Viuda, por la gracia de Dios

Antes de leer, pónganse en situación. Es un miércoles cualquiera, reciente, de esos de frío siberiano. Me encuentro en un centro de belleza (un sitio donde gastártelo bien a gusto con el fin de poder seguir luciendo cacha, para que nos entendamos). La que teclea, está echada en una camilla, enfundada en un traje de presoterapia, a base de velcros, de esos que se hinchan, con cables y boquillas, vamos que ríete tú de los que llevaba Amstrong en su promenade lunar… En la otra camilla, una señora boca abajo, recibe un tratamiento de a saber qué, cavitación, creo. En medio, sentada, una esteticienne empuña con firmeza y restriega sobre el culo celulítico de mi vecina un cabezal conectado a una máquina que emite pitidos infernales, como quejidos de delfines. Situados ¿verdad?

A pesar de mi incontinencia verbal, hoy yo estoy calladita. Son las otras dos las que se cuentan la vida. La dueña del trasero explica la pesadilla vivida por su mejor amiga. Estuvo casada casi doce años. Él, mucho dinero. Muchísimo. Ella, ama de casa guapa, con todos los extras del tuneo: las tetas de silicona, los morros de silicona, liposucción cada dos años, los bótox renovaditos cada seis meses, las uñas de gel, las extensiones, y con todos los complementos deseables: los bolsitos y zapatitos (originales) de Jimmy Choo, de Gucci, de Prada, de Vuitton, de Dior… Los relojitos de Cartier y de Rólex… Todo, todito a cargo de la generosidad del esposo. Tienen una hija. Siguen felices. Pasan otros pocos años… Un buen día, ella comienza a sospechar. Algo ha cambiado, algo está fallando. Él la tranquiliza primero. Después, la acusa de paranoica; en pocos meses, ella está recibiendo tratamiento psicológico; después psiquiático, con medicación. La ingresan… Un día, recibe el alta, pero toda la familia y el entorno cree que sigue chiflada. Él es maravilloso. El padre ejemplar. El marido que todas querrían. Hasta que un buen día, ¡tachan tachan!: suena el teléfono. Ella debe ir a reconcoer el cadáver. Era el marido, efectivamente. Había muerto, junto a su amante, en el piso de ella, a consecuencia de un escape de gas. Desde ese día, ella se etiqueta y autodefine su estado civil como “Viuda por la gracia de Dios”.

Por este tipo de cosas siempre he dicho que no vale la pena vengarse; estoy convencida de que, si dejas que Él se ocupe, lo hará mucho mejor que tú. Ahora llegará otro lector, y me recriminará que hable de religión… como si lo viera.