La guerra de divisas del emperador loco

En vista de los estropicios que ha tenido tiempo de provocar, parece como si Trump llevase una década presidiendo los Estados Unidos. En realidad, su mandato acaba de cumplir el primer año. Ya ha dejado claro que no existe causa dañina que no esté dispuesto a abanderar: contaminar más agravando el cambio climático, facilitar la venta de armas (incluso a personas con problemas mentales), rechazar a los inmigrantes (si es preciso construyendo muros) o atacar a los medios de comunicación independientes.

El balance no es menos nefasto en el ámbito de la política económica: Trump ha bajado los impuestos a los más pudientes, combate el Obamacare, defiende el proteccionismo comercial y no respeta las reglas del mismo orden mundial que Estados Unidos lideraba. La última hazaña de su administración ha consistido en resucitar el fantasma de una guerra de divisas internacional, un fenómeno que parecía una curiosidad relegada a los libros de Historia económica.

El euro lleva un año dando señales de considerable fortaleza frente al dólar. Desde sus valores mínimos anteriores hasta la cotización actual (en torno a los 1.24 dólares) se ha revalorizado alrededor de un 20%. En gran medida, estos movimientos en el tipo de cambio de la moneda única pueden explicarse por el comportamiento de las variables macroeconómicas fundamentales.

La eurozona muestra en sus cuentas externas un abultado superávit, del 3.2% del PIB, en parte reflejo de la fortaleza exportadora de Alemania. La economía estadounidense, por el contrario,  viene manteniendo un déficit por cuenta corriente, que llega ahora al 2,4% del PIB. Los mercados financieros, por otro lado, prevén una futura retirada de estímulos monetarios por parte del BCE más rápida de lo esperado, lo que implicaría unos tipos de interés más elevados en la zona del euro. Tales previsiones son coherentes con la clara recuperación de la eurozona: ayer se supo que el PIB está creciendo al 2.7%, lo que ha permitido reducir la tasa de paro hasta el 8.7%.

Lo anterior no impide que el BCE contemple el progresivo fortalecimiento del euro con preocupación. Su apreciación encarece el precio de las exportaciones europeas en dólares, restándoles competitividad internacional. Más preocupante aún resulta el efecto sobre la inflación: al disminuir el precio en euros de las importaciones denominadas en dólares, la presiona a la baja. Recuérdese que el BCE tiene un objetivo de inflación del 2% que lleva años incumpliendo (está ahora situada en el 1.4%, con una tasa subyacente del 1.01%). Esto dificulta al BCE la ineludible tarea de ir retirando los estímulos monetarios.

En este delicado contexto, la administración Trump ha irrumpido como suele, es decir, con la delicadeza de un elefante en una cacharrería. El secretario del Tesoro estadounidense, Steven Mnuchin, declaraba (en el resonante marco del Foro Económico Mundial de Davos) que favorecía la debilidad del dólar, puesto que mejoraba las exportaciones. Tales declaraciones tuvieron repercusión inmediata en el tipo de cambio del euro, fortaleciéndolo todavía más.

La reacción del habitualmente mesurado Mario Draghi solo puede calificarse de furibunda. El presidente del BCE recordó un acuerdo alcanzado el pasado octubre, en el marco del FMI, para abstenerse de practicar devaluaciones competitivas. Las declaraciones de Mnuchin lo incumplen, empeoran la confianza mutua y se producen en medio de un contexto más amplio de deterioro de las relaciones internacionales de todo tipo.

Una guerra de divisas es lo último que el mundo necesita. Sin que sirva de precedente, Trump ha intervenido esta vez para calmar las aguas. Tras llegar a Davos, declaró que realmente desea un dólar fuerte. El secretario del Tesoro se apresuró a alinearse con su autoritario jefe, afirmando (como suele hacerse en estos casos) que sus palabras se habían malinterpretado.

Esté incidente no deja claro qué tipo de cambio del dólar querría realmente ver la administración norteamericana, en vista de que sus promesas no intervencionistas suenan a falsas. Teniendo en cuenta los conocimientos económicos de Trump, es probable que quiera simultáneamente un dólar débil y fuerte. Una moneda débil ayudaría a aumentar las exportaciones, pero una moneda fuerte alimenta el prestigio nacionalista. En consecuencia ¿por qué no tener ambas cosas a la vez? Al fin y al cabo, él es el presidente de los Estados Unidos de América.