Las propuestas económicas de Emmanuel Macron

El debate económico no ha desempeñado un papel central en la campaña presidencial francesa, protagonizada por temas identitarios y el papel de Francia en la Unión Europea. No obstante, el programa económico del joven presidente de la república francesa cobra ahora gran relevancia como guía para la gobernación.

Emmanuel Macron ha cultivado un perfil independiente, ni conservador ni socialista, que podría calificarse de social-liberal. Su doctrina encaja a grandes rasgos en el llamado modelo nórdico, que pretende compaginar el libre funcionamiento del mercado con la existencia de una red social generosa que lo complemente.

Dentro de la parte liberal de su programa económico, encajan las propuestas para flexibilizar las relaciones laborales; aunque sin cuestionar abiertamente la jornada de 35 horas, propone que predominen los acuerdos a nivel de empresa sobre los sectoriales. También tiene la intención de reducir algunos impuestos, aunque sea de forma relativamente tímida: rebajar algunas cotizaciones sociales, eximir del IBI francés al 80% de los hogares y disminuir el tipo del Impuesto de Sociedades (del 33% al 25%).

Por el lado del gasto, quiere lograr unos (poco claros) ahorros de 60 000 millones de euros en cinco años, haciendo caer así en teoría el peso del gasto público respecto al PIB desde el 55% al 52%. Estos supuestos ahorros permitirían lograr la cuadratura del círculo de bajar impuestos y aumentar la inversión pública, a la vez que se reduciría el déficit público por debajo del 3% del PIB (dejando así de incumplir el Pacto de Estabilidad). Las pinceladas liberales se completan con el deseo de simplificar las numerosas regulaciones que hoy dificultan el emprendimiento.

El componente social, por su parte, se concreta en medidas como la mayor extensión de las prestaciones por desempleo, de forma que mejoren la cobertura de los trabajadores autónomos e incluso de los que abandonen voluntariamente su trabajo en busca de otro mejor. En cuanto a las pensiones, se compromete a no aumentar la edad de jubilación actual (62 años) y a no reducir su cuantía.

El toque directamente keynesiano viene dado por un programa de inversión pública cuantificado en 50 000 millones de euros, que incluye actuaciones relacionadas con la vivienda, la innovación y el cambio de modelo energético, incluyendo algunos guiños destinados al mundo rural.

La Unión Europea ha tenido un gran protagonismo en la campaña, hasta culminar en el desfile triunfal de Macron a los acordes del himno europeo. Con razón, puesto que la victoria de las disparatadas propuestas de Le Pen habría supuesto un golpe mortal para la Unión, además de desatar probablemente una inmediata crisis financiera. Macron, por el contrario, ve a la Unión Europea como una fuente de soluciones, en vez de como un grave problema.

Entre las propuestas pensadas para el ámbito europeo se incluye la lucha contra la evasión fiscal de las multinacionales, que a menudo desarrollan sus actividades en un país y tributan en otro con fiscalidad más favorable. Otras ideas más polémicas son ligeramente proteccionistas, buscando una globalización más equilibrada, pero al menos se plantean como actuaciones del conjunto de la Unión Europea frente al resto del mundo, no de Francia frente a la Unión. Macron querría una mayor protección para la industria europea mediante la reciprocidad, de forma que las empresas exportadoras extranjeras sólo puedan acceder al mercado europeo en las mismas condiciones que las empresas europeas pueden acceder a los suyos. En esta misma línea, en vista de que la Unión Europea adjudica sin demasiada reciprocidad contratos públicos a empresas de fuera, el “Acta de compras europea” propone que las grandes inversiones públicas sólo puedan adjudicarse a empresas que tengan al menos la mitad de su producción en Europa.

Además de luchar contra la evasión fiscal y la competencia desleal, la Unión Europea ha de plantearse mayores retos. Para dotar a la Unión Monetaria de estabilidad, es preciso ir avanzando hacia una Unión Fiscal, que implica riesgos compartidos (por ejemplo, poniendo en marcha alguna versión de los eurobonos) y transferencias de recursos reales entre los países. El nuevo presidente francés parece apoyar esta vía, pero de forma poco concreta. En cualquier caso, estas reformas de fondo no dependerán sólo de Francia: será imprescindible el asentimiento de una renuente Alemania.

De momento, parece que las notas necrológicas que (sobre todo desde el mundo anglosajón) celebraban la muerte de la Unión Europea han sido un tanto prematuras. El resultado de las elecciones francesas representa una nueva oportunidad para que el motor franco-alemán reactive la integración europea. Si se aprovecha bien, nuestro continente podrá seguir siendo un oasis de paz, tolerancia y prosperidad, en medio de un mundo cada vez más convulso. La victoria de populistas, nacionalistas y xenófobos no es inevitable. Su destino debe ser la pronta vuelta al basurero de la Historia del que nunca debieron salir.