La lucha de legitimidades en Cataluña (según Max Weber)

La situación planteada en Cataluña resulta susceptible de muchas lecturas. Una, que los separatistas catalanes enfatizan como crucial, es desde la perspectiva de una lucha de legitimidades. Siempre conviene recurrir a los clásicos si se quiere iluminar la experiencia concreta. En lo que se refiere al concepto de legitimidad, el clásico por excelencia es Max Weber, sociólogo alemán curtido por las convulsiones de la República de Weimar. Su penetrante y lúcido análisis distingue la existencia de tres tipos de legitimidad: tradicional, racional-legal y carismática. Ellas son las que logran que un amplio grupo de personas obedezca las órdenes recibidas.

La legitimidad tradicional se basa en la costumbre, los usos, lo consagrado por el tiempo, lo que existe “desde siempre”. En este ámbito de los precedentes del pasado, el resultado de la lucha de legitimidades entre el Estado común y la Generalitat secuestrada por los separatistas no ofrece duda alguna. El Estado español existe desde hace siglos, con Cataluña como parte integrante. Aún así, una nota de cautela puede ser conveniente: esa lealtad a la tradición se transmite por medio de una educación compartida. En Cataluña, el dominio nacionalista del sistema educativo y su consiguiente uso durante décadas con fines de adoctrinamiento han ido erosionando la tradición común.

La legitimidad racional-legal nace del ordenamiento jurídico establecido. Éste otorga el  derecho a dar órdenes en cada ámbito a quien tenga la competencia para ello. Se obedece al cargo, no a la persona, siguiendo unas normas establecidas. Este ordenamiento legal, impersonal y objetivo, vincula también a los propios gobernantes. En este segundo ámbito, de nuevo el Estado parece ganar por goleada. La Constitución y los Tratados europeos le avalan. Los separatistas han tenido que vulnerar no solo dichas normas, sino el propio Estatut, el Reglamento del parlamento catalán y las competencias del Consejo Consultivo para sacar adelante sus simulacros de legislación.

No obstante, otra vez el exceso de confianza estaría injustificado. Max Weber señala que las actuaciones concretas, para resultar efectivas, necesitan de un aparato administrativo (una burocracia) que facilite su puesta en práctica. Tras décadas de continua retirada, el Estado apenas tiene presencia física directa en esa Comunidad: la inmensa mayor parte de los funcionarios allí establecidos forman parte de la administración autonómica.

A mi modo de ver, la respuesta del Gobierno al desafío separatista se ha centrado de forma casi exclusiva en la legitimidad racional- legal. El tono de la respuesta sigue al pie de la letra el espíritu funcionarial descrito magistralmente por Weber: formalista, cumpliendo el deber sine ira et studio, desapasionadamente, como algo oficial e impersonal. Esto, acertado en el trabajo de un Registrador de la propiedad o un Abogado del estado, puede ser políticamente letal, porque obvia la existencia de un tercer tipo de legitimidad: la carismática.

Ésta se fundamenta en la entrega de las masas al heroísmo, ejemplaridad o santidad de sus líderes. Tal devoción personal, nacida del entusiasmo y la confianza, hace que los seguidores obedezcan unos mandatos que nacen exclusivamente de la voluntad de los dirigentes, independientemente de su racionalidad. Los líderes, por su parte, creen tener una misión, una vocación interior que les guía e impulsa; se sienten en comunicación directa e intérpretes del conjunto del pueblo. Las consultas de carácter plebiscitario son las que mejor se adaptan a tal entorno.

Como puede observarse, el enfoque weberiano explica bien lo que se observa en Cataluña. Pues bien, en este tercer campo el Estado ha renunciado a jugar la partida. Toda la épica de las manifestaciones, las canciones y las antorchas, ampliada mediante los altavoces que proporcionan los importantes medios de comunicación controlados por los separatistas, ha tenido un solo color.

Nuestra Unión, que dura medio milenio y (pese a todos sus defectos) permite que vivamos en uno de los países más tolerantes, prósperos y libres del mundo, merece una defensa más entusiasta. ¿Dónde están, a diferencia de la reciente campaña del referéndum escocés, los cantantes, futbolistas, escritores, líderes de partidos de la oposición, profesores de Universidad… partidarios de seguir viviendo juntos? Como consecuencia de esta dejación, las manifiestas falsedades del discurso independentista (“seguiremos en la Unión Europea, todo serán ventajas económicas”) no han sido desmontadas con suficiente contundencia.

Un rayo de esperanza brilla en medio de este negro y triste túnel. Max Weber nos proporciona otra lección útil: cuando los líderes mesiánicos no logran el éxito y su liderazgo no proporciona ningún beneficio para sus seguidores, la autoridad carismática tiende a difuminarse rápidamente. ¡Que así sea!