Bragas de castidad

Este post nace de una broma, casi. Les cuento: me he comprado un cinturón de castidad. Sí, de forja, con cerrojo y llave… de esos que dan miedito. Sucedió el otro día, un domingo, yendo por el Rastro de Madrid, parapetada tras unas gafas de sol XXL y con aspecto de no poder sobrevivir a una (otra) resaca terminal, escuché a una chica gritarle a su amiga: “A chastity belt! Come in and take a pic!”. Muerta de curiosidad quien entró en aquel anticuario fue la que suscribe. Regateé durante una hora aunque terminé pagando una barbaridad –porque fijo que no es ni antiguo-, pero salí cargada con esa monstruosidad y contenta como quien ha hallado un tesoro. Mi tesoro (lean esto como si hablara Yoda empuñando su espada de luz). Ya con el trasto en casa, no dormí tranquila hasta que logré que uno de mis mil quinientos amigos gays -que si bien no sirven para empotrarte contra el cabecero de la cama, sirven perfectamente colgártelo- clavara la alcayata y lo colocamos frente a la entrada, en plan discreto, ya saben… Entonces di por inaugurada oficialmente la Casa-Museo de Eva Roy. Ya he empezado a hacer tours guiados, no se crean. Claro que la visión del cinturón de castidad es tan siniestra que he recopilado todo tipo de comentarios, la mayoría acerca de mi salud mental. Admito que lo compré porque me daba escalofríos, porque me parece fascinante como pieza de tortura que deja bien patente el tipo de actos que firma el ser humano; algo que, créanme, suelo olvidar. Ha sido tener en la mano el artefacto, y ponerme a investigar sus orígenes y verdadera utilidad. Para empezar, no son Medievales sino Renacentistas, como yo. El cinturón de castidad también es conocido como “cinturón bergamasque” por su origen en Bérgamo (Italia); bastantes buenos artistas del metal italianos del s.XVI y posteriores procedían de esta región. Francisco Carrara el “Tirano de Padua”, allá por el s.XV, era tan celoso que lo hacía llevar incluso a sus amantes. Uno de sus cinturones se encuentra en el Palacio Ducal de Venecia. Hay muchas más evidencias tanto literarias como documentales en este sentido, a pesar de que apunta al medioevo la leyenda (no refrendada por la obra) respecto de que Rodrigo Díaz de Vivar, aka “El Cid”, antes de partir hacia el destierro, le colocó uno a Doña Jimena por si las moscas…

Entiendan y perdonen que no voy a reventar del todo mi magnífico reportaje sobre los cinturones de castidad que pronto verá la luz en Más que sexo, la doble página semanal que perpetro en El Periódico De Catalunya (suplemento de sábado) pero, así, a lo tonto, de una web a otra, de un artículo al siguiente, he encontrato algo que, a pesar de lo visto -que es mucho, pero mucho-, me ha dejado muerta y que no tardo en compartir con Uds.

Existen unas bragas diseñadas específicamente para detectar una infidelidad o abortar el momentazo lúbrico de la dama vigilada. Los compradores son desde padres de adolescentes que quieren evitar que la nena practique sexo, amantes controladores, maridos celosos, novios que sospechan… De la marca “Forget-me-not”, estas bragas de 99.99$ –¡a fecha de hoy agotadas!- emiten una señal para mantenerlas localizadas. También indican el ritmo cardíaco y la temperatura corporal, lo que permite saber si la mujer se quita la prenda. La sonda envía entonces una señal a un procesador, que registra la hora exacta del suceso. Las bragas también son capaces de detectar las modificaciones en la acidez cutánea, un parámetro que varía de persona a persona y que permitiría descubrir un cambiazo. Según cuenta el fabricante, está basado en tecnología militar, funciona vía satélite y puede enviar los datos a tu móvil, PDA o PC.

A mí me parece un invento entre psicopatológico e ilegal y a pesar de ello, y de lo tremendamente sosas que son, me las compraría por aquello de tenerlas. Yo compro luego existo.