Los separatistas catalanes son nuestro Trump

Proliferan estos días las noticias estrafalarias relacionadas con Donald Trump, el nuevo presidente de los Estados Unidos. Desde España y el resto de Europa, las recibimos con sentimientos que mezclan la natural preocupación y la condescendencia. Sin embargo, tal vez la sensación de superioridad no esté del todo justificada. Decía Confucio sabiamente: "Si ves a un hombre bueno, imítalo; si ves a un hombre malo, examínate a ti mismo". ¿No existen acaso en el seno de nuestra propia sociedad española tendencias y actitudes similares a las que representa Trump? Veámoslo, por ejemplo, en el caso de los separatistas catalanes.

Trump predica la existencia de un pueblo estadounidense homogéneo. Para lograr la negación de la evidencia contraria, se ve precisado a definir quiénes forman parte de él, excluyendo a los inmigrantes (principalmente a los de origen mexicano, como más numerosos) y, en general, a los ciudadanos de origen no europeo. Esta misma lógica opera en el caso de los separatistas. Cataluña, según ellos, es una y homogénea. Si una parte considerable de la población, tal vez mayoritaria, no encaja en ese modelo preestablecido, se debe únicamente a que dicho grupo no está formado por catalanes todo lo auténticos que deberían. La defensa del monoculturalismo es una consecuencia necesaria de tal visión. Si para ello ha de calificarse de ajena una lengua que habla con naturalidad la totalidad de la población, que así sea.

Ese pueblo hoy supuestamente homogéneo se ha mantenido inalterable en tal estado a lo largo de la Historia. Según la mitología catalana, esto sucede al menos desde hace un milenio. Como, de nuevo, resulta difícil encajar la realidad en el cuadro simplificado, es preciso recurrir sin rebozo a toda suerte de deformaciones históricas.

La parte del pueblo que sí lo es de verdad se caracteriza, para Trump y demás nacionalistas, por su virtud e infalibilidad. Se describen como personas moralmente sanas, en contraposición al resto, a los causantes de los problemas que los buenos padecen sin haberlos provocado ni merecido.

La construcción de grupos enemigos, tanto externos como internos, es algo que todo nacionalismo extremo necesita para reforzarse. El discurso xenófobo suele acompañarse de la idea del robo. Los alemanes nos roban, porque nos venden sus coches de lujo, así como los chinos y otros, dice Trump. El resto de los europeos nos roban, denuncian los impulsores del Brexit. El resto de los españoles nos roban, claman los secesionistas catalanes. De acuerdo con sus relatos, bastaría con que tales latrocinios cesasen para que la buena gente pudiese vivir automáticamente en el mundo paradisíaco que merecen. No suelen faltar cálculos aparentemente precisos de la cuantía del robo y de lo mucho que podría hacerse usando esos recursos de forma alternativa. El Brexit ha demostrado lo fantasioso de tales ejercicios.

Ante la falta de argumentos racionales, Trump y los demás nacionalistas extremos se sienten más cómodos en el terreno de la emocionalidad (la rabia, la indignación, el sentimiento perpetuo de agravio y humillación). A lograr tal estado de ánimo ayuda la descripción de la realidad con tintes dramáticamente negativos. Para Trump, Estados Unidos sufre una grave crisis económica, aunque esté casi en pleno empleo. Cataluña sufre un genocidio cultural, según los secesionistas. Los aspectos positivos de la realidad, como el proceso de profunda descentralización que ha tenido lugar en España desde la Transición, simplemente se ignoran.

Trump comparte otros rasgos con los separatistas catalanes. Unos y otros son partidarios de las formas directas de participación, como el referéndum. Confunden la democracia con el acto de votar, como si no se votase en la URSS o en Corea del Norte. El referéndum se ajusta mejor a la simplificación (todo se resuelve con un sí o un no) y permite conectar al pueblo directamente con los líderes, que interpretarán después en detalle su voluntad. Los intermediarios sobran y pueden ser deslegitimados, se trate de parlamentos o tribunales de justicia. A favor de Trump ha de decirse que, al menos, él cumple (o se ve todavía obligado a cumplir) las resoluciones judiciales.

La guerra de legitimidades se extiende a los medios de comunicación no adictos. En el mundo de la postverdad, antes llamada mentira, están expuestos a sufrir todo tipo de críticas y descalificaciones. Por ejemplo, si se atreven a señalar que una Cataluña independiente dejaría de formar parte de la Unión Europea. El nacionalista extremo no acepta límites ni controles.

En realidad, este tipo de movimientos suelen estar impregnados de miedo, aunque canten nuevos amaneceres; en el fondo, buscan la vuelta a un pasado idealizado e inexistente. En el caso del separatismo catalán, a los miedos colectivos habría que sumar los particulares de quienes han utilizado la radicalización como forma de eludir responsabilidades relacionadas con la corrupción o con su mala gestión de la crisis económica desde el gobierno autonómico. Todo ha sido culpa de “Madrid”. Hay que reconocer que la estrategia no les ha funcionado mal.

La pujanza de planteamientos tan endebles se debe, en parte, a que no suelen ser combatidos decididamente a tiempo en el terreno de las ideas. Frecuentemente se les desprecia en sus etapas iniciales, en vez de subrayar sus puntos débiles y ofrecer discursos estimulantes alternativos. En España todavía estamos a tiempo. Mirarnos en el espejo de Trump y ver nuestra propia imagen deformada puede ser un ingrediente eficaz de la necesaria terapia.