Los niños españoles que no reciben regalos de Reyes

Las recién finalizadas fiestas navideñas se prestan a todo tipo de excesos consumistas. En algunas familias, los niños reciben regalos respetando tanto las viejas tradiciones (los Reyes Magos) como las nuevas (Papá Noel). Por si esto fuera poco, los mágicos repartidores de obsequios se multiplican, apareciendo simultáneamente en casa de los padres, de los abuelos y de los tíos. Tras tanto derroche, convendría detenerse un momento a recordar que muchos niños españoles permanecen excluidos de tales celebraciones. De todas las dolorosas lacras sociales que padece nuestro país, probablemente la peor sea la pobreza infantil. Sus efectos serán duraderos, pues dejará secuelas para toda la vida a quienes la padecen.

Numerosos datos coinciden en subrayar la gravedad del problema en España. Revisemos, por ejemplo, los del 7º informe sobre “El estado de la pobreza en España”. Publicado en 2017 por la Red europea de lucha contra la pobreza y exclusión social, utiliza una metodología homologada en la Unión Europea. Los datos se refieren a 2016, pero no son muy distintos de los actuales, pues evolucionan lentamente.

Un indicador amplio de exclusión social es el AROPE (At Risk Of Poverty and/or Exclusion). Una persona se ve incluida en él si cumple cualquiera de los tres criterios siguientes:

1º) Está en riesgo de pobreza, es decir, tiene unos ingresos inferiores al 60 % de la renta mediana. Dicho umbral de pobreza fue de  684 euros mensuales en 2016.

2º) Sufre privación material severa, es decir, cumple al menos cuatro de las nueve condiciones siguientes: ha tenido retrasos en el pago de gastos relacionados con la vivienda, no puede mantener la vivienda con una temperatura adecuada, no puede irse de vacaciones, no puede comer carne o pescado al menos cada dos días, no tiene capacidad para afrontar gastos imprevistos, no dispone de teléfono, un televisor en color, una lavadora o un automóvil.

3º) Vive en un hogar con baja intensidad laboral, en el que la relación entre el tiempo trabajado efectivamente y el que, en teoría, podrían trabajar es inferior al 20%.

Pues bien, cuando nos fijamos en este indicador AROPE, que mide la pobreza y/o exclusión en su conjunto, resulta que casi uno de cada tres niños y niñas españoles (menores de 18 años) vive en esas tristes condiciones. El riesgo de pobreza o exclusión infantil es claramente más elevado que en el resto de grupos de edad. Destaca la preocupante situación de los hogares monoparentales, con especiales problemas para llegar a fin de mes, incluso si tienen un empleo.

Un indicador de pobreza más estricto es el de privación material severa, que recoge únicamente a los incluidos en el segundo criterio del AROPE, arriba explicado. Entre los menores de 18 años, un 9.9% sufría pobreza severa en 2016, de nuevo superando al resto de grupos de edad.

Los autores del informe señalan que “en general, los datos muestran una calidad de vida muy deficiente para los menores en riesgo de pobreza en comparación con aquellos que no son pobres. Así, porcentajes importantes de menores pobres no pueden disponer de ropa nueva, ni de dos pares de zapatos, ni patines o bicicletas con los que puedan jugar al aire libre, ni de libros adecuados para su edad y otras cosas. Lo mismo sucede con actividades de carácter social”.

Las políticas públicas que podrían aliviar este problema no son misteriosas, ni imposibles de financiar. Por ejemplo, antes de las elecciones generales de diciembre de 2015, la Plataforma para la Infancia (que agrupa a diversas organizaciones sociales) proponía a las principales fuerzas políticas algunas medidas.

España se caracteriza por dedicar escasos recursos a las políticas sociales destinadas a la familia y la infancia; además, éstos se han reducido durante la crisis. Sería preciso aumentarlos progresivamente, desde el 1,4% del PIB existente en ese momento hasta el 2,4% (la media de la Unión Europea). En concreto, una medida muy efectiva sería el incremento sustancial de la prestación por hijo a cargo.

El sistema educativo público puede convertirse en una formidable palanca para combatir la pobreza infantil: las becas de comedor deben garantizar al menos una comida saludable al día; es necesario destinar recursos suficientes para cubrir todos los gastos relacionados con la educación de las familias con menos ingresos (como libros o material escolar). Los resultados serían mayores garantizando la universalidad de la educación entre 0 y 3 años.

Es difícil pensar en formas mejores de utilizar el dinero público. Como bien decía un ilustrado presidente norteamericano, John F. Kennedy (cuando en Estados Unidos todavía gobernaban presidentes ilustrados): “Los niños son el recurso más importante del mundo y la mejor esperanza para el futuro”.