Citas II

Continúo con mi humilde y bienintencionado listado de recomendaciones dedicadas con todo mi amor al incauto que ha decidido pedirme consejo (¡a mí, que llevo meses con lo de “consejos vendo y para mí no tengo…”!). Que nadie crea que yo domino estas cosas y si así fuera -que lo es-, créanme: no son infalibles. Ahí van algunas más, con mis mejores deseos para su felicidad sin límite.

Lenguaje. Ojito: se dice “pechos”, y sólo si tienes un par propio, estás autorizado a llamarlas “tetas”. No se estrujan como si fueran bolas antiestrés. No se muerden. El sujetador no se rompe –salvo que traigas otro carísimo de repuesto para regalárselo antes de marcharte-. Suele ser el segundo paso a dar tras los besos, lo que no implica que sea correcto bajar de cabeza como un lactante desnutrido. Salvo que sean operados –o ella una bendecida por la naturaleza- no suelen ser idénticos (siempre hay uno más grande y más arriba) y el paso del tiempo, los embarazos, los cambios hormonales, etc., pasan factura. Son muy sensibles (algo que también puede variar en función del momento del ciclo en que esté). Las areolas y los pezones se contraen y son eréctiles (señal de excitación o de frío). Y nosotras: además de amarlas y de aceptarlas (u operarlas, va en gustos y presupuestos) hay que saber utilizarlas. Sirven para acurrucar, para dar masajes, para amamantar, para masturbar, para abrirte paso entre la multitud o que te dejen pasar a ciertos sitios (¿qué pasa, es que nunca lo habéis pensado siquiera?). Muchas ascienden gracias a ellas.

Quién paga. En principio, si seguimos con la democracia, debería ser a medias. Pero no hay cosa más fría y menos romántica que estar dividiendo… En fin, a riesgo de que me caigan críticas de todo tipo, lo que parece adecuado es que él pague por los menos las dos primeras veces. A partir de ese momento, en función de la capacidad de cada uno o de su nivel de ingresos, o por turnos, o paga el que propone el plan. He mantenido conversaciones con abogadas y cirujanas forradísimas, que no “necesitan” que las inviten, pero lo valoran, lo ven un gesto cortés. Y coinciden con las putas –sí, prostitutas de distintos niveles de precios- a las que también he preguntado sobre el asunto, en la primera etapa, sólo que estas últimas no aceptan la siguiente fase: con ellas paga él siempre… Señoras y señores: vean pues que, la postura de las mujeres “normales” no se trata de nada crematístico, sino del detalle.

Higiene. España no es precisamente de los países que peor se lleva con el sano hábito de la ducha diaria. Sin embargo, no viene mal tener en cuenta que salvo que seas un ángel, las horas del día pasan y tu frescura matutina decae. Para tu cita, aséate, échate colonia, maquíllate, aféitate, depílate, lávate los dientes, usa enjuagues, cremas hidratantes con buen olor… Saberte más atractivo aumenta la autoestima y te dará seguridad saber que ciertas cosas están bajo control –deja que sean otras circunstancias, las que no dependen de ti, las que te amarguen la vida-. Juguemos limpio y limpios. Limpieza de bajos (fundamental, si piensas que la cosa puede ir a mayores, además de por salud -evita ITS causadas por hongos y bacterias-, por respeto a las fosas nasales). Las manos son también una tarjeta de visita. Siempre: uñas limpias, limadas y bien recortadas, cálidas y secas –sin sudor-, suaves -sin callos- y sin anillos que arañen, por ideales que te creas que son.

Atención. Existe todo un juego a base de miradas y de sonrisas. Una mirada combinada con una amplia y cálida sonrisa se considera en todo el mundo como una demostración de interés sexual, que hincha el ego de cualquiera que la reciba y encima, sale gratis. Cabe que no te la devuelva, en cuyo caso, puedes seguir con lo que estuvieras haciendo (tomar una copa o charlando), pero si se da por aludida y te corresponde, es un eficaz modo de allanar el camino.

Si has quedado con alguien, qué menos que dedicarle al menos una parte de tu consciencia. Lo que quiero decir es que has de respetar su presencia (escribiría “honrar su presencia” pero temo que quede cursi y se malinterprete como “rancio”). Eso implica que valores que está ahí y que se lo hagas ver. Sería estupendo para que se haga una idea de tu inmensa popularidad y de la suerte que tiene de que le dediques parte de tu tiempo, que tu móvil sonara varias veces, tanto por llamadas (que, si has sido tan grosero/a de contestar, cortarás de inmediato -nada de salirte del bar, dejándole tirado/a, para pegarte una charla de diez minutos-) como sms. No puedes pasarte la cita escribiendo. Popularidad sí, mala educación, no. ¿Se capta el matiz? Te vendrá bien que compruebe que el mundo, tu mundo, no gira a su alrededor (aún), pero de ningún modo debes ponerte a contestarlos. Mucho ojito con las conversaciones breves que pretenden sonar intrascendentes, pero que dejan entrever que se trata de alguien “con derechos” sobre nosotros. Este tipo de llamada, si pretendes ocultar que tienes una relación, mejor contéstala en privado.

¿De qué se debe hablar? Todo el mundo sabe que hay que evitar la religión y la política. Pero también aquellos temas en los que se es un verdadero experto, porque cabe que conviertas la conversación (recuerda que son dos los que participan) en una ponencia. Quizá tengas la suerte de que “tu” tema sea algo sobre lo que tu futura presa siente fascinación –o que se lo expliques todo con tal gracia y encanto que se quede impresionado, pero aún así, no sé si lo recomendaría…-. Es mejor que te reserves la especialidad para la siguientes veces que os veáis, para que te conozca mejor.

La primera cita debe fluir sin demasiadas profundizaciones, es una toma de contacto. Trata de sentirte a gusto. Si eres de los que hablan mucho, hazlo, pero no monopolices la cita, no invadas su espacio, deja que meta baza y demuestra interés por su vida y obra (y presta atención). Si muestras brotes psicóticos, vehemencia anormal (cuidado con el fútbol y aficiones similares, que a mucha gente se le hincha la vena del cuello defendiendo su “causa”), o contradicciones, sin duda espantarás a esa persona y preferirá no verte más.

Recuerda también que discutir no apetece. Si notas que entras en colisión con alguna de sus opiniones, trata de no obstinarte. Puedes hablar, responder, preguntar (no interrogar), pero: respeta que cada cual opine lo que quiera (escucha y analiza si además de gustarte, te cae bien). Si percibes su entusiasmo hacia algo –se ríe, te hace comentarios sobre ello-, continúa por ahí. Y haz lo propio: si empieza a explicarte algo y notas que le resulta importante, demuestra no sólo que estás oyendo, sino que quieres saber más: haz alguna pregunta (a veces, resulta que no conoces ni una palabra del asunto. No pasa nada por que tus frases sean breves o incluso por que le pidas que te cuente más: se trata de que se cree un ambiente agradable, no de ultimar el desarrollo de una fórmula matemática).

Habla de lo que te dé seguridad pero no seas pedante, no monopolices el tema y asegúrate de que no se aburre. Se dice que con una mujer, el mejor conversador no es quien mejor habla, sino quien mejor escucha. Adáptate al tipo de persona que tienes delante. Si es de las trascendentales, sería muy grave por mi parte sugerirte que hables de trapos como si todas las tías fuéramos shoppaholics (aunque los somos en casi un 90%). El clima como recurso, ya no se usa ni para dar palique en los ascensores. Evita topicazos y discursos de ligón de playa. No suele fallar algún referente que tenga dos o más puntos de vista: un escándalo de las noticias del corazón con implicaciones económicas o políticas. Esos temas suscitan charlas distendidas tanto entre ejecutivos que leen The Financial Times, como entre “marujas” que viven para despellejar y cotillear. Funciona también que hagas comentarios positivos y sobre generalidades (no necesariamente trivialidades, no insultes su inteligencia). Si el tema que sacas le interesa, ya podrás dejarla hablar que es lo que a todas, en el fondo, nos encanta.

Bajo ningún concepto saques a relucir: ex novias, o ex amantes –ni las nombres y, si lo haces, que sea con cierto respeto pero sin añoranza, y que no salgan por tu boca insultos ni frases machistas. Ni una palabra sobre cómo eran en la cama, o pensará que eres el típico imbécil que va por ahí largando detalles íntimos-. Los grandes dramas personales y problemones (económicos o de salud) por favor, evítalos, al menos por ser el primer día. Y si te cuesta mucho reprimirte y no exasperarte ante esas injusticias laborales de las que estás siendo víctima, desahógate, pero sepas que la conversación será un coñazo.

Y humor. Siempre con humor. Si no eres gracioso, no la cagues contando chistes malos. Sonríe (así te relajarás), pero no pretendas ser uno de esos que se creen el alma de la fiesta. Recuerda que si bien las cosas bellas atraen en un primer momento, a la larga interesa más que la persona irradie buena energía, alegría y naturalidad.

 

(seguiré. O no…)