La guerra comercial del emperador loco

Los informes de encargo tienen cierta tendencia a decir precisamente lo que quería oír quien los encargó. Eso es lo que ha sucedido con el informe que Trump encargó a su Departamento de Comercio. Según los resultados, nada menos que la seguridad nacional de los Estados Unidos está amenazada por las importaciones de acero y aluminio extranjeros.

En realidad, aunque un 30% de las necesidades estadounidenses de acero (y un alto porcentaje de las de aluminio) se cubran con importaciones, las necesidades relacionadas con la Defensa nacional son sólo una pequeña parte de las totales. Además, el principal proveedor extranjero es Canadá, un país aliado y cercano geográficamente. ¡Da igual! Esta farsa sólo ha pretendido servir de coartada a las medidas que Trump se proponía adoptar.

En efecto, el Calígula del siglo XXI se ha apresurado a imponer unos fuertes aranceles del 25% a todas las importaciones de acero y un 10% a las de aluminio, advirtiendo que las mantendrá durante un largo período de tiempo. El presidente de Estados Unidos tiene el poder legal para aplicar este tipo de medidas unilateralmente, sin necesitar la aprobación del Congreso.

En la estrecha mente del emperador loco, no caben demasiadas sofisticaciones. De acuerdo con su visión del mundo, todo se reduce a ganar o perder. No entiende actividades, como el comercio, que puedan ser mutuamente beneficiosas. Sin embargo, aunque Trump los ignore, los efectos negativos de los aranceles no suponen ningún secreto para el análisis económico.

El efecto más inmediato puede parecer beneficioso. El arancel encarece el producto de los competidores extranjeros, favoreciendo así al productor doméstico que compite con él. Éste se puede permitir cobrar precios más altos y producir más, aumentando sus beneficios (y el empleo en el sector). Los productores estadounidenses de acero y aluminio tienen sobrados motivos para la celebración.

A partir de ahí, lo que se desencadena es toda una cascada de efectos negativos, que empequeñecen ese efecto inicial. El encarecimiento del acero y aluminio en Estados Unidos perjudicará a los compradores de esos productos. Se trata de sectores tan relevantes como el automovilístico, los electrodomésticos, la construcción… Hay muchos más trabajadores empleados en ellos  (6.5 millones) que en los beneficiados (algo más de 100.000). Los  consumidores estadounidenses de neveras, automóviles, latas de cerveza… también se verán perjudicados. El efecto total sobre el bienestar y empleo, incluso considerado únicamente desde el punto de vista de Estados Unidos, será claramente negativo.

Para remate, los estadounidenses no son los únicos habitantes del planeta. En la larga lista de damnificados habrá que incluir a los países exportadores de estos productos. Paradójicamente, unas medidas que se han solido presentar como dirigidas contra China, a quienes más van a perjudicar es a estrechos aliados de Estados Unidos. El aumento de la producción en China está detrás del exceso de capacidad a nivel mundial, pero este país no exporta tanto directamente a Estados Unidos; los principales proveedores son Canadá, Brasil, Corea del Sur y México. También la Unión Europea se verá perjudicada. ¡Curiosa forma de mejorar la seguridad nacional!

La Historia económica nos ha enseñado una lección: las guerras comerciales, como las convencionales, son más fáciles de iniciar que de finalizar (o ganar). Ante el agresivo unilateralismo de los Estados Unidos, los países perjudicados se verán obligados a tomar represalias. Canadá y México han amenazado con tomar medidas; probablemente China, aunque esté procediendo con mayor cautela, también lo haga.

La Unión Europea no es el principal perjudicado por las medidas de Trump. Aún así, se ha apresurado a anunciar represalias contra las exportaciones de una larga lista de productos norteamericanos: ropa, motos, productos agrarios, bebidas… También pueden ser necesarias medidas de salvaguardia, para evitar que el acero y aluminio que se dirigían antes a Estados Unidos inunden ahora los mercados europeos.

Tal vez sería más prudente ponerse de perfil, para no provocar reacciones por parte de Trump. Pese a todo, existen buenas razones para tomar represalias. La política comercial es una política europea común. La Unión forma un mercado único tan grande como el de Estados Unidos. No se trata de una guerra que vaya a ser tan fácil de ganar para el presidente loco como él afirma. Alguien tenía que plantarle cara para defender el sistema multilateral y las reglas del juego. Es preciso intentar que sobrevivan, incluso al margen del país que más contribuyó a crearlas. Menos altruistamente, la Unión Europea puede y debe cubrir los huecos que unos Estados Unidos en retirada van a dejar en importantes mercados, como Canadá, México, Japón o China.

Todo esto no debe llevarnos a minusvalorar la importancia del estropicio. La propia existencia de la Organización Mundial de Comercio peligra, pues la administración Trump parece dispuesta a abandonarla si no se pliega a sus desmanes. El propio crecimiento mundial puede verse amenazado, no solo pero unas menores exportaciones, también por los efectos negativos de las peores expectativas y la mayor incertidumbre sobre la inversión.

“¡Que me odien, con tal de que me teman!” solía repetir el primer Calígula. El actual sigue opinando lo mismo.