La turismofobia y los extraterrestres

En el siglo XVIII, los escritores de la Ilustración dieron con un recurso literario muy efectivo para desenmascarar las irracionalidades de que eran víctimas sus sociedades.  Consistía en simular la llegada de un personaje de otro planeta (como en algunos cuentos de Voltaire) u otra cultura (un persa en la obra de Montesquieu, un marroquí en la de Cadalso) que contemplase con ojos nuevos la realidad cotidiana. Utilicemos el mismo recurso, adecuado para estos tiempos (cada vez más alejados de la Razón) que nos está tocando vivir.

Nuestro extraterrestre, procedente de los confines de la Vía Láctea, llega a un bellísimo planeta azul, aunque rodeado de abundante basura espacial y una atmósfera contaminada. Decide comenzar su exploración por una península, lugar de encuentro entre mares y continentes. El ordenador de a bordo le transmite los datos más relevantes, extraídos de la Enciclopedia Galáctica.

El país que sobrevuela se llama España y en él tiene especial importancia el turismo. Millones de personas lo visitan cada año para disfrutar del agradable clima, la variada gastronomía, las animadas fiestas populares y el rico patrimonio cultural. En concreto, en términos de producción el sector turístico aporta más de 120.000 millones de euros anuales, una cifra que equivale a alrededor del 11% del PIB total. En lo que se refiere al empleo, la aportación es incluso más alta: más de 2.5 millones de personas trabajan en las diversas actividades relacionadas con el turismo (alojamiento, restauración, transporte, actividades culturales…) superando el 13% del empleo total. El turismo ha desempeñado también históricamente un papel importante en la exportación y el equilibrio de las cuentas exteriores de la economía española. Ha  ayudado a compensar, con sus continuos superávit, el déficit estructural en el intercambio de bienes. Ese saldo positivo del sector turístico  suele representar en torno al 3% del PIB anual.

El ordenador de la nave informa además de que la coyuntura turística resulta ahora particularmente favorable para España. El año pasado se batieron todos los registros, con algo más de 75 millones de turistas extranjeros. En 2017 va camino de establecerse un nuevo record, pues en los seis primeros meses la afluencia de visitantes ha superado en casi 4 millones la del mismo período de 2016. Los registros actuales sitúan a España en el tercer puesto mundial, sólo superada por Francia y Estados Unidos.

La contribución del sector turístico a la creación de nuevos empleos para salir de la última crisis ha sido crucial, con un crecimiento de la afiliación superior al del resto de la economía. Se trata, por otro lado, de un tipo de empleo que (en general) exige escasas cualificaciones, accesible a grupos que tienen cerradas otras vías.

La mente racional y analítica de nuestro extraterrestre, que acababa de absorber toda esta información, se quedó de repente momentáneamente bloqueada. A medida que la nave descendía, el ordenador de a bordo recogía noticias recientes de los medios de comunicación locales. Según ellas, existían grupos que consideraban el turismo una insoportable molestia. En pleno centro de la segunda ciudad del país, un autobús cargado de turistas acababa de sufrir un ataque. En el aeropuerto de esa misma ciudad, la huelga de unos centenares de trabajadores causaba trastornos a las multitudes de viajeros en plenas vacaciones. En otro destino turístico de primera magnitud, una isla, los activistas colocaban pegatinas en los coches de alquiler con mensajes como “este coche sobra” o “el turismo mata”.

Las autoridades públicas de las Comunidades Autónomas en que estaba dividido ese país habían decidido algo extraño: los mismos pisos que se consideraban perfectamente habitables para los nativos, tendrían que cumplir requisitos diferentes en el caso de ser alquilados a turistas. Los requisitos, licencias, limitaciones numéricas, prohibiciones, multas y tasas variaban en cada zona. Al parecer, esos gobernantes locales consideraban como propios los ingresos de los hoteles instalados en su territorio, pero como ajenos los de los ciudadanos particulares que alquilaban sus viviendas.

Los sobrecalentados sistemas de información de la nave no eran capaces de responder satisfactoriamente a las preguntas formuladas por el perplejo piloto extraterrestre. Todo lo que lograron aclarar fue que, dentro de un gran cuerpo social de 47 millones de habitantes, proliferaban últimamente diversas tribus Radicales. Sus integrantes solían utilizar peinados y atuendos que los diferenciasen del resto de la población, además de vivir obsesionados por una guerra que tuvo lugar hace casi un siglo. Según las creencias económicas de los hechiceros de esas tribus, la riqueza se genera de forma espontánea y la única preocupación debe consistir en redistribuirla de la forma más igualitaria posible. Consideran, además, que los empleos del turismo no son de la calidad adecuada y, si logran destruirlos, unas empresas de alta tecnología no identificadas generarán automáticamente otros mejores. No son gentes, por otro lado, partidarias de contrastar estas creencias mediante un debate sosegado, pues cierta sensación de superioridad moral les enfervoriza.

Nuestro extraterrestre estaba a punto de preguntar al ordenador durante cuánto tiempo estimaba que seguirían llegando masivamente a España los turistas, que disponían de muchos destinos alternativos, si comenzaban a dejar de sentirse bienvenidos (o no encontraban disponibles las plataformas de internet que estaban acostumbrados a utilizar). No obstante, como su misión consistía en la búsqueda de especies racionales en la Galaxia, decidió que era mejor continuar su viaje.