344 páginas, más las varias de agradecimientos y el listado de canciones (un libro con track list, muy fuerte…). Con esta novela, además de hartarme de reír y de aprender (la vida de los narcos no es como la mía precisamente), he recordado a gente real que conocí y que gracias a las redes sociales ahora veo recorvertida (de traficante a comercial, de relaciones públicas estrella a entrenador de perros y demás variantes…). Me permito, con un permiso que me doy yo a mí misma -soy mucho más de pedir perdón- copiar, a modo de muestra, de degustación, algunos fragmentos que me han parecido geniales… Y he parado de copiar sin ganas de hacerlo, pero ha llegado un punto en que he tenido que decir “hasta aquí” (fusilaría la novela entera pero estoy muy liada, no es falta de ganas).

<<Pero seguí adelante. Concentrado en mi estrategia para acabar con mi hígado en menos de sesenta días. En una de mis misiones me topé con Nacho en un garito. Estaba encantado con su dimensión, su universo y su persona. No miraba atrás ni para aparcar. Tío estoy ganando un montón de pasta y ni siquiera toco el percal, estoy conociendo gente de lo más interesante, te tengo que presentar al Cuco y a sus colegas. No creo que pusiese cara de querer conocerlos. Dio igual. Nacho me habló de sus nuevos amigos. Un grupo de muchachos formados intelectualmente en el gimnasio y físicamente en la farmacia. Tipos duros, más anchos que largos, dedicados en cuerpo y alma a la protección de las fortalezas de la diversión. Porteros de discoteca unidos como los mosqueteros y los legionarios por una frase común: lo siento, es una fiesta privada, no puedes pasar [...] Al parecer, además de controlar las puertas de algunas de las discotecas más pintonas de Madrid y de decidir quién entraba a dejarse la pasta y la salud y quién salía con dos costillas rotas, también administraban las sustancias más o menos químicas que se consumían en sus territorios. Como ministros de Sanidad y Consumo pero con cincuenta centímetros de bíceps.>>

<<Tenía una cita pendiente con Nacho. Debía conocer a sus nuevos amiguitos. Así que quedé con él y descubrí todo lo retórico que puede ser un diminutivo. los tipos no eran grandes. eran lo siguiente. Y no eran malos. Eran lo peor. Doce maromos sacados de un catálogo de suspensorios. Con el manual de instrucciones del tipo duro asimilado desde su primera matrícula en el gimnasio. Estaban en la barra del fondo de una discoteca en un polígono industrial. celebrando un cumpleaños mientras un par de miles de chavales bailaban mecánicamente un techno afilado. Ellos no se movían. Los tipos duros nunca bailan. Lo decía su manual y lo decía Norman Mailer. Nacho me los presentó a todos. No me acuerdo del nombre de ninguno. Participé como oyente de sus conversaciones. Aventuras animadas de ayer y hoy contadas en primera persona del singular. Egoturismo por las muchas y variadas formas de destrozarle la cara a alguien a través de sus conocimientos de artes marciales. Cantares de gesta en los que el caballero caía indefenso ante las patadas de los molinos, los gigantes y Sancho Panza quizá por haber intentado entrar en el garito con calcetines blancos. Yo me aburría como una ostra. Decidí ir al bañoo. Tuve que atravesar una convención de porteros de discoteca en plena exaltación de la testosterona. Supe lo que siente un salmón después de subir todo un río esquivando a los osos.>>

<<Como en la canción de Julio Iglesias. Era un truhán y vivía como un señor. Mi tarea de comercial (narco, claro) por provincias me dejaba mucho tiempo libre en la capital. Y mucho dinero. Tenía alquilada una casa en Chamberí. Setenta metros. Veinte de terraza. Full equipe. Cadena estéreo. Televisión de no sé cuántas pulgadas. DVD. Dolby surround. Playstation. Plaza de garaje. Volkswagen Golf GTI. Gastaba el dinero en fajos. Al contado. Y ahorraba lo justo. Nada. Comía bien y bebía mejor. Compraba discos, libros y pelis. Seguía siendo un macarra ilustrado. O, al menos, informado. El maravilloso mundo de la noche está lleno de personas capaces de superar sus resacas para escuchar música, leer o ir al cine. De hecho, está lleno de músicos, escritores y actores. Y publicitarios y periodistas y abogados y empresarios. Yo conocía unos cuantos ejemplares de cada. Amigos de amigos que acabaron siendo mis amigos. O mis conocidos. Gente con la que compartir copas, fiestas y conversaciones lejos del retrato robot del círculo social del profesional del delito. El problema en esas relaciones es que hay que evitar la intimidad. Crear unos lazos que sean fáciles y rápidos de deshacer. Y ocultar demasiados detalles. Mentir en lo relativo a la profesión. No pasar de las generalidades sobre la vida personal. Hacerse el tímido, el reservado. Bien. Sólo tenía que ser yo mismo.>>

Desde aquí mi más sincera enhorabuena a Pedro Bravo. Sé lo que es parir una novela, el esfuerzo que conlleva… La Opción B cuenta con una estructura original, con mucho trabajo de campo, es creíble pero muy impactante, resulta muy divertida y por momentos dramática. Me gusta mucho cómo está escrita, me reconozco en mil expresiones y me suenan algunos de los lugares comunes por los que transcurre la trama y empatizo con la duda permanente, una duda que no es duda en determinados casos: es la certeza de que elegirás la Opción B, la que menos te conviene…

Me ha atrapado. La recomiendo. Sinceramente lo digo.