La reforma fiscal marxista que propone Donald Trump

El plan de reforma fiscal que defiende el actual presidente de Estados Unidos ha comenzado a tramitarse en ambas Cámaras. Dado que existen mayorías republicanas en las dos, pronto puede convertirse en realidad (con más o menos enmiendas). Lo que no cambiará será su filosofía esencial: aplicar una fuerte reducción en el Impuesto de Sociedades, rebajando drásticamente su tipo desde el 35% al 20%. Instituciones independientes estiman los menores ingresos públicos resultante en unos dos billones de dólares durante los siguientes diez años.

Con el fin de reducir el enorme agujero que esta medida provocará en las cuentas públicas, irá acompañada de otras que supondrán una subida de impuestos para la mayoría de contribuyentes de clase media y trabajadora. Éstos se verán especialmente perjudicados por la desaparición o disminución de numerosas deducciones: por intereses hipotecarios, por los impuestos locales y estatales pagados, incluso la propia exención personal ligada al tamaño de la familia. La considerable reducción del número de personas con acceso a cobertura sanitaria encaja, así mismo, dentro de este conjunto de medidas destinadas a liberar recursos para facilitar la bajada del Impuesto de Sociedades.

Las consecuencias distributivas de semejante reforma regresiva son las que cabría esperar: cae fuertemente la factura fiscal de los más ricos, mientras que disminuye mínimamente o incluso aumenta la del resto. Entre los escasos beneficiarios estarán grandes donantes del partido republicano, que verán así recompensados sus desinteresados servicios a la patria.

Pese a las medidas paliativas, este plan aumentará el déficit presupuestario y la deuda pública. Se calcula que incrementará durante la década siguiente entre 1.5 y 2 billones de dólares los 20 billones actuales de deuda. Lo que vendrá a continuación es previsible, pues se trata de una estrategia que los republicanos vienen repitiendo sistemáticamente desde la presidencia de Ronald Reagan: cuando aumente el déficit público por culpa de sus propias decisiones políticas, dirán que la culpa es del insostenible Estado del Bienestar, que debe ser recortado. Los recortes en el gasto social empeorarán, de nuevo, la situación de la clase media y trabajadora.

El cuadro macroeconómico de Estados Unidos tampoco justifica esta propuesta fiscal. La economía está prácticamente en pleno empleo (con una tasa de paro de sólo el 4.1%). No tiene sentido aplicar ahora una política fiscal fuertemente expansiva. De hecho, cabe la posibilidad de que la Reserva Federal, si surgen amenazas inflacionistas, se vea obligada a elevar los tipos de interés para contrarrestar este inoportuno impulso presupuestario.

¿Cómo intentan la administración Trump y sus medios afines racionalizar esta irracional propuesta? Contando el mismo cuento de hadas que siempre va unido a las reformas fiscales regresivas: darán lugar a tanta inversión, crecimiento y empleo, que beneficiarán a los trabajadores y se financiarán por sí solas (gracias a los mayores ingresos impositivos generados). En fin, pura curva de Laffer. Es una pena que tanto la realidad como la ciencia económica hayan desmentido rotundamente este mito una y otra vez.

Existe otro mito más antiguo que tiene mayor calidad literaria. A principios del siglo XVIII, Mandeville defendía en su Fábula de las abejas que los vicios privados eran en realidad virtudes públicas; el despilfarro de los ociosos aristócratas libertinos era la fuente del empleo de miles de útiles artesanos. Esta idea (abastecer aún mejor la bien surtida mesa de los muy ricos, para que alguna migaja acabe cayendo en las bocas de sus sirvientes) no parece distar demasiado de la sofisticada y humanitaria visión económica del presidente Trump.

La verdad es bien distinta. Las ventajas de una drástica rebaja del Impuesto de Sociedades beneficiarán de forma directa a los accionistas de esas empresas. Éstos se concentran entre los grupos con rentas más altas de la población. A menudo se trata de personas que viven ociosamente de esas rentas, puede que heredadas. Para que algunas ventajas acaben llegando a los trabajadores, es preciso que se den toda una serie de efectos indirectos. Cada uno de los eslabones de esa débil cadena se puede romper, bajo determinados supuestos.

Como vivimos en la época de la “postverdad”, tal vez baste con seguir mintiendo sobre los efectos de las leyes y con desacreditar personalmente a los técnicos que las denuncien, para lograr la victoria política. Al actual presidente de Estados Unidos le funcionó bien esa estrategia y ocupa ahora la Casa Blanca. En cualquier caso, si los que le votaron eran “perdedores de la globalización”, no supieron identificar sus verdaderos intereses.

Paradójicamente, Trump está aplicando (sin saberlo) políticas puramente marxistas, aunque sean de la Escuela de Groucho. Decía éste: “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar a continuación los remedios equivocados”. Es imposible resumir mejor esta regresiva propuesta fiscal.