La Unión Europea tiene futuro (y puede ser éste)

El discurso anual sobre el estado de la Unión es uno de los acontecimientos más importantes en el Parlamento Europeo. El presidente de la Comisión ha podido abordarlo esta vez en circunstancias mucho más favorables que en ocasiones anteriores. Hace un año, el Brexit acababa de convertirse en una dramática realidad, los populistas parecían capaces de ganar importantes elecciones (incluyendo las francesas) y a la Unión Europea se le diagnosticaba una crisis existencial. Hoy, los populistas han sido derrotados repetidamente en las urnas, el europeísta Macron preside Francia, la economía crece por fin a un saludable 2% y los desastres anglosajones del Brexit y Trump han vacunado a los europeos contra aventuras semejantes.

Es el momento de mirar al futuro de la Unión de los 27 y a eso ha dedicado Juncker su discurso. Una parte ha estado centrada en recordar importantes proyectos en marcha, que es preciso completar, como la Unión Bancaria, el Mercado Único Digital, la Unión de la Energía y la Unión de los Mercados de Capitales. Más relevantes aún han sido los anuncios de nuevos y ambiciosos proyectos.

La principal sorpresa ha sido que se desdeñasen los cinco escenarios de futuro recientemente dibujados por la propia Comisión, que apuntaban hacia una Europa a varias velocidades, en favor de un sexto escenario.  La idea ahora es aprovechar la salida del Reino Unido (el país de las excepciones y del rechazo a cualquier  avance) para integrar a todos los países miembros en la zona del euro, la Unión Bancaria y Schengen. Esta Unión Europea revigorizada se extendería geográficamente, admitiendo a algunos pequeños países balcánicos como Serbia y Montenegro. En cambio, la adhesión de Turquía parece cada vez parece menos probable.

Este nuevo plan resulta mucho más atractivo desde el punto de vista europeísta y cobra mayor sentido cuando los países de la Unión Europea que no están en el euro representarán, sin el Reino Unido, sólo el 15% del total de la economía. Como incentivo, el presidente de la Comisión ha propuesto la creación de un Fondo de Convergencia que proporcione ayuda técnica y financiera. En coherencia con este enfoque, se ha opuesto a crear un presupuesto separado y un Parlamento para los países de la zona del euro, como defiende Macron. Si acaso, se podrían destinar partidas específicas dentro del presupuesto común.

Lo malo es que estos sueños son de difícil realización. Algunos de los países que no pertenecen al euro, como Polonia, se encuentran cómodos en esa situación y están enfrentados políticamente con la Comisión. Los inconvenientes de pertenecer al euro también existen, como se ha puesto de manifiesto durante la crisis. Además, aunque en teoría los 27 países de la Unión Europea (con la excepción de Dinamarca) han de terminar perteneciendo algún día al euro, en la práctica pueden dilatar permanentemente la entrada (como viene haciendo Suecia).

Otras propuestas pretenden mejorar la gobernanza y el diseño institucional de la Unión. Fusionando los cargos de presidente de la Comisión Europea y del Consejo Europeo, se lograría tener una voz institucional más unificada de cara al exterior. La creación de un puesto de ministro de Economía y Finanzas para la zona del euro, que presidiría el Eurogrupo y sería comisario (con el rango de vicepresidente), mejoraría la coordinación de las políticas económicas.

La eurozona está incompleta no solo institucionalmente: también faltan piezas en su diseño económico. En particular, el marco actual de la política fiscal es insuficiente, pues permanece descoordinada en manos nacionales, sujeta a un conjunto de normas y sanciones que han ido perdiendo credibilidad. La fórmula pensada para mejorar esta situación es transformar el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) en un Fondo Monetario Europeo, que tenga usos más amplios y menor condicionalidad. No estaría limitado a ayudar a los países sólo en el caso de situaciones extremas y podría actuar como respaldo del Fondo de Resolución Único si éste resultase insuficiente. Alemania está de acuerdo con la creación del Fondo, pero parece tener objetivos muy distintos en mente, aprovechándolo para quitar a la Comisión la supervisión de la política fiscal e impulsar reformas estructurales hechas a su medida.

El discurso también ha contenido el anuncio de nuevos acuerdos comerciales (con Australia y Nueva Zelanda); medidas para aumentar la ciberseguridad; diversos guiños sociales (entre los que destacan el proyecto de creación de una Autoridad Laboral Europea y el de decidir por mayoría aspectos relacionados con la fiscalidad). Tampoco han faltado intentos de disputar a los populistas algunas de sus banderas: devolución a sus países de origen de los inmigrantes sin derecho de asilo y mayores controles a la inversión extranjera en sectores estratégicos.

Como puede verse, la Unión Europea no está muerta, sino que sigue siendo un estimulante proyecto de futuro. Ahora la pelota está en el tejado de los países miembros, que deberán decidir sobre estas cuestiones. Mientras tanto, en España, este crucial debate queda en segundo plano. El primero lo ocupa la exacerbación de unos conflictos territoriales parroquianos, que representan justo lo contrario del espíritu de integración europea.