Noches…

Aunque dedicarme a contarles mi vida -a mi manera y por capítulos- me resulta entre grave y muy grave, dejen que les diga que me consuela saber que, al menos no vendo la miseria ajena. Una de las noches de esta semana sin ir más lejos, obtuve algunas lecciones de supervivencia urbana. Y me acuerdo perfectamente porque garabateo las frases en una comanda, en una servilleta o donde Dios me da a entender, porque idea no apuntada es idea perdida -eso yendo sobria, que si encima no…-.

- Situación 1.- Estamos cenando siete amigas. Aquelarre navideño. Melenas, taconazos y escotes de vértigo que engañan: si los que nos miran como si saliéramos del calendario que guardan en su taquilla o las horrorosas que nos critican y nos señalan envidiosas escucharan nuestras conversaciones, se morirían. Una de mis amigas llevaba una noche terrible, o definan Uds. como quieran lo siguiente: sale cada seis meses, solo con amigas, sin un solo varón que pueda amenazar el sueño de su querido esposo; y éste, de dedica a llamarla cada 15 minutos (contó 17 llamadas antes de las 23h.), y al cortar una de las veces, el grandísimo cabrón le dice: “Que folles bien”. Gran frase de uno que firma como marido y padre de sus hijas. Aguanta la lágrima y disimula el terror, y sale a la calle con las demás que iban a fumar (yo salgo siempre. No para fumar, sino por no quedarme sola). Y claro, coincidimos con otros adictos a la nicotina, que se hielan a la intemperie. Ahí está uno, un veinteañero cachas, tatuado. Nos mira como si fuéramos un regalo de Reyes adelantado. En determinado momento abre la boca y, disimulando la vergüenza de dirigirse a un grupo de desconocidas, dice con acento porteño: “Chicas, ninguna se ofenda, pero, ¡qué linda que sos!” -se refiere a la que debería estar marcando el 016…-. Sin necesidad de preguntarle nada, el chico suelta: “Soy masajista, ¿qué haces luego?”, ella no abre la boca. Yo estoy convencida de que se prostituye en realidad. Mi amiga mira al suelo como si hubiera perdido una lentilla. Y sigue él: “Me voy mañana a Argentina unas semanas, pero si quieres retraso el viaje”. Se mantiene el silencio. Todas le miramos pero ninguna movemos un párpado. Yo rezo por que ésta reaccione y se largue con él, haciendo una parada en unos chinos para pillar alcohol y condones, y se encierre con el morenazo en un motel de carretera hasta dentro de una semana; y este pensamento elevado, se lo dedico a su marido. Ella está en shock, ni le escucha, claro. Él continúa hablando, nervioso. El jovenzuelo incicia otra explicación no solicitada y ya sí que es el acabose: “¿Este anillo? Bueno… Me lo puse porque no me cabía en la maleta”.  Cuánto pesa una alianza, ¿verdad?

- Situación 2. Llegamos al siguiente sitio, un bar de copas sonde me encuentro con un amigo mío, diseñador de moda muy reconocido. Son más de las doce de la noche y cada cual sujeta un vaso con hielos fundiéndose con el garrafón. Él me está contando acerca de su vida y milagros profesionales, sus momentos recreativos -él se recrea mucho; su vida es pura recreación, quiero decir- y las peripecias que protagoniza para alquilar un piso. En determiando momento, cambia de tercio y se confiesa: “Mira Eva, llevo un tiempo con un coach -qué gracia me hacen estos tipos: ni gurú, ni párroco, ni headhunter…-, y estoy encantado”. De pronto, se detiene, piensa, comprende que está hablando conmigo y se sincera: “Al principio le hacía caso en todo; y empecé a valorarme más, a ser más exigente. Y claro, después de tres meses sin follar porque “me valoro” y nadie me merece, he decidio pasar al “me perdono” que es más divertido”.

Feliz 2012.