Catástrofe económica en Venezuela: el populismo en acción

Cuando el chavismo llegó al poder en 1999, Venezuela era un país con problemas (como un sistema político plagado por numerosos casos de corrupción). Ello no le impedía disfrutar de una larga tradición democrática y de uno de los niveles de vida más altos de Iberoamérica. Los defectos del sistema permitieron llegar al poder a un dirigente populista y autoritario, Hugo Chávez, creador del régimen todavía imperante. Pero una cosa es que el populista diagnostique bien los problemas y se aúpe sobre la indignación que provocan al gobierno, otra que sepa cómo solucionarlos (o quiera hacerlo).

La economía venezolana depende fuertemente del petróleo, pues se trata de uno de los países con mayor producción y reservas del mundo. El inicio del mandato de Chávez coincidió con una prolongada subida del precio del barril. El 90% de las exportaciones venezolanas son de petróleo: con la subida del precio, afluyeron más divisas extranjeras, que facilitaron la importación de todo tipo de productos. No solo el PIB, las exportaciones y las posibilidades de importar mejoraron; las finanzas públicas venezolanas dependen también, en gran medida, de la situación del mercado petrolífero.

El populista beneficiado por la Fortuna con una época de vacas gordas la aprovechará para repartir dinero a manos llenas con el fin de aumentar sus apoyos políticos, sin ninguna preocupación por la sostenibilidad futura de tales medidas. Cuando surjan los problemas, ya se encargará de buscar un conveniente enemigo (externo o interno) a quien culpar. Nada de acumular reservas para los malos tiempos. El chavismo logró inicialmente legitimarse aumentando el gasto público en programas sociales, incluyendo subsidios para la compra de alimentos y energía, lo que mejoró temporalmente el nivel de vida de las clases populares. A esto se unió la expropiación de negocios a empresarios a los que consideraba enemigos políticos y su redistribución hacia aliados. Numerosos españoles, sobre todo de origen canario, así como venezolanos descendientes de canarios, se hallan entre las víctimas de estas arbitrariedades.

No obstante, una época de vacas flacas termina siempre por llegar; es entonces cuando el populista se ve desenmascarado. En 2014, el precio del petróleo inició un fuerte descenso. Nicolás Maduro, el sucesor del fallecido Chávez, ha sumido al país en el caos económico, político y social. Un gobernante responsable habría respondido a la brusca disminución de los ingresos por divisas con una devaluación de la moneda, pero eso habría sido impopular (al encarecer las importaciones de forma generalizada, algo necesario para disminuirlas y adaptarse a la nueva situación). Por ello, se prefirió mantener un tipo de cambio del Bolívar fuertemente sobrevalorado y racionar el acceso a las divisas. Esto tiene la ventaja añadida para Maduro de incrementar su poder, al decidir discrecionalmente qué puede importarse y, sobre todo, quiénes pueden hacerlo. Pero el racionamiento de divisas ha provocado el consiguiente racionamiento de las importaciones, tanto de bienes de consumo como de maquinaria y materias primas esenciales para la producción venezolana. Los precios de los bienes escasos se han disparado y ha surgido un enorme mercado negro de divisas.

Ante esas fuertes subidas de precios, el manual del dirigente populista tiene un remedio clásico: el control legal, prohibiendo por ley las subidas, fijando precios máximos y culpando a supuestos especuladores de los problemas. Ya los jacobinos patentaron el método en la etapa más oscura de la Revolución Francesa. Una y otra vez sucede lo mismo: las tiendas en las que rigen esos precios oficiales artificialmente bajos se quedan vacías y quienes necesitan los productos han de comprarlos en el mercado negro a precios exorbitantes.
La propia producción petrolífera se ha visto perjudicada por las malas políticas económicas del chavismo. La inseguridad jurídica y las expropiaciones han dificultado la llegada de capital extranjero que aporte conocimientos técnicos e inversión, provocando una disminución de la producción.

La caída de los ingresos por petróleo ha tenido también su reflejo en las cuentas públicas. La respuesta a la drástica disminución de los ingresos no ha consistido en reducir los gastos, ni en buscar ingresos fiscales alternativos, sino en financiar el enorme déficit público (¡del 24% del PIB!) mediante la emisión de dinero. Esto ha echado más gasolina al incendio de la inflación. Aunque los datos oficiales no son fiables, pues otra reacción típica del gobernante populista es negar la realidad que le acusa, expertos independientes estiman que la inflación fue de más del 500% en 2016 y ha seguido aumentando durante 2017.

Otras cifras subrayan el clamoroso fracaso económico del chavismo, pese a que algunos se nieguen a verlo por extraños motivos ideológicos. El PIB de Venezuela cayó más de un 10% en 2016 y se ha reducido en aproximadamente una cuarta parte desde 2013. La alta inflación, la caída de las rentas y los racionamientos han provocado el colapso del consumo privado, unido a intentos de comprar en los países vecinos los productos más esenciales, como comida y medicinas.

La traducción política de este fracaso económico y social está siendo el progresivo deslizamiento del régimen chavista hacia una dictadura cada vez más transparente, mientras se encomienda a un rebote del precio del petróleo que no está teniendo la intensidad esperada. Se trata de otro reflejo típico del gobernante populista: cuando tiene que elegir entre la supervivencia de su país o la propia, la elección siempre está clara. No parece que Venezuela sea un buen espejo en el que mirarse, como no sea para aprender qué errores deben ser evitados. Aunque, como decía Upton Sinclair (y le gusta citar a mi admirado amigo y vecino de columna Luis de Velasco):“Es difícil hacer que una persona entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda”.