Venezuela se dirige hacia la suspensión de pagos

La televisión venezolana no cesa de emitir programas en los que Nicolás Maduro promete construir una Utopía económica en la que impere la justicia social. Algunos de sus principales admiradores son españoles con importantes cargos de representación pública. Sin embargo, la Historia presenta pocos casos en los que la encendida retórica de un régimen esté más alejada de la cruda realidad.

Venezuela, un país con unas reservas de petróleo que superan las saudíes, sufre problemas que han pasado ya de la esfera económica a la humanitaria. La lucha por cubrir necesidades básicas (desde alimentos a medicinas) marca la vida cotidiana de los venezolanos. ¿Cómo se ha llegado hasta aquí?

El antecesor y mentor de Maduro, Hugo Chávez, inició el camino. Las expropiaciones, los controles de precios y de cambios, la inseguridad jurídica, la corrupción... fueron pasando factura a la economía. En aquellos tiempos, los errores quedaban todavía enmascarados por los altos precios del petróleo (la principal producción y exportación del país). Esto cambió a partir de 2014, poco después del fallecimiento de Chávez, cuando el precio del petróleo comenzó a caer fuertemente. Su sucesor, solo experimentado en las artes de la demagogia, ha continuado las políticas chavistas y cosechado finalmente todos sus amargos frutos.

El PIB de Venezuela se ha contraído en más de una tercera parte desde 2014. Solo en 2016 se contrajo un 14%. Se estima que en 2017 se contraerá un 5,5% adicional. El consumo privado se redujo más de un 20% en 2016 y sigue cayendo. Incluso la producción de crudo ha disminuido: superaba los tres millones de barriles diarios al comenzar el siglo y hoy no llega a los dos. La consiguiente necesidad de reducir drásticamente las importaciones (que actualmente equivalen, en dólares, a una cuarta parte de las que había en 2012) ha generado escasez tanto de bienes de consumo como de la maquinaria y materias primas esenciales para la producción.

La disminución del PIB y de los ingresos por petróleo ha tenido su lógica repercusión en las cuentas públicas. La respuesta ha consistido en financiar el enorme déficit público (¡del 24% del PIB!) mediante la emisión masiva de dinero. La consecuencia inevitable la predice cualquier manual de Economía: se llama hiperinflación. En octubre, los precios subieron un 50,6% ¡mensual! La inflación anual supera el 500%. Mejor dicho, eso se estima, porque estadísticas oficiales fiables hace tiempo que dejaron de publicarse. Recientemente ha comenzado a emitirse un nuevo billete de 100.000 bolívares. Al menos Maduro podrá presumir de que nunca ha habido tantos millonarios en Venezuela como bajo su mandato.

Todo apunta a que el próximo episodio de esta triste saga va a ser el impago (las autoridades chavistas prefieren llamarlo “reestructuración”) de la deuda externa. La cantidad debida se estima en unos 150.000 millones de dólares. Hasta ahora, el régimen venezolano ha dado prioridad a cumplir estos compromisos, arañando recursos de otras partidas. Parece que se ha llegado al límite de esas posibilidades (pese a las ayudas de Rusia y China). Tanto las agencias de calificación como los mercados dan ya por prácticamente seguro el incumplimiento.

Las consecuencias del default pueden agravar aún más, si cabe, la crisis económica. Además de cerrar totalmente el acceso a la financiación exterior, podría conllevar la confiscación de los activos públicos de Venezuela en el extranjero  (incluyendo los de su empresa petrolera,  lo que le dificultaría aún más las operaciones). Ante un cuadro tan negro, el reciente repunte del precio del petróleo puede suponer algún alivio, pero no será capaz de revertir la situación.

Mientras tanto, Maduro intenta distraer a la hambrienta población hablando de prisioneros políticos y pueblos oprimidos. Paradójicamente, no se refiere a los que abarrotan sus cárceles ni a su propio pueblo, si no a la infinitamente más próspera y democrática España. No está para dar muchas lecciones, excepto sobre los errores que conviene evitar.