Un poco de ternura, ¡burdel de mierda!

Anoche fui al estreno de “Un poco de ternura, ¡burdel de mierda!” invitada por una de mis trescientas íntimas amigas. Nos habían prevenido que la obra rebasa lo “habitual” en la tan de moda interactividad del espectador: “adiós a la cuarta pared”, leí en alguna parte… Y yo, que detesto que se me corra el rimmel o que me despeinen, me puse de uñas. Y no comento la attitude de mi guapísima amiga de la derecha (éramos cuatro, pero ella y yo teníamos primera fila).  Aún con las luces encendidas y con la gente acomodándose, uno de los actores (se notaba que lo era porque iba vestido pero descalzo) se coloca en segunda fila, con sus pies en los hombros de mi amiga la guapa. Horror. Pero horror. No dejaba de mirarnos, de hablarnos. Más horror. “Nos la van a liar” y levantamos nuestros culos en plan damas de las Camelias y buscamos dos butacas peores, claro, pero “resguardadas de la primera línea de fuego”. Cuál es mi estupor cuando, el mismo actor, me sigue, se me sienta al lado y me pregunta en inglés cómo estoy. Y yo, que a veces me llamo Carrie y no por la Bradshaw sino por la otra, le contesto en un inglés impecable, ése que tantas veces me ha metido en problemas gordísimos, “te advierto que yo hoy soy pasiva. Y muy, pero que muy agresiva“. El pobre no se inmuta y continúa: “Estoy aquí para dar amor“. Y mi alien añade: “¿Y por qué no te largas a darle amor a cualquier otro?“, ¡ríete tú del Babaria veneno de serpiente! En ese instante otro de los bailarines, le habla al oído y se marchan juntos. Comienza la obra, y nosotras dos, acojonadas como dos pánfilas, no pudimos relajarnos ante la amenaza (¿infundada?) de ser arrastradas a participar, cosa que, natural y afortunadamente, no sucedió. Con la conciencia corroyéndoseme durante ciento y pico minutos, entoné a gritos silenciosos el mea culpa y, avergonzada de mí misma, me vi levantándome y aplaudiendo hasta tener las palmas de las manos como planchas.

 

Minutos después, mientras nosotras tomábamos la terraza, comentábamos el espectáculo, pedíamos bebidas y algo de comer acompañadas de Bebe (una Bebe recién llegada de su gira por Grecia, morena y resplandeciente), fueron saliendo uno tras otro, los veinte miembros de la compañía. Hablé con varios, les felicité. Pero yo aguardaba a que saliera la víctima de mis idioteces. Le vi sentado a una de las mesas, cenando con sus compañeros. Crucé una mirada con él y no hizo falta más: se levantó, salió a mi encuentro y me abrazó con esa musculatura de armario empotrado, me dijo que me agradecía el valor de haberle ido a buscar, rechazó por innecesaria cualquier disculpa y… Y yo, balbuceando, admití que no podía haberme gustado más, que sentía haberme equivocado, haber estado a la defensiva, haber sido tan maleducada… En un rato, la Carrie de N.Y. estaba sentada durante otras dos horas con el grupo de canadienses, agarrando entre mis manos un tobillo ajeno machacado  y conociendo detalles de este fenomenal espectáculo.

Y respecto de la obra, sin palabras estoy. Lo juro. Es lo más fuerte  que he visto en mi vida, que es mucho (por desgracia, a pesar de mi comportamiento de quinceañera sofisticada, no soy tal), y ahí incluyo más de tres mil películas porno, varios espectáculos de Circo del Sol, obras de teatro, ballets, cortometrajes, shows y performances, DisneyWorld y EuroDisney, las Olimpiadas… Nada es comparable. Si digo que sin apenas texto (hay una conductora que sí que habla, una especie de Anjelica Houston joven, en quien me cuesta dejar de pensar… Sólo por ella ya valdría la pena la función…) y a base de gemidos y coreografía, de pura expresión de cuerpos desnudos (completamente desnudos) transportan al espectador a territorios inquietantes, dolorosos, profundamente humanos por reconocibles, sentimientos no por trasnochados menos intensos, deben creerlo. Yo no les mentiría. Escenas trasgresoras, canallas, hilarantes, situaciones histriónicas, fascinantes conculcaciones del buen gusto -cualquiera que sea tal-, escenas de sexo… De hecho, si recopilo tantos adjetivos no es haciendo burla a los relamidos críticos de arte (puro estuco la mayoría) sino porque, sinceramente, salí dos horas después conmovida, impresionada, fascinada y muy descolocada… El elenco, hombres y mujeres seleccionados entre actores y bailarines, regalan el mayor esfuerzo físico que he presenciado. Pero aunque no sé describirles qué vi, sí sé que como experiencia es impagable; les aconsejo que si pueden no se lo pierdan.

Un poco de ternura, ¡burdel de mierda! en MATADERO.

(Ojo, que sólo están hasta el domingo; supongo que semejante palizón sólo se aguanta durante cinco noches seguidas; después se mueren o algo).