¿Por qué no suben los salarios en España?

La idea de que es preciso subir los salarios en España está cada vez más extendida. Las voces que reclaman tal medida han llegado a incluir recientemente a la ministra de Empleo y al presidente del Gobierno. Sin embargo, el salario (como precio del trabajo) refleja las condiciones existentes en el mercado en el que se fija. Si se quiere que aumente, habrá que analizar las causas que lo impiden y actuar sobre ellas. No se trata de una variable que, en una economía de mercado, se pueda (ni deba) aumentar por ley directamente.

La relación más clara que establece la Teoría Económica en este campo es la que debe existir entre el salario y la productividad. Cuando los trabajadores producen más (gracias a la maquinaría, la tecnología o la mejora del capital humano) su remuneración puede aumentar sin poner en riesgo la competitividad de la empresa. Parte del problema reside en que la productividad está creciendo muy lentamente en nuestro país. No obstante, esto no explica del todo lo que sucede, pues los salarios están creciendo aún menos. Mientras que los beneficios empresariales se han ido recuperando, los salarios nominales permanecen casi congelados (ayer se supo que el crecimiento anual de los costes salariales nominales por hora está en el 0.1%), los salarios reales se ven erosionados ante el repunte de la inflación (ya en el 1.7%) y la participación de las rentas del trabajo en el PIB va perdiendo peso. Resulta particularmente significativo el problema de la pobreza laboral, que en España afecta al 13% de los trabajadores (al 20% en el caso de los jóvenes).

¿Cuáles son las fuerzas económicas y las políticas públicas que explican el anterior escenario? Son varias las respuestas posibles, algunas basadas en factores coyunturales y otras en tendencias de más largo plazo.

Entre las explicaciones centradas en el corto plazo, a veces se dice que los salarios no suben porque eran demasiado altos antes de la crisis. Además, las bajas expectativas de inflación han hecho menos doloroso el escaso crecimiento de los salarios nominales. La fuerza de estos argumentos se ha ido debilitando con el paso del tiempo (transcurrida una década de ajustes desde el estallido de la crisis).

Más convincente resulta la explicación de que, en España, sigue habiendo un grave problema de desempleo. Pese a la fuerte creación de empleo de los últimos tiempos, la tasa de paro sigue todavía en el 16,38% y el número de parados es de 3.731.700. Este exceso de oferta de trabajo, que presiona los salarios a la baja, es aún mayor si tenemos en cuenta la gran cantidad de trabajadores a tiempo parcial que querrían serlo a tiempo completo.

Entre las causas más de fondo, estructurales, se encuentran los efectos combinados (difíciles de distinguir) de la globalización y el cambio tecnológico. Ambos presionan a la baja los sueldos de los trabajadores poco cualificados, que sufren más los efectos de esa competencia externa y se benefician menos del cambio tecnológico.

Las decisiones de política económica han desempeñado también un papel importante. Las mayores facilidades para la precarización laboral y la pérdida de poder de los sindicatos en las negociaciones salariales, consecuencias de la reforma laboral de 2012, destacan entre ellas. Otra medida relevante ha sido permitir el progresivo deterioro del salario mínimo.

Resumiendo, sería deseable una subida salarial, pues ayudaría a reforzar el consumo, aumentaría la recaudación impositiva (cotizaciones sociales incluidas) y aliviaría las tensiones sociales. Para lograrla, hay que actuar sobre las raíces del problema, mejorando moderadamente el salario mínimo (acaba de anunciarse que subirá el 4% para 2018, hasta los 736 euros mensuales), legislando para favorecer el empleo estable y reequilibrando la negociación colectiva. La subida no debe ser ni generalizada, ni lineal, centrándose en los sectores y empresas en los que más han aumentado los beneficios. A la larga, que los españoles disfrutemos algún día de sueldos como los suecos no dependerá de Reales Decretos que lo ordenen, sino de la mejora de la productividad gracias a la inversión, la educación y la innovación. En los dos últimos campos, la tarea pendiente es hercúlea.