¿Amigas?

Aquí me tienen de nuevo. Mientras diluvia en la calle, les confieso que estoy peor que el clima. No crean que la resaca de aquella noche me ha durado hasta hoy. Me cunde mucho a mí la semana y, desde ésa, he tenido por lo menos otras tres: la del sábado de psicópata y microteatro (el post previo resultó casi premonitorio, fíjense. Hablo de mi frase: más vale psicópata conocido que asesino en serie por conocer. Pues eso, que conocí al serial killer…); la inevitable tras una noche de Halloween de agárrate y no te menees -durante la cual, además de tal y de cual, quizá por el dolor de cabeza que me producía el clavo que llevé “atravesándome” el cráneo, me dio por whatsappearme con Mr Big, y creo que se ha enfadado porque le dije que prefería que me consiguiera trabajo con Howard Stern a las pezoneras que le pedí que me trajera de NY…

Y la tercera, ya anoche, que acudí invitada por una amiga a un previo en MATADERO de la obra de teatro PURGATORIO, con un Viggo Mortensen guapo de morirse. Parte de mi bajonazo responde a este detalle: me he debido de hacer mayor, me temo, porque lo tuve durante hora y cuarenta minutos a menos de diez metros y no salté sobre él para devolarle desde el huyuelo hasta…

Aparte de salidas nocturnas ha habido, como Uds. comprenderán, las típicas incidencias del día a día. Igual que Uds., he asistido al final del verano. Y estoy desolada. Noto con preocupación que la pereza se me pega con la misma facilidad que los tíos inconvenientes. Siendo cierto, y muy Carrie Bradshaw la frase, hoy me veo con la imperiosa necesidad de ampliar el coto del peligro también a las tías inconvenientes. Desde niña, he huido de las mujeres porque me dan pánico. Como no soy ni parecida a ellas, siempre me decepcionan, o me traicionan; o me utilizan; muchas se intentan tirar al “mío”; o se inventan una vida que no es la mía, y la difunden para desprestigiarme (hablo del plano personal, del plano profesional, del multiplano…). Y NO admito la envidia, la borrachera, ni la menopausia como eximentes, ni siquiera como atenuantes. Si me he rodeado de chicos, heteros y gays, y no he tenido demasiadas amigas a lo largo de mi vida ha sido precisamente porque he pasado no una, sino mil veces, por situaciones como la que anoche presencié entre dos de mis trescientas íntimas, a quienes -se les notaba- les faltó tirarse de los pelos…

La una le dice a la otra, especulando con la (im)posibilidad de que Viggo se nos uniera para cenar algo (soñar es gratis):

- Hija, si viene Mortensen déjamelo a mí que tú ya te los ligas a todos siempre.

- Sí claro, te lo dejo. Por cierto, mejor le vas a llamar puta a cualquiera de las zorras de tus amigas -y dijo varios nombres-, ésas que de verdad no dejan uno vivo.

- Ay, no te enfades, si lo he dicho como cumplido.

En fin, no sigo reproduciendo la escena, que continuó con una tensión más densa que la trama de Medea. Y ya siento admitir que amén de las que han sido honrosas y maravillosas excepciones, aquellas contadísimas mujeres absolutamente geniales y reversibles (tan bonitas por dentro como por fuera) de las que atesoro una amistad incombustible, las demás tías son tal y como los tíos dicen que son: unas brujas. Les doy mi palabra de que me gustaría defender que se trata de difamación gratuita, de puro cliché, de una batalla de sexos tan trasnochada como superada… Pues no: la experiencia me permite afirmar desde la pura constatación, desde el terreno, lo hijas de puta que algunas “amigas” pueden ser. Vean una fémina con un alma muy mejorable. Es un ejemplito que se me ocurre que viene a cuento, leyendo la prensa: Victoria Beckham ha sacado una línea de ropa y calzado “low cost”. Hasta ahí, todo normal. Grandes diseñadores fichan por marcas de precios asequibles; modistos importantes crean varias líneas, en función de la edad de sus clientes pero también del precio final de las prendas… Victoria, a parte de ser la gran repobladora del planeta (¿cuántos lleva paridos ya, cuatro?), ha sido la eminente autora de la frase: “Yo sin tacones no puedo pensar” (una de mis citas más repetidas y preferidas, casi por encima de las de Oscar Wilde). Les recuerdo aquí también su audacia en una declaración que hizo mientras promocionaba un libro que publicó: “Jamás me he leído un libro“… Amén. Bueno, la polifacética Victoria en su faceta como diseñadora de moda económica, no es que haya experimentado ninguna catarsis humanitaria, ni un brote de generosidad y empatía con las mujeres de menos recursos, “ésas que no pueden gastarse 800 euros en uno de mis vestidos“, no. Aquí viene la puñalada: esta colección barata será de vestidos sueltos y zapatos planos (es decir: nada de los taconazos maravillosos e imposibles y menos aún esos vestidos que sientan como un guante). Puede que me equivoque, pero yo interpreto aquí un: que las pobres se vistan como mamarrachas. Muy bien, señora Beckham, así ninguna (otra) choni (más) podrá optar a tirarse a su esposo. Y volviendo a mis amigas ya enemigas para siempre, como soy incapaz de no tomar partido, concluyo: ¿quién necesita cumplidos como ése? Es más: ¿quién quiere una amiga que piensa y dice en público cosas como ésas? Hay cebos que ocultan anzuelos menos mortíferos.