La economía española en 2017: balance y perspectivas

Enero es el mes dedicado a Jano, el dios romano de las dos caras: una mira (haciendo balance) al año que se cierra y la otra hacia el futuro que comienza. Son, por tanto, buenas fechas para valorar el comportamiento de la economía española en 2017 y analizar sus perspectivas de cara al nuevo ejercicio.

El año pasado, el PIB creció en torno al 3%, logrando así alcanzar esa respetable tasa por tercer año consecutivo. Sin embargo, la tendencia es hacia una suave desaceleración: en 2016 el crecimiento fue del 3.3% y las previsiones para 2018 empeoran el registro de 2017. Este crecimiento, el mayor de las cuatro grandes economías de la zona del euro, se logra partiendo de una base baja. En España la crisis ha sido más aguda y hemos tardado casi una década en recuperar el nivel de producción anterior a la crisis.

El patrón de crecimiento es equilibrado: se apoya sobre todo en la demanda interna de consumo e inversión, pero con una aportación positiva del sector exterior, que mantuvo un superávit  por cuenta corriente (también en descenso) del 1.8% del PIB. Esto implica un enorme reequilibrio desde los déficit del 10% del PIB anteriores a la crisis y se ha logrado, en parte, gracias a una meritoria mejora en la propensión exportadora de las empresas españolas.

Otras buenas noticias son la superación de la crisis bancaria (aunque los balances todavía acumulan demasiados activos dudosos y están excesivamente expuestos a la deuda pública nacional) y la progresiva normalización del sector inmobiliario. El crecimiento ha tenido su reflejo en la creación de empleo. El paro, que llegó a alcanzar el 26.1% en 2013, ha caído diez puntos desde entonces. El ritmo de creación de empleo es de alrededor de medio millón al año.

Las amenazas a este crecimiento sostenido provienen del debilitamiento de los “vientos de cola” que lo han impulsado hasta ahora: el petróleo se está encareciendo, el euro ha dejado de depreciarse, los tipos de interés tenderán a subir en el futuro y el turismo puede verse amenazado por la inestabilidad propia y la recuperación de nuestros competidores. A cambio, la gran esperanza reside en que el debilitamiento de estos impulsos positivos se vea contrarrestado por la recuperación de la zona del euro. Allí dirigimos dos tercios de nuestras exportaciones. La mejora de la eurozona es cada vez más fuerte; en 2017, ha crecido al 2.3%.

Más preocupantes son las amenazas para el crecimiento a largo plazo que se derivan de las carencias en I+D y educación, ámbitos que deberían haberse resguardado de los recortes asociados a la crisis. Los efectos de tales carencias son lentos, pero inexorables.

Los datos que confirman la recuperación no deben hacer olvidar los graves problemas sociales que subsisten en España. El empleo que se crea se caracteriza por la precariedad y los bajos salarios. Existen importantes bolsas de paro estructural, que han ido perdiendo la cobertura social y sufren una falta de formación no atendida.  Los niveles de desigualdad y pobreza (incluida la infantil) siguen siendo preocupantes.

El estado poco boyante de las cuentas públicas dificulta enfrentarse a esos problemas. El déficit publico se ha ido reduciendo (llegó a superar el 11% en los peores momentos), pero lentamente, y es todavía alto en el contexto europeo. En 2016 fue del 4.5% del PIB y está cayendo hacia el 3% (que la Unión Europea considera el máximo admisible) en gran medida gracias a los mayores ingresos públicos que proporciona la recuperación. La evasión y elusión fiscal siguen siendo elevadas; los esfuerzos para controlar el gasto público y aumentar su eficiencia, insuficientes. La presión fiscal es más baja que en la Unión Europea, pero recae con fuerza sobre las rentas más fáciles de controlar. Todo esto con una deuda pública cercana al 100% del PIB, que puede pesar como una losa cuando suban los tipos de interés.

En cuanto a los precios, los riesgos deflacionarios han quedado atrás y la inflación converge en España hacia el 2% que el BCE considera deseable. Esta subida se debe en buena parte al petróleo y los alimentos, mientras que la inflación subyacente permanece más baja. En cualquier caso,  se deteriorará el poder adquisitivo de las pensiones y los salarios.

De cara al 2018, las peores amenazas son autoinfligidas, pues tienen que ver con el aumento de la incertidumbre política interna. La situación en Cataluña, todavía no resuelta, pasará factura particularmente allí, pero también en el conjunto de España. La existencia de un gobierno central en minoría parlamentaria, con dificultades para aprobar los Presupuestos o iniciar reformas, tampoco ayudará. Pero ¡el futuro no está escrito! Mis mejores deseos para el 2018 a todos los lectores.