La Universidad de Salamanca cumple 800 años

Pocas instituciones han prestado un mayor servicio a nuestra sociedad que la Universidad de Salamanca. Entre sus muros, se difunde el saber desde hace ya ocho siglos. Esto la convierte en la primera Universidad española y en una de las más antiguas de Europa, junto a Bolonia, Oxford, Cambridge y París. En aquellos tiempos medievales, cuando alumnos y profesores atravesaban (a pie o en mula) el continente en busca del conocimiento, al amparo del uso universal del latín, Alfonso IX de León otorgó en 1218 a las escuelas catedralicias la categoría de Estudio General.

No podía faltar, entre sus tempranos valedores, el Rey Sabio. Alfonso X dio a la Universidad  sus primeros estatutos, dotó cátedras y enriqueció la biblioteca. Todavía emociona subir las escaleras de ésta, con una decoración que va simbolizando el abandono de las pasiones mundanas a medida que vamos ascendiendo hacia los libros que atesoran la Verdad. El previsor monarca estaba preocupado porque ese “ayuntamiento de maestros y alumnos” estuviese situado en una ciudad “de buen aire e de fermosas salidas”, de forma que “los maestros que muestran los saberes e los escolares que los aprenden vivan sanos, e puedan folgar e recibir placer en la tarde, cuando se levantaren cansados del estudio”. En la misma época, el papa Alejandro IV concedió a la Universidad de Salamanca el ius ubique docendi, que daba validez a sus títulos en toda la cristiandad.

Los siglos XV y XVI vieron surgir algunos de los edificios más emblemáticos, como las Escuelas Mayores y Menores, o la famosa fachada de la Universidad, cuyo motivo menos interesante es esa dichosa rana que todo el mundo busca afanosamente. Sin embargo, la Universidad no se limita a ellos, si no que se entremezcla con la propia ciudad, gracias a los diversos Colegios (como Fonseca o Anaya, esa joya de la arquitectura neoclásica). Hasta en la capilla de Santa Bárbara de la Catedral solían los estudiantes velar, preparando la defensa de sus tesis doctorales (algunos “acordándose solo de santa Bárbara cuando truena”, demasiado tarde).

Esos mismos siglos fueron la Edad de Oro de la Universidad salmantina, convertida en referente internacional e impulsada por la hegemonía política de la monarquía española. La España de los Reyes Católicos y el descubrimiento de América necesitaban funcionarios y juristas. Los profesores de la Universidad, duchos en Geografía y Astronomía, evaluaron la viabilidad del proyecto colombino. No tuvieron gran acierto en su dictamen: “todos ellos concordaron que era imposible ser verdad lo que el dicho Almirante decía”. Tal vez debería atemperar la severidad del nuestro juicio el que Colón se topase en su viaje con un continente desconocido, que teóricamente tenía Asia como destino.

En esos tiempos dorados, la Escuela de Salamanca realizó contribuciones valiosísimas al saber Universal. Sus miembros, entre los que destaca Francisco de Vitoria, sentaron las bases del Derecho Internacional, gracias a su defensa de la dignidad de los indígenas en los territorios recién descubiertos. En el ámbito económico, pensadores como Domingo de Soto, Martín de Azpilcueta y Tomás de Mercado establecieron la relación causal entre el aumento de la circulación monetaria (en forma de entradas de oro) y la inflación, origen de la moderna Teoría Cuantitativa del dinero.

La dimensión ética de las enseñanzas salamantinas puede ilustrarse mediante las andanzas de Fray Luis de León, perseguido por la Inquisición al traducir al castellano el Cantar de los Cantares y señalar errores en la Vulgata (la traducción latina de la Biblia); la dimensión académica, mediante innovaciones revolucionarias para la época, como la enseñanza de la Astronomía de Copérnico o la Anatomía de Vesalio. No solo profesores brillantes adornan la trayectoria de la Universidad salamantina; sobran también los nombres históricos entre sus alumnos (Luis de Góngora, Calderón de la Barca, Hernán Cortés o el Conde-Duque de Olivares, por citar algunos).

No obstante, las tinieblas inquisitoriales lograron ir apagando, a lo largo del siglo XVII, las luces de la Razón.  Más meritorio resulta por ello el resurgir de la Universidad de Salamanca en el siglo XVIII, como uno de los principales focos de la Ilustración española. Ligada a ella están los nombres de Ramón de Salas, Meléndez Valdés, Nicasio Gallego, Manuel José Quintana y Diego Muñoz-Torrero. Algunos pasaron de la teoría a la acción en las Cortes de Cádiz, figurando entre los padres de la Constitución de 1812.

El siglo XX comenzó con el brillante destello del rectorado de Miguel de Unamuno, conciencia crítica frente a la Dictadura de Primo de Rivera y el inicio de la Guerra Civil. No fue el único. Por la aulas salmantinas han pasado Miguel Artola, Manuel Fernández Álvarez, Joaquín Ruiz-Giménez, Enrique Tierno Galván, Francisco Tomás y Valiente o Adolfo Suárez.

Insisto en la doble dimensión, académica y ética, que caracteriza a los mejores profesores salmantinos. Decir la verdad al poder, cuando este decide borrarla, es un ingrato y peligroso deber social. La Universidad española debería sacar fuerzas de este ejemplo, que resume lo mejor de su Historia, para reivindicar ese necesario papel hoy.

Gracias por tanto a esa Salamanca que, en la inigualable prosa cervantina, “enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado”. Me confieso el más hechizado.