Si Trump decide apretar el botón nuclear (casi) nadie podrá imperdírselo

La crisis internacional provocada por los repetidos y cada vez más potentes ensayos nucleares de Corea del Norte no cesa de agudizarse. En respuesta, el presidente de Estados Unidos ha amenazado hace poco con desatar sobre ese país “fuego y furia como el mundo nunca ha visto”. Esto se ha entendido como una clara amenaza de ataque nuclear.

Sin embargo, la mayoría de la población mundial contempla con cierta diversión las toscas salidas de tono del norteamericano y las ridículas fotografías del mofletudo norcoreano, que celebra alborozado cada nueva detonación como si se tratase de una traca fallera. Algo de preocupación también existe, pero se mantiene contenida. En el fondo, creemos que la situación está bajo control y el peor escenario no puede suceder. El tirano de Corea no estará tan loco como para iniciar un ataque que termine con la destrucción total de su propio país; en Estados Unidos, las instituciones controlarán a Trump cuando llegue la hora de la verdad.

Por desgracia, una de las experiencias que producen mayor desasosiego al participar en la política activa consiste en darse cuenta de que esa visión tranquilizadora del mundo, según la cual una especie de figura paterna mantiene en último término el control de las situaciones, es habitualmente falsa. Muchos sucesos ocurren debido al azar, la irracionalidad, la incompetencia o los malentendidos, desarrollándose en medio de una enorme confusión. En el mundo real, los niños juegan descontrolados en el laboratorio de química sin que haya ningún profesor vigilando. ¡Por algo se han desencadenado ya dos guerras mundiales!

Dejemos de lado el análisis de la supuesta racionalidad de Kim Jong-Un (una hipótesis que no deja de ser arriesgada en vista de la trayectoria del personaje) para centrarnos en la parte aparentemente más estable del conflicto, la estadounidense. La terrorífica verdad es ésta: el presidente de Estados Unidos tiene el poder de lanzar los misiles nucleares de su país sin ningún control.

La explicación reside en la necesidad de responder rápidamente ante un ataque nuclear de otro país. Si los misiles norcoreanos estuviesen ya volando hacia Estados Unidos, no habría tiempo para pedir la autorización del Congreso antes de responder. Una lógica parecida se aplica al caso de que los misiles enemigos todavía no se hayan lanzado, pero exista una amenaza inminente de que lo sean, justificando un ataque preventivo.

La concentración del poder nuclear en la persona del presidente se explica también por el deseo de no dejar la iniciativa del lanzamiento en manos de autoridades inferiores, ni siquiera militares, dada la relevancia de tal decisión. Se trata de una medida que debe tomarse al máximo nivel.

Las razones que justifican el diseño actual dificultan cualquier reforma legal con el propósito de limitar el poder presidencial involucrando al Congreso. En cualquier caso, a día de hoy Trump tiene la capacidad para pasar de las palabras a los hechos en cualquier momento sin ningún control externo. Puede pulsar el botón nuclear con la misma facilidad que el de su cuenta de Twitter. La única posibilidad de detenerle sería que los militares encargados de ejecutar la orden se negasen a obedecerla, algo altamente improbable.

En realidad, la única barrera contra la posibilidad de que el arsenal nuclear estadounidense estuviese en manos de un loco residía en la creencia de que el electorado nunca lo votaría para ser su presidente. No parece que haya funcionado bien.